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Lunes 4 de mayo de 2026
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Gabriel Silva Luján

El domador de fieras

El proceso democrático es una sana competencia de ideas en la que gana el que tenga las mejores propuestas, dice la teoría. Así es, hasta cuando los ciudadanos tienen que votar en medio de amenazas existenciales que puedan destruir el régimen político y la integridad de la Nación. Cuando esto ocurre, y todo está en riesgo, el elector se ve obligado a pensar y actuar distinto.

Colombia está en esa situación. No estamos en un escenario convencional en el que el ejercicio del voto pueda hacerse solo en función de las propuestas que mejor suenen o pensando en apoyar a quien defienda mis intereses particulares. Estamos en una coyuntura excepcional. El sufragio adquiere hoy una dimensión trascendental, histórica, definitiva.

No hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que la gestión del actual gobierno en todos los frentes no ha hecho más que acrecentar “las amenazas existenciales” que pesan sobre el país. Además, las angustias sociales reales de la gente siguen desatendidas y agravadas en medio del desgobierno y el populismo. La magnitud de los desafíos latentes exigirá que en el 2026 se elija un gobierno capaz de ideas disruptivas, de convocar mayorías parlamentarias, de mantener la unidad nacional, y de tener un respaldo ciudadano transversal y suficiente para construir una agenda para el futuro. ¿Es eso posible?

El ‘Jaguar’ ha dejado en claro que las reglas del juego de la Constitución de 1991 no le sirven a su pretensión de perpetuarse en el poder. El presidente Petro ha traicionado sus obligaciones supremas sembrando desunión, resentimiento y lucha de clases a lo largo y ancho del país. El Pacto Histórico, con Iván Cepeda de candidato, pretende el poder solo para subvertir la democracia e imponer el socialismo del siglo XXI.

Y el 'Tigre' no se queda atrás. El bukelismo y la extrema derecha que encarna Abelardo de La Espriella ya anuncia autoritarismos desmedidos arguyendo la difícil situación de orden público. En conclusión, votar por cualquiera de esos dos extremos es acercarnos a la entronización de la obstrucción sectaria y a cuatro años más de desgobierno y conflicto sociopolítico.

En el petrismo y el bukelismo escasea la capacidad de unir al país; hay carencia de ideas y del conocimiento disruptivo indispensable para resolver los problemas; y además es poco probable que logren la gobernabilidad parlamentaria indispensable para frenar la avalancha de desastres que se le vienen encima a la Nación.

Al centro político y a los independientes, que son el grupo de votantes históricamente decisorio en las elecciones presidenciales, les correspondería haberse constituido en una firme alternativa a los extremos. Las encuestas demuestran que esa vía lastimosamente no despega. La intransigencia del candidato Sergio Fajardo, convertido en un llanero solitario refractario a las iniciativas de convergencia, le asestó un golpe mortal a la unidad del centro.

La Gran Consulta, idea brillante liderada por Juan Manuel Galán, tuvo la oportunidad de convertirse en el centro de gravedad sobre el cual convergeríamos todos los que repudiamos los extremos. Desafortunadamente, los tres mosqueteros de la Gran Consulta —Galán, Luna y Cárdenas— no se tuvieron la confianza suficiente y se dejaron seducir abriéndole las puertas a los candidatos uribistas que hoy dominan dicha consulta.

La Gran Consulta corre el riesgo de terminar siendo el camino para que el uribismo llegue a la primera vuelta con una Paloma engalanada de centrismo y con todos los socios de esa consulta obligados a llegar de rodillas a los pies de la candidata uribista. Sin olvidarnos lo que significa para las posibilidades de Paloma que el expresidente Uribe tenga un amor infiel y oculto por Abelardo.

La consulta que fabricó Petro en la izquierda, con el propósito de neutralizar el hecho político de la Gran Consulta y para darle impulso a sus listas, se le estalló en las manos ante la protuberante ilegalidad de la participación de Iván Cepeda en una segunda consulta. Y lo que era una jugadita maliciosa se le volvió una amenaza de división profunda en la izquierda. Roy Barreras, otrora vocero, líder e insigne presidente del Congreso por el petrismo, ha tenido éxito manteniendo viva la consulta progresista a pesar de las amenazas, de los ataques y las zancadillas de sus actuales copartidarios.

Esta situación significa que Roy Barreras, que ha pertenecido a todos los partidos, que ha transitado de extremo a extremo del espectro político, que es institucionalista caracterizado, que es reconocido legislador y parlamentario, que tiene experiencia de Estado, que ha negociado con la guerrilla, que se le reconoce por su brillantez y empatía, que ha hecho una convocatoria amplia a todos los sectores progresistas, podría pasar a primera vuelta presidencial por la vía de esa consulta incluso superando la votación de Cepeda. De darse ese hecho, Roy dividiría al petrismo y despolarizaría la contienda dándole viabilidad a un nuevo centro de gravedad para los republicanos, los liberales, el progresismo y a todos los que no queremos a una Colombia nuevamente regida por los extremos. Además, a lo largo de su vida, Barreras ha demostrado que es un gran domador de dinosaurios, leones, tigres y jaguares, habilidad indispensable para gobernar a Colombia.

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