El mapa y el territorio… político
Escucho impávido ciertos análisis que resultan de las elecciones del pasado domingo 26 de octubre, en las que el Pacto Histórico alcanzó una votación inédita para muchos analistas que, como en el caso de gente tan seria como Ariel Ávila, vaticinaban un fracaso mayúsculo en la concurrencia a las urnas. El viernes 24, un video de La W insistía en que el país tiraba a la caneca 200.000 millones de pesos para una consulta pírrica y confusa. El Colombiano terciaba el domingo en X: “El Pacto Histórico se desinfló: participación se desplomó comparada con la consulta de 2022”. El expresidente Santos anunciaba el lunes que los dos millones setecientos mil votos eran un fracaso, si se comparaban con los cinco millones largos obtenidos en la consulta de la izquierda de 2022, entre Gustavo Petro y Francia Márquez. No hablaré de las ideas extrañas y fantasiosas que promueven los destripadores y exdirectoras de medios que siguen cabalgando sobre el odio como estrategia. Lo cierto es que, si los vaticinios fallaron, los análisis posteriores obvian una realidad que no debe seguir eludiéndose si en verdad queremos una sociedad democrática y un cambio profundo en la cultura colombiana.
Iván Cepeda y Carolina Corcho, así como cientos de colombianos y colombianas, participaron en una consulta no exenta de debates, impedimentos y trabas: se puso en cuestión la legitimidad del Pacto Histórico, asunto que obligó al Partido Comunista y a la Unión Patriótica a deponer su inscripción, y el asunto se zanjó poniendo al Polo Democrático como partido, para que fuera imposible argüir que se trató de una consulta interpartidista. Iván Cepeda consiguió una votación histórica de 1.570.000 personas. Carolina Corcho de cerca de 700.000. El desprecio a quienes han honrado la palabra de hacer un ejercicio político basado en las ideas, sin insultar al contendor, promoviendo palabras y proyectos de país, me queda rondando una y otra vez.
¿Por qué personas que uno supone entienden que si no hay democracia, si no hay participación, por mediana que les parezca, que en el pasado promovieron procesos de paz, que han promovido la reconciliación, ahora salen a los medios y a las redes sociales a denostar de un horizonte político que les garantiza no ser perseguidos, amedrentados, asesinados o exiliados como lo hizo la derecha y la extrema derecha en varias décadas en las cuales hubo genocidios, exterminios de jóvenes y tratos con mafias y paramilitares que después fueron extraditados para eludir la verdad que aún no se completa?
Parte de la respuesta, además del odio que siguen produciendo las personas racializadas, precarizadas, sexualizadas y menospreciadas intelectualmente —tan distintas a las clases hegemónicas—, es que ha aparecido un país, el mismo que votó en 2022, que coincide con la periferia, en un trazo casi perfecto donde los bordes de la República votan por el proyecto de izquierda mientras el centro se aferra a la mentalidad decimonónica según la cual no hay nadie preparado para dirigir los destinos del país, salvo unas cuantas familias, de unas cuantas universidades, en general hombres blancos, que han cabalgado sobre una historia de conservadurismo y regeneración que por fin encuentra un cambio de rumbo, a partir de la emergencia de este Gobierno.
Leer el mapa de lo ocurrido el domingo nos muestra los siguientes datos: el Pacto Histórico consigue la mayoría de los votos en Nariño, con un 14,32 por ciento de la totalidad de los sufragios, seguido de Cauca, con el 13,5 por ciento, Amazonas con el 13,2 por ciento, Sucre con el 12,8 por ciento, Córdoba con el 11,6 por ciento, Magdalena con el 11,2 por ciento, Putumayo con el 10,6 por ciento, Atlántico con el 10,3 por ciento, Vaupés con el 9,44 por ciento y Bolívar con el 9,335 por ciento. Si escuchásemos la tesis según la cual esto es un fracaso, bastaría considerar que, si se comparara la votación de Senado de 2022, frente a esta consulta, con 100.000 mesas de votación menos —apenas fueron instaladas 20.000— la disminución es apenas del 0,5 por ciento: en 2022, la votación total de senado fue 2.880.254 votos, y en este 2025, de 2.753.738 votos. Comparada con otras consultas presidenciales como la del Partido Liberal, en 2017, con toda la fuerza del Gobierno Santos, argumento que él mismo usa para denostar de esta, se obtuvieron 744.521 votos; en la del Partido Liberal, en pleno uribismo, con todas las garantías, 1.356.821 votos, y en la del Polo de 2009, la única de la izquierda en los últimos dieciséis años, 483.493 votos.
Eso, en cuanto a la lectura de un mapa que cada vez se define más: aquellos territorios donde el Gobierno nacional ha impulsado cambios, procesos, presencia distinta a la fuerza pública, en los cuales se han hecho esfuerzos por entregar tierras, por profundizar el acuerdo de paz, donde ha disminuido el hambre y hay más empleo, sin llegar a la hiperbolización, es decir, allí donde ha empezado a ocurrir algo distinto a lo de siempre, a la escasez de agua, a la condena histórica de los territorios afrocolombianos, campesinos, o aquellos lugares que fueron llamados territorios nacionales, intendencias, comisarías, ese mapa que se nos mostraba en los años ochenta como un país que no era nuestro, que era de la guerra, del hambre, de la condición de pobreza, casi que por merecimiento, ha comenzado a hablar. Eso es la paz, creo yo. Que todos los ciudadanos de un país puedan tener el derecho a pensar, a no ser condenados por quienes se sienten con el derecho de atemorizar a otros por ser progresistas o de izquierda, con la misma cantinela de las FARC y las guerrillas. El país cambió, su mapa y su territorio son visibles, y eso, creo yo, es una estupenda noticia.
Por supuesto, no se trata de enarbolar las banderas del triunfalismo. Al ver hablar el domingo a Iván Cepeda, en la sede del Polo Democrático, con un breve mensaje felicitando a Carolina Corcho, reclamando al Consejo Nacional Electoral que tuviera la decencia y el compromiso de darle vía libre a la constitución del Pacto Histórico, y anunciando que de ser elegido instalará una mesa de acuerdo nacional incluyendo a esas fuerzas que siguen deseando el desbarrancadero que imaginó Vallejo, pensé en cuánto habremos avanzado si un hombre de esa estirpe, capaz de establecer un acuerdo político con fuerzas liberales, de centro, que ya anuncian, como en el caso de Roy Barreras, el exministro Juan Fernando Cristo, el excanciller Luis Gilberto Murillo, entre otras, que están listos para establecer el camino, pienso en cuánto podríamos ahorrarnos si no nos ganaran, una y otra vez, y casi de manera sempiterna, esos viejos egos y odios de clase que prefieren ver a Donald Trump más como un salvador que como un verdadero enemigo de la humanidad, y no solo de Colombia.
Cuánta grandeza nos hace falta para celebrar esta transformación de un país que no puede seguir sembrando odios, sospechando de todos, menoscabando los esfuerzos de una generación que está dispuesta a imaginar un futuro como una posibilidad y no como una condena: una generación que tiene líderes honestos y éticos como Cepeda, y que entienden que ya no nos basta solo con ver en el mapa lo grandes y diversos que somos, sino que somos hijos y hermanos de aquellos que ocupan esos territorios bellos, profundos, que han hecho que artistas hayan sido capaces de ponernos en el mundo. Macondo no queda en los Andes.