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Lunes 4 de mayo de 2026
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Federico Díaz Granados

La última pausa

Hace muchos años dirijo una biblioteca escolar y desde allí he podido ver la relación de muchos jóvenes con la lectura y la escritura. De igual forma asisto con frecuencia a charlas y talleres en diferentes bibliotecas publicas de diferentes barrios de Bogotá y de diferentes regiones del país y pareciera que el silencio de sus salas es una máscara frente al ruido de las pantallas. Veo estudiantes conversar, en voz baja, frente a un teléfono celular. De repente gritan como si hubiera ocurrido un gol en minuto final de un partido. Pero no. Están jugando en línea con participantes de muchos lugares del mundo. Otra forma virtual de relacionarse y crear comunidad que se hizo popular durante la pandemia. Así, los jóvenes creaban comunidad, lejos de las redes sociales donde ya estaban sus padres, tías y abuelos.

De aquel grupo en la biblioteca, unos responden mensajes por audio en WhatsApp sosteniendo el teléfono sobre un tomo de Cumbres borrascosas, que en estos días ha vuelto a circular en la sección de préstamos de la biblioteca gracias al boom de la película que está en cartelera. A un profesor le llegaban notificaciones insistentes en su reloj inteligente y otros tantos chateaban y enviaban emojis. Había un relativo silencio. Ficticio. Inexistente. Todo estaba lleno de ruido así los volúmenes de los dispositivos estuvieran bajos.

Todo esto pasa en un lugar que invita al silencio. Igual veo en las iglesias y los teatros: gente conectada todo el tiempo y sus pantallas encendidas. La inmediatez convoca a este desastre. Si esto ocurre en una biblioteca, un cine o una iglesia ya sabemos lo que ocurre en otros espacios públicos. Se ha vuelto insoportable ir a un café o restaurante. El bullicio es invasivo e irrespetuoso. La música suena a altos decibeles y desde que se inventaron que los cafés de barrio son espacios de coworking ahora toca escuchar juntas, asambleas, comités y cursos también con altisonancia. Cines, iglesias y bibliotecas, que eran lugares para la intimidad o para hacer el ritual de una comunión interior ahora, como todos, son espacios de conexión permanente.

Vivimos en una época que ha convertido el ruido en condición natural. Las redes no se detienen, las opiniones se hacen cada vez más sordas y se encadenan unas a otras como si el pensamiento fuera una carrera de velocidad. En esa prisa constante pareciera que quienes necesitamos el silencio para imaginar, pensar o habitar el mundo seamos vistos como sospechosos de una legión de lunáticos. Sí, el silencio convoca también a la imaginación y a muchas formas de contemplación que son tan necesarias en una sociedad que avasalla todo aquello que convoque a la belleza y el asombro. La imaginación es un andamiaje que sostiene nuestra capacidad de ser parte de la comunidad humana y nos entrena, sobre todo desde las artes y las letras, a entrar en la conciencia de los otros y a habitar vidas que no son la nuestra.

La tecnología ha amplificado el acceso a la cultura como nunca. Pero también ha monopolizado nuestra atención. El algoritmo no necesita silencio sino flujo constante. Así, la experiencia cultural se vuelve cada vez más inmediata. Sin embargo, una biblioteca sigue siendo uno de los pocos lugares donde el algoritmo no decide por nosotros. Continúa siendo, a pesar de los tiempos, un territorio donde el tiempo trascurre todavía de una forma más lenta. Y esto es materia prima para fomentar esa imaginación que se hace tan necesaria –pareciera que ahora más que nunca– y que nuestra capacidad de atención está cada vez más deteriorada en este tiempo de dispersión individual y colectiva. Quizá la salida no consista en gritar más fuerte ni en producir más contenido, sino en aprender a detenernos. La gran pausa. Ese punto aparte en nuestra historia de vida. En volver a elegir espacios donde la conversación sea el mejor punto de encuentro sin ser invasivos del espacio del otro y de la necesidad del otro.

A veces, cuando cierro la biblioteca al final de la tardeo en la noche después de alguna lanzamiento editorialy las luces se apagan una a una, queda un silencio verdadero, casi frágil, como si el edificio respirara después de haber contenido durante horas ese murmullo eléctrico del mundo. En ese instante entiendo que no estamos defendiendo solo libros, sino una forma de estar vivos. Defender el silencio es defender la posibilidad de que un joven se mire por dentro sin miedo y escuche el idioma de sus emociones y de que una comunidad se reconozca sin gritar. Podemos custodiar esos pequeños territorios de pausa donde todavía es posible escuchar, imaginar y comprender. Por ahora, en el silencio y la imaginación está la mejor forma de comprendernos y quizás, sí, salvarnos juntos de esta distopía, así sea la última pausa.

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