Saltar a contenido
Lunes 4 de mayo de 2026
Imagen de perfil de David Colmenares
David Colmenares

Esto también se cura con amor

Miguel Ángel Russo murió hace unos días. En Boca y en Millonarios dejó campeonatos, pero también algo más difícil de ganar: respeto. En medio de su enfermedad, pronunció una frase que trascendió el fútbol y se volvió lección de vida: “Esto se cura con amor”.

No hablaba de romanticismo: hablaba de supervivencia.

En esa frase había una ternura que incomoda, sobre todo a quienes crecimos creyendo que el amor se demuestra resistiendo. Nos cuesta entender que también se ama cuando se cuida, cuando se afloja, cuando se pide ayuda.

A los hombres nos enseñaron a resistir más que a cuidar. Nos educaron para confundir fortaleza con aguante. A disimular el miedo. A apretar los dientes en lugar de pedir ayuda. A medir la valentía por la capacidad de callar el dolor. Pero el cuerpo recuerda lo que la cultura niega. Y llega un día en que uno entiende que ser fuerte también es saber detenerse, descansar y llorar.

Cuando el cuerpo se detiene —por agotamiento, por tristeza o por miedo— no nos traiciona: nos recuerda el cuidado que olvidamos darnos.

Durante años confundí el amor propio con narcisismo. Creí que cuidarme era un lujo o una forma de egoísmo. Hoy sé que no hay acto más responsable que aprender a tratarnos bien. Dormir, pedir ayuda, poner límites o llorar sin culpa no son debilidades: son formas adultas de amor.

Cuidarse no es huir del mundo; es prepararse para habitarlo con más conciencia. Cuando uno se abandona, todo se desordena: el trabajo, los vínculos, la mirada. Y cuando uno se trata con compasión, algo se acomoda también afuera. No todo se repara con buena voluntad. A veces el coraje es detenerse a sanar.

La psicóloga Kristin Neff lo llama self-compassion: hablarnos como hablaríamos a quien amamos. Sus estudios muestran menos ansiedad y depresión, y más resiliencia cuando esa práctica es consistente. La psicología positiva de Barbara Fredrickson añade que las emociones positivas amplían la mente y construyen recursos duraderos. En términos simples: el cuidado afectivo regula el estrés y mejora nuestra capacidad de recuperación. El amor no es adorno: es medicina. El cuerpo y la mente no solo responden a tratamientos; también a la forma en que los tratamos.

Vivimos en una cultura que premia la velocidad y desprecia la pausa. Nos enorgullece no tener tiempo, estar “siempre disponibles”. Pero un país donde nadie se escucha termina emocionalmente exhausto; y una sociedad exhausta no construye futuro, apenas sobrevive el presente. El cansancio dejó de ser síntoma para volverse identidad: nos definimos por lo que logramos, no por lo que sentimos. Esa desconexión se contagia: equipos, familias e instituciones repiten el mismo apuro.

Cuidarse no es hedonismo: es una forma de resistencia. Negarse a la rueda del desgaste es empezar a reparar lo que la velocidad rompe. El amor propio, lejos de ser un lujo individual, funciona como vacuna social: quien se cuida con compasión contagia equilibrio, no presión; confianza, no culpa.

No se puede cuidar a nadie sin aprender primero a cuidarse. Ni liderar, ni enseñar, ni transformar, si hacia nosotros mismos solo hay vergüenza o desprecio. El amor propio no se predica: se practica. Se construye cada vez que elegimos perdonarnos, descansar, pedir ayuda. Y cuando uno aprende a amarse, deja de exigir a los demás que lo salven.

Amarse no es mirarse al espejo y gustarse. Es sostenerse cuando la mente tiembla; hablarse con respeto cuando el miedo grita; dejar de compararse y de correr sin saber adónde. Porque lo que no se cuida se rompe, y lo que se rompe en uno, se fractura en todos.

Esto también se cura con amor. No para aislarnos, sino para regresar al mundo con más conciencia —y con más presencia para los otros.

Soy David, y hoy entiendo que amarme es también una forma de cuidar a los demás.

Finalización del artículo

Artículo de libre acceso