Elegir lo que vale
No se trata de pelear mejor, sino de aprender a construir donde otros eligen destruir.
Hace unas semanas, en la junta directiva de una organización a la que pertenezco, se abrió una discusión difícil: unas declaraciones públicas, tan ofensivas como provocadoras, encendieron la indignación y la idea de una respuesta inmediata. Yo no la compartí. No por falta de empatía, sino porque sentí que responder era entrar justo en el terreno donde gana quien busca dividir. Hay batallas que no se pierden por falta de fuerza, sino por falta de conciencia: algunas trampas se disuelven no peleando, sino eligiendo con serenidad dónde invertir la energía.
La psicología social explica bien esa trampa. Los discursos de confrontación operan sobre nuestra identidad más básica: nos convencen de que estamos en un “nosotros contra ellos”, diluyen la responsabilidad individual en la multitud y terminan encerrándonos en círculos donde solo se oye lo que refuerza nuestra indignación. El resultado es previsible: más rabia, más división, menos espacio para la construcción colectiva.
La historia ofrece espejos elocuentes. Abraham Lincoln, al terminar la guerra civil estadounidense, eligió decir “con malicia hacia nadie, con caridad para todos”, recordándole a un país herido que el camino no era la venganza sino la reconstrucción. Martin Luther King, en medio del odio visceral de los supremacistas, suplicó a sus seguidores no beber de la copa de la amargura, porque el odio no expulsa al odio. Y Nelson Mandela, tras 27 años de prisión, salió no a exigir revancha sino a proclamar una Nación Arcoíris donde antiguos enemigos caminaran juntos con dignidad. Tres contextos distintos, una misma lección: es posible responder al veneno con grandeza, al ruido con visión de futuro.
Pero la historia también nos advierte del costo de elegir lo contrario. En Ruanda, la propaganda repitió durante meses mensajes de odio que despojaban a un grupo entero de su humanidad, y esas palabras terminaron abriendo paso a una de las masacres más atroces del siglo XX. En Argentina, opositores celebraban la muerte de Eva Perón con la consigna cruel de “¡Viva el cáncer!”, y poco después aviones bombardearon a civiles en Plaza de Mayo, convencidos de que los adversarios políticos eran menos que personas. Cuando el discurso degrada al otro, cuando convierte a un ser humano en un enemigo absoluto, la violencia deja de ser impensable y se vuelve inevitable.
Ese contraste ilumina nuestra responsabilidad presente. Hay momentos en los que la tentación de responder con la misma moneda —odio por odio, desprecio por desprecio— parece lógica, incluso justa. Pero la historia insiste en lo contrario: las sociedades que logran salir adelante son las que encuentran líderes y ciudadanos capaces de hablar en clave de futuro, no de revancha. Lincoln, King y Mandela no negaron el dolor ni la injusticia; simplemente se negaron a quedarse a vivir en ellos.
Ese es, quizá, el aprendizaje más profundo: el lenguaje no solo refleja la división o la esperanza de un país, también prepara el terreno para lo que viene después. Un discurso puede abrir la puerta a la violencia o sembrar las bases de la convivencia. Y no siempre la clave está en una figura carismática: también puede estar en la voz colectiva de la ciudadanía. Cuando la palabra pública deja de ser un arma para convertirse en un espacio de encuentro, la política cambia de naturaleza.
Un ejemplo luminoso viene de un país pequeño del norte de África. En 2013, Túnez estaba al borde de una guerra civil: asesinatos políticos, protestas callejeras y una sociedad partida entre islamistas y laicos. La salida no vino de un discurso inflamado ni de un caudillo providencial, sino de la sociedad civil organizada. Cuatro instituciones —un sindicato, la patronal empresarial, el colegio de abogados y la liga de derechos humanos— formaron el llamado Cuarteto para el Diálogo Nacional. Su apuesta fue simple y revolucionaria: sentar a todos a conversar. Ese diálogo permitió encauzar las tensiones hacia un pacto democrático que evitó la violencia y transformó la desesperanza en posibilidad.
Si en Túnez fue posible transformar la rabia en esperanza, ¿por qué no habría de serlo en otros lugares? La lección es clara: incluso en contextos de máxima tensión, cuando las palabras se usan para abrir espacios y no para cerrarlos, la política encuentra caminos inesperados.
Esa lección resuena con fuerza en nuestra región, y en Colombia con particular urgencia. El ruido, las frases incendiarias y los discursos de odio no van a desaparecer; siempre habrá quienes intenten dividirnos en opiniones irreconciliables. La pregunta es si vamos a dejarnos arrastrar por esa dinámica o si vamos a elegir otra cosa. Vienen elecciones, vienen nuevos liderazgos en disputa, y allí está la verdadera oportunidad: leer, informarse, participar activamente, decidir con la cabeza y no solo con la pasión, sea esta rabiosa o ciega. El futuro no se juega en los laberintos de las redes sociales, sino en la capacidad que tengamos como ciudadanos de poner la mirada en lo común, en lo que queremos construir juntos y no en lo que queremos destruir del otro.
Ya basta de prestarle la garganta al odio. Poco a poco nos hemos ido acostumbrando a discutir como si pelear fuera pensar, a confundir ruido con participación. El discurso incendiario es un fuego voraz que todo lo consume: empieza con una chispa, con una palabra cargada de rabia, y termina devorando familias, comunidades, países enteros. El odio no es una opinión: es una distracción colectiva. Nos aleja de lo esencial y nos hace olvidar que el poder verdadero no está en la furia del momento, sino en la construcción paciente del futuro.
Por eso, este es el momento de morder el freno, de negarnos a bailar la música del resentimiento. Si queremos un país distinto, necesitamos recuperar el tono de la conversación y la generosidad de escuchar incluso a quien piensa diferente. Nuestra voz vale más que un insulto.
Nuestra dignidad no puede reducirse a un eslogan. Que quede claro: no vamos a beber de la copa amarga del odio. Vamos a usar la palabra para abrir caminos, no para cavar trincheras. Vamos a decidir con lucidez, con memoria y con coraje, porque el futuro se escribe con manos limpias, no con puños cerrados.
El verdadero desafío no está en responder cada provocación, sino en recordar qué merece nuestra energía, qué futuro queremos construir y con cuánto corazón estamos dispuestos a hacerlo.
Solo por hoy —y ojalá cada día— quiero recordar que la serenidad también es una forma de valentía. Que elegir no pelear no es rendirse, sino cuidar lo que vale.