Umbral: la costura visible de una ciudad que aprendió a cuidarse
Pensar la ciudad como un organismo permite entender el arte en el espacio público no como ornamento, sino como un sistema de memoria: una forma de cuidar, narrar y proyectar lo que somos. Umbral**, de Carlos Castro, es una costura visible de la herida que dejó la pandemia y una invitación a reconocernos en lo común.**
En la ardua tarea de la gestión cultural, a veces necesitamos imágenes que nos ayuden a explicar lo complejo sin simplificarlo. Pienso con frecuencia en Bogotá como un cuerpo: un cuerpo vivo, en movimiento, atravesado por transformaciones constantes. Un cuerpo que, como el humano, requiere órganos, estructuras, canales de circulación, sistemas de cuidado. Un cuerpo que crece, se adapta, enferma, se recompone. Y, sobre todo, un cuerpo que acumula experiencias en la piel.
Esa metáfora nos devuelve una idea fundamental: la ciudad no es solo un conjunto de edificios y vías, ni un escenario neutral donde “ocurren” cosas. La ciudad es un tejido de relaciones, de tensiones, de afectos y de memoria compartida. Y por eso, cuando algo la hiere, no se trata únicamente de una crisis operativa: se trata de una marca que altera su manera de respirar, de encontrarse, de habitar el presente.
Si la ciudad es un cuerpo, también carga cicatrices. Algunas visibles, otras profundas y silenciosas. Y aquí resuena con fuerza una idea que Piedad Bonnett enuncia con una belleza difícil: no hay cicatriz —por brutal que parezca— que no encierre belleza; una historia puntual se cuenta en ella; algún dolor, pero también su fin. Esa frase no romantiza el sufrimiento. Lo ubica en un lugar donde puede ser narrado, comprendido y, en cierta medida, transformado.
La pandemia fue una herida profunda en ese cuerpo vivo. Nos puso a prueba como pocas veces: en la fragilidad, en el miedo, en el duelo, en la incertidumbre. Pero también dejó al descubierto, con claridad casi implacable, lo que sostiene a una ciudad cuando todo se detiene: la vocación de servicio, la generosidad, la resiliencia y el valor —en primer lugar— de quienes estuvieron en la primera línea del cuidado.
Y ahí aparece una pregunta central para la gestión cultural: ¿qué hacemos con esas marcas? ¿Cómo construimos memoria sin quedar atrapados en el dolor? ¿Qué dispositivos simbólicos pueden ayudarnos a recordar con dignidad y a la vez a seguir adelante?
En ese horizonte se inscribe Umbral, la obra monumental del artista Carlos Castro, inaugurada en el parque de la Biblioteca Virgilio Barco. Más que un gesto estético, el monumento funciona como una “costura” visible: una impronta en la epidermis de Bogotá que nos recuerda lo vivido y lo que nos permitió atravesarlo.
Este proyecto, además, tiene un valor particular para pensar el lugar del arte público hoy: se trata, después de varias décadas, de la primera intervención de arte monumental de gran formato liderada por la administración distrital, en alianza con la Academia Nacional de Medicina, y con el concurso de decenas de entidades y ciudadanos que decidieron donar a este propósito. Esa articulación no es un detalle administrativo: es una declaración de sentido. Habla de la posibilidad real de juntar grandes propósitos de ciudad —más allá de diferencias— para honrar la memoria y reconocer a un sector fundamental de nuestra sociedad.
Porque el arte público no se limita a “embellecer” el paisaje urbano. No es solo ornamento ni maquillaje. En sus mejores momentos, el arte público es infraestructura simbólica: deja constancia, propone reflexión, crea un lugar de encuentro, da forma a lo que una comunidad no quiere olvidar. En otras palabras, ayuda a construir ciudadanía.
La pandemia fue crisis, pero también —si logramos leerla con cuidado— puede convertirse en oportunidad: una oportunidad para recordar lo mejor que fuimos cuando lo peor nos rodeaba. Umbral hace ese gesto: no solo evoca a doctores, doctoras, enfermeras y equipos de salud; también nos remite a los miles de ciudadanos que se fueron, a los duelos privados que fueron también un duelo colectivo, y a la necesidad de no perder nunca la capacidad de trabajar en equipo en medio de la diversidad.
En un tiempo donde lo público suele reducirse a disputa, el arte público puede reabrir la conversación desde otro lugar: el del símbolo que no grita, pero permanece; el de la forma que no impone, pero convoca. La obra se vuelve entonces un recordatorio de que una ciudad se cuida no solo con infraestructura material, sino también con relatos, con rituales, con espacios de sentido.
Hay, además, un aspecto urbano y cultural que vale la pena subrayar. El parque de la Virgilio Barco se suma a un conjunto de íconos que consolidan ese polígono como uno de los espacios de mayor interés cultural y turístico de Bogotá. La Biblioteca Virgilio Barco, diseñada por Rogelio Salmona, es por sí misma una de las edificaciones más emblemáticas de la ciudad: un lugar donde la arquitectura ya es una forma de pedagogía urbana.
A su alrededor, el conjunto de parques metropolitanos —el Parque Simón Bolívar, el Jardín Botánico, el Parque de los Novios— configura un tesoro que Bogotá debe reconocer como espacio de encuentro y de bienestar. Y el hecho de que allí convivan esculturas de maestros como Ramírez Villamizar y Negret, y ahora este monumento de Carlos Castro, es más que una suma de piezas: es la posibilidad de vivir un territorio donde cultura, paisaje, memoria y vida cotidiana se tocan.
Pensar Bogotá como un cuerpo vivo nos obliga a asumir que la ciudad no solo se administra: se acompaña. Se cuida. Se escucha. Y en ese cuidado, el arte público cumple una función esencial: convierte la herida en memoria y la memoria en una forma de futuro. Umbral nos recuerda que la resiliencia no es olvido, sino la capacidad de seguir caminando con la cicatriz a la vista, sabiendo que allí hay dolor, sí, pero también hay historia, aprendizaje y comunidad.
- El autor es secretario de Cultura de Bogota.