Annie Hall
Soy un hijo de las telenovelas y las comedias románticas y quizás por ello es que Diane Keaton está metida en la memoria del corazón desde la primera vez que la vi en esos ciclos de cine que organizaban en la entonces Cinemateca Distrital (al lado del Teatro Jorge Eliécer Gaitán), en la Sala Los Acevedo del Museo de Arte Moderno o la Sala de la Antigua Calle del Agrado, lugares donde vi, a mediados de los ochenta, muchas películas en algunos ciclos temáticos o dedicados a directores. Mi favorito fue Woody Allen y aquellos ciclos incluían algunas de sus más destacadas películas rodadas hasta ese momento. Bananas, El Dormilón, Amor y muerte: La última noche de Boris Grushenko, Annie Hall, Interiores, Manhattan, Zelig y quizás llegaba hasta la maravillosa Rosa púrpura del Cairo, películas que vi y repetí varias veces en pantalla gigante en los ciclos mencionados y en los inolvidables cursos de Hernando Martínez Pardo, Fabio Medellín o Augusto Bernal. Años después volví a ver algunas de estas películas en los bares temáticos de cine Magitinto y Kinestoscopio Café Cinema, entre otros, y en el Cine Club El Muro.
Desde entonces amé con locura a Diane Keaton, en especial en su papel de Annie Hall con el cual ganó el premio Oscar a mejor actriz en 1978. Annie Hall y Mary Wilkie en Manhattan (sobre todo en la hermosa escena en la que caminan entre los planetas con Isaac Davis -Woody Allen- mientras cae un torrencial aguacero en Nueva York). Allí empezaba a formarse mi educación sentimental pero también mi fascinación por las comedias románticas y la forma en la que las del mundo terminan siendo protagonistas centrales y definitivos de las historias. Eran nuevos relatos sobre el amor, sobre el eterno tema que nos define y nos conmueve a lo largo de nuestro paso por el mundo y cuya cantera de mitos, narraciones y poéticas son inagotables, así se cuente siempre el mismo asunto y regresemos al mismo puerto de partida.
A finales de los noventa tuve un casete de VHS que contenía Annie Hall y Manhattan. Eran esas películas dobles que vendían de manera pirata en la puerta de algunas universidades y en la casetas de libros usados de la calle 19 que después serían parte del Centro Cultural del Libro en el corazón de Bogotá. Ponía a rodar ese casete y me dormía mientras transcurrían las dos películas, razón por la cual terminé aprendiéndome de memoria la mayoría de los diálogos de ambas cintas: Annie Hall y Manhattan, dos de mis historias de amor favoritas y ambas protagonizadas por Diane Keaton. En algún viaje familiar a Nueva York le pedí a mi hijo Sebastián que me tomara una foto en la clásica butaca bajo el Puente de Queensboro donde Issac y Mary le declaran su amor a la ciudad y por ende a ellos mismos. Quería la foto en el lugar exacto que se inmortalizó en el cartel de esa poesía en blanco y negro, que comienza con Rhapsody in Blue de George Gershwin y en la que, al igual que en Annie Hall, la decadencia de la ciudad es el símbolo del fracaso de las relaciones de amor.
También amé a Diane Keaton en El Padrino, otra de las películas que he visto cantidades de veces en la vida. Allí, en el papel de Kay Adams, Keaton demuestra su talento para representar la fuerza moral, la desilusión y la lealtad de la esposa de Michael Corleone y ratifiqué ese amor en otras comedias como El club de las primeras esposas, Cuando ellas quieren y Alguien tiene que ceder.
Hace pocas semanas también murieron Robert Redford y Claudia Cardinale y las redes se inundaron de fotos, recuerdos y escenas que acompañaron tantas generaciones. Con ellos y con Diane Keaton muere una época dorada del cine y de su estética y se apagan formas de comprender el mundo a través de la mirada y la fascinación. Eran artistas que se metían en sus papeles y los llenaban de carácter, fuerza y originalidad. Fueron inconfundibles y entrañables para siempre.
Este fin de semana he vuelto a ver Annie Hall y Manhattan con el mismo asombro de las primeras veces y de aquel casete de VHS con el que me arrullaba en algún momento de mi vida. Repetí en mi memoria aquellos diálogos y supe que algo de mí también moría, como si al apagarse esas luces en la pantalla se extinguiera una parte del mundo que me enseñó a amar, a mirar y a soñar. Annie Hall con su sombrero, su chaleco y corbata y su risa nerviosa, me reveló una forma de la belleza que siempre quiero conservar. Entre Nueva York y Los Ángeles seguiré prefiriendo Nueva York, aunque se parezca a Muerte en Venecia y a Alvy Singer que vive como en una isla. Aquel diálogo me enseñó que el arte perfecciona la vida y, por ende, el amor y todas nuestras emociones y seguiré pensando que algún día veré a Annie por Broadway empujando a su nueva pareja a ver Sufrimiento y lástima o que sacaremos de una vitrina a Marshall Mc Luhan para que desautorice a un pedante académico. Por eso y mucho más es que Diane Keaton, como Annie Hall, me hizo entender que los amores imposibles, como en todas las comedias románticas, son posibles y con finales felices. Y por eso permanecerá en la memoria para recordarme con su ternura lo que alguna vez fui y lo que me permitió ser para siempre.