Petro en la ONU. Un baúl lleno de odio
Las naciones siempre están y han estado en competencia. Desde los tiempos más remotos la rivalidad entre tribus, comunidades y países ha sido la característica principal de la interacción entre los conglomerados humanos. La diplomacia, las organizaciones multilaterales y el derecho internacional han tratado de organizar, moderar, encauzar y regular -incluso camuflar- la ferocidad inevitable de la lucha entre Estados.
Esa rivalidad se da en todos los campos. Las economías compiten por los mercados de bienes y servicios. También compiten los países por atraer la inversión externa y por el acceso al mercado de capitales. Compiten por la innovación y las tecnologías, también por el poderío militar, por territorio y por prestigio.
Además de estos evidentes escenarios de confrontación y rivalidad, los Estados compiten ferozmente en una dimensión que es menos evidente, menos explícita, más sutil e inaprensible. Sin embargo, se trata de una dimensión que determina en gran medida el éxito de todas las demás. Me refiero a la dimensión de la credibilidad.
En el caso de los Estados la credibilidad se basa en ciertos atributos reputacionales y en algunas actitudes clave para el manejo de las relaciones internacionales. La seriedad, el respeto a lo pactado, la mesura y el pragmatismo son características que generan credibilidad. Sin credibilidad internacional no hay eficacia en la lucha de un país por defender sus intereses y alcanzar sus metas. La credibilidad es la base de la confianza que se traduce en una ventaja competitiva, además de ser fuente de reputación, poder e influencia.
La credibilidad la construye un país con una estrategia de largo plazo. Colombia ha sido un país que a pesar de sus dificultades internas tomó el rumbo desde mediados del siglo pasado de construir una inserción internacional basada en la credibilidad en contraste con el despelote que ha sido la mayoría de América Latina.
Nuestro país ha sido capaz de romper con los estereotipos y patrones políticos con los que la comunidad internacional y la opinión pública global caracterizan a la mayoría de los países vecinos. Nadie podría señalar a Colombia de “banana republic”, de “basket case”, de “republiqueta”, de “dictablanda”, “dictadura” o de tener un sancocho institucional. Hasta ahora.
En estos tiempos de redes y de comunicaciones instantáneas la diplomacia presidencial ha sustituido buena parte de la diplomacia tradicional. Hoy en día el mascarón de proa de las relaciones exteriores de los países son los jefes de Estado. Es por eso por lo que la forma en que el presidente Petro ha conducido las relaciones internacionales ha tenido un impacto tan negativo. Se ha encargado personalmente de demoler la credibilidad de Colombia en el contexto internacional.
El discurso internacional del presidente Petro por su inconsistencia, su retórica agresiva y su ausencia de propuestas serias ha generado escepticismo y desconfianza. Desde el legendario “expandir el virus de la vida por las estrellas del universo” hasta las acusaciones estridentes y conceptualmente equivocadas contra Occidente, toda esa carreta, ha desvalorizado la palabra del primer mandatario en los escenarios multilaterales. El presidente ha cometido el pecado de poner su ideología y sus sueños de caudillo global por encima del interés nacional. Es una gran paradoja. Petro tan interesado en lograr el liderazgo global con sus actitudes ha disminuido su propia estatura mundial. Al empequeñecerse él ha empequeñecido a Colombia.
La credibilidad de Colombia se ha construido por la seriedad de sus políticas públicas, la fortaleza de sus instituciones, el trabajo duro de su gente, la progresividad de su política social, la calidad de su empresariado, su lucha contra el crimen organizado y la búsqueda de la paz. Ese pilar de la confianza internacional en Colombia se resquebraja cuando el propio presidente en su afán de caudillismo y populismo se dedica a sembrar desconfianza y dudas precisamente sobre aquellos aspectos notables de la realidad nacional que han sido el fundamento del reconocimiento mundial.
Ahora Petro anda por Estados Unidos y va a la Asamblea de las Naciones Unidas con un baúl cargado de odio. Va a decir que le preparan un golpe de Estado para asimilar a Colombia a situaciones ajenas a las realidades de la democracia colombiana. Va a seguir colocando a Colombia del lado de dictadores como Putin y Maduro. Y para terminar va a romper la neutralidad que todo mandatario externo debe mantener frente a la contienda electoral en otro país. Petro ya atacó a Trump y quizás lo haga también con Harris, para convertirse en víctima del “imperialismo americano”. Expone al país para posar de David vs. Goliat.
Como ocurre con las personas, cuando un país pierde su credibilidad serán necesarias décadas de trabajo para poder recuperar la confianza global que nos ha robado el errático discurrir del presidente por los escenarios internacionales.
Twitter: @gabrielsilvaluj.