Del algoritmo al pensamiento crítico
Según el informe Digital 2024 —que analiza el estado del mundo digital, las redes sociales y el comportamiento en línea—, 5.440 millones de personas utilizan hoy internet, cerca del 67 por ciento de la población mundial.
Nunca antes la humanidad había estado tan conectada. Sin embargo, esa conexión masiva nos expone también a lo que Umberto Eco llamó en 1964 la “infosfera”: un mundo digital saturado de información sobre el que no tenemos control sobre sus fuentes ni su veracidad.
Eco advertía que el exceso de información no genera conocimiento, sino que puede producir el efecto contrario. La sobreabundancia, decía, daña la memoria, provoca amnesia y anula la capacidad de juicio. Para él, saber es el arte de filtrar, seleccionar y juzgar la información. De esa reflexión nació su teoría del “filtrado de la información”, formulada hace más de medio siglo y hoy asombrosamente profética. Eco nos recordaba que todo lo que vemos en los medios y plataformas es una selección y combinación de datos de la realidad, nunca la realidad misma.
Por eso insistía que debemos constatar las fuentes, compararlas, cuestionar las narrativas y comprender los mecanismos que buscan moldear nuestro conocimiento del mundo.
Cuando el dato incontrastado sustituye al pensamiento crítico, las consecuencias son alarmantes. La serie Black Mirror —que recomiendo ver— retrata con precisión los peligros de una’ infósfera’ sin filtros: la incapacidad de distinguir entre verdad y mentira, la confusión entre realidad y representación, la construcción artificial de identidades, los algoritmos que ‘piensan’ por nosotros, la explotación emocional y la delegación del juicio ético a las máquinas. Hemos transitado gravemente y sin percibirlo, de la búsqueda de sentido a la dictadura del algoritmo.
En Colombia, esos peligros no son ficción. Las campañas de desinformación durante procesos electorales o en momentos de crisis social han mostrado cómo la manipulación de imágenes y datos puede encender la polarización y fomentar la violencia simbólica y, en algunos casos, incluso física.
En redes, una fotografía fuera de contexto, una noticia inventada o una cifra sin fuente pueden circular miles de veces antes de ser desmentidas, afectando reputaciones y decisiones ciudadanas.
Los discursos políticos maniqueos —los que reducen la complejidad nacional a enemigos o salvadores— prosperan en ese ambiente de superficialidad, velocidad y emotividad.
Esta lógica algorítmica no sólo empobrece el debate, sino que configura una cultura digital tóxica. Al estimular la confrontación, los algoritmos promueven una cultura del descarte que normaliza la violencia y destruye los pilares de una cultura democrática basada en el diálogo, la tolerancia y el respeto.
Frente a esto, nuestra salvación está en el filtrado, en el ejercicio consciente del pensamiento. Hannah Arendt lo expresó con claridad: no pensar abre espacio a la banalidad del mal.
El mal moderno, decía, no proviene necesariamente de la maldad deliberada, sino de la ausencia de pensamiento. Pensar, entonces, es un acto ético y político, inseparable de la responsabilidad.
Es cierto que el pensamiento no garantiza el bien, pero su ausencia abre la puerta al mal al eliminar la posibilidad del juicio moral.
En la comunicación digital, la velocidad y la emocionalidad han reemplazado el análisis. Las redes repiten consignas, amplifican clichés y reducen la complejidad a eslóganes. En este contexto, pensar —detenerse, matizar, escuchar— se convierte en un acto de resistencia ética y democrática.
De cara a unas elecciones que se prevén intensas, la responsabilidad de los líderes políticos, de los medios y de la ciudadanía es decisiva.
Si queremos construir y consolidar una sociedad democrática, necesitamos con urgencia una alfabetización mediática e informacional, capaz de formar ciudadanos con pensamiento crítico digital.
Sólo así podremos recuperar el sentido, discernir en medio del ruido y reconquistar el camino hacia la libertad de pensar por cuenta propia.