El otro sentido del fallo
El Tribunal Superior de Bogotá se pronunció este martes 21 de octubre a favor del expresidente Álvaro Uribe Vélez en el caso de Iván Cepeda en su contra por manipulación de testigos y soborno en fraude procesal. Dos de los tres magistrados consideraron que los argumentos de la jueza Sandra Milena Heredia no eran contundentes y desestimaron pruebas que constituyen la evidencia que Uribe Vélez, en efecto, ha manipulado, orquestado y sobornado, a través de su abogánster Cadena, a testigos para defender lo indefendible. La presunta técnica y la ortodoxia vencieron pues, a la incontestable voz de un hombre que ha sido escuchado, en privado y en público, pronunciar ideas y órdenes que han atentado contra miles de colombianos. Al desestimar su extenso sentido del fallo, sobre el que escribí hace unos meses, creo que es justo hablar sobre este, en medio de una coyuntura política que nos abisma en los dos escenarios: la sensación de quienes apoyamos a Iván Cepeda y consideramos que Álvaro Uribe y sus dos gobiernos fueron parte de un aparato orquestado entre paramilitares, Fuerzas Armadas y sectores de la política nacional para desplazar, asesinar y llevar a cabo una colonización extractivista en vastas zonas de nuestro país; y entre aquellos que piensan que Uribe es víctima de una campaña de persecución por quienes ellos insisten en llamar una izquierda subversiva que quiere convertir este país en una nación comunista.
Hoy como nunca se hace necesario tener la suficiente sindéresis para entender que los escenarios históricos han cambiado desde que el presidente Gustavo Petro ganó las elecciones en 2022. La correlación de fuerzas entre dos maneras de entender la realidad, entre dos formas de creer que hay posibilidades para todas y todos en este país si cambiamos la manera en que entendemos nuestro lugar desde el poder, se transformó. Si es cierto aquello que hoy dice la centro derecha liberal y la extrema derecha sobre poner por encima de las pugnas y venganzas personales de quienes ostentan gobiernos en todo el orbe –a propósito de la vulgaridad de Trump que celebran en secreto por amenazar la soberanía nacional–, entonces es momento de que haya una aceptación de que la historia de horror escrita, relatada, contada, contrastada y suficientemente documentada por personas, testigos, jueces, comisiones, periodistas, senadores y hasta un presidente de la República, entre muchas otras fuentes, no fue una invención para deslegitimar el actuar de gobiernos como el de Uribe, sino acontecimientos que dejaron un saldo ominoso de más de nueve millones de víctimas, cientos de miles de desplazados y otros cientos de miles asesinados. Negar esa realidad solo nos sumirá más en la sensación de que este país no tiene remedio, y renovaremos, una vez más, un nuevo ciclo de violencia que nos pondría de cara a una crisis profunda de la cual solo seguirá brotando sangre de personas inocentes, como cualquiera de nosotros, que viven en territorios alejados de las discusiones del poder.
Por eso, ante esa idea de que este fallo es una estocada a los sectores progresistas y de izquierda del país, y que viene la revitalización de una derecha que no encuentra un discurso legítimo, se necesita, sin duda, de un liderazgo maduro, que no vea en la venganza la salida de esta singladura, sino que, en cambio, como ya lo hizo Iván Cepeda al término del primer juicio, un nuevo pacto político para encontrar la senda de una democracia en la cual todas y todos tengamos las mismas garantías y derechos.
Iván Cepeda es el candidato por el que votaré este domingo 26 de octubre en la consulta del Pacto Histórico como precandidato presidencial, pues creo, sin ningún atisbo de dudas, en su capacidad y estatura ética, en su capacidad de reflexionar, pensar y actuar sin un ápice de oscuridad para aniquilar a sus contradictores políticos. Los discursos que ha dado Cepeda a lo largo de este mes de campaña han mostrado cuál es su propuesta de país; han debatido públicamente lo que muchos consideramos es una situación de injusticia social, de inequidad, de falta de oportunidades para todos los colombianos que es insostenible y que estos tres años han venido a sanar; un hombre que a pesar de padecer el asesinato de su padre, por motivos alevosamente falsos y malévolos —como mostrarlo perteneciente a las Farc—, entendió que su fuerza provenía de su legado y de eso que él ha llamado el poder de la verdad: un hombre que practica la parresía como doctrina, aquella capacidad de decir lo que se piensa de manera pública y asumir las consecuencias que ello conlleva.
Una sociedad como la colombiana está en mora de entender que solo liderazgos de ese talante pueden conducirnos a un verdadero diálogo nacional entre quienes estamos inscritos en un proyecto de izquierda progresista, y quienes desde el centro y la derecha quieren reducir este momento histórico a una suerte de equivocación.
Este fallo quiere dejar la sensación de que hay tablas en una discusión jurídica que es mucho más que eso: es un profundo punto de inflexión en nuestra historia. Lo que no podemos olvidar es que la fuerza de los movimientos sociales, de defensores de derechos humanos, de muchos académicos e intelectuales, de campesinos y campesinas, de artistas, de indígenas, de afrocolombianos y afrocolombianas, entre toda la diversidad de nuestro país intercultural, debe expresarse con contundencia este domingo 26 de octubre pues tenemos la enorme oportunidad de conseguir que muchas y muchos de ellos y de nosotros nos convirtamos en una fuerza legítima que ha sido perseguida, exiliada, y asesinada en el país.
Estoy seguro de que un triunfo este domingo de Iván Cepeda, quien anunció que apelará el fallo ante la Corte Suprema de Justicia, es un triunfo de millones que se sienten por fuera de una conversación de la cual han sido excluidos. De ganar Cepeda, conseguiría insistir en su causa, la de la paz y los derechos humanos, y tendería puentes con una oposición que no puede seguir negando la diferencia en Colombia. Pero además demostraría algo que les sobra a quienes como él han tenido que vivir la adversidad, la persecución, el asedio, el exilio y la intimidación como parte de su vida cotidiana: la resiliencia, la tozudez que proviene de la certeza de que los reveses siempre nos presentan, como paradoja, posibilidades que debemos imaginar y apoyar mientras tengamos la certeza de que es verdad eso de que nos merecemos una segunda oportunidad sobre la Tierra.
Estas razones, y la circunstancia en la que se produce la decisión del Tribunal, es el verdadero sentido de este fallo que muchos han tomado como una derrota.
Creo que es el momento de repetir aquello que defendimos hace unos meses, y respetar la decisión de la justicia, y con ello, no claudicar en las denuncias y evidencias que se tienen contra un aparato que se estableció como un mecanismo de violencia y expolio que no puede volver a devorarnos. Por ello, este domingo 26 de octubre no elegimos solamente a un precandidato presidencial: nos elegimos a nosotros mismos, a la capacidad que tengamos de oponernos pacíficamente a los pactos secretos y oscuros de una política cooptada y puesta al servicio de poderes económicos, legales e ilegales. Este domingo hay que caminar hasta las urnas para decir, con nuestro voto, que somos millones, que no volverá a ocurrirnos un NO como respuesta a un proceso de paz, que podemos ver, incluso a quienes no cesan de promover discursos de odio, como nuestros semejantes. Ese es el tamaño del desafío. Y ese desafío tiene la estatura de Iván Cepeda.