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Miércoles 6 de mayo de 2026
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David García

Grabar el silencio, escuchar la ausencia

¿Cómo suena la ausencia? ¿Qué sonidos emite el eco de miles de vidas arrancadas y sepultadas para producir el olvido? Los hallazgos recientes de más cuerpos por parte de la JEP en La Escombrera de Medellín llaman a una relectura del libro La sombra de Orión, de Pablo Montoya.

En Colombia, país “fisurado por la tragedia de los desaparecidos”, el silencio es ensordecedor. Pablo Montoya, en su desgarradora novela, no elude este abismo. Lo enfrenta con una herramienta inesperada y profundamente conmovedora: la búsqueda sonora del horror.

La obra de Montoya es un acto de rigor investigativo y valor poético que escarba en las heridas abiertas de la Operación Orión (Comuna 13 de Medellín, 2002) y la monstruosa realidad de La Escombrera, esa “inmensa herida sobre la montaña” convertida en fosa común. Como relata Montoya, los fantasmas de los desaparecidos “tocaron a la puerta” de su conciencia y le exigieron que se ocupara de ellos. El resultado es un relato que combina lenguaje poético y lúcido con la crudeza de un país “desbaratado y cruel”.

Aquí es donde la música entra, no como adorno, sino como acto político y estético. Montoya inventa un personaje, Mateo Piedrahita, un músico cuyo proyecto es una “Sonoteca”: un archivo sonoro creado con micrófonos que capturan los sonidos emanados de las profundidades de La Escombrera.

No son melodías, son espectros sonoros: el músico no registra voces reconocibles. Atrapa “sonidos espectrales”, un “enjambre descomunal y que aturde cuando se oye”. Es el sonido del horror innombrable, de la tierra que, como palimpsesto de la violencia, cubre secretos atroces.

La Sonoteca es un intento profundo de dar presencia acústica a los desaparecidos. Es una forma de restituirles la humanidad que la violencia y el olvido les negaron. Es, como afirma Montoya, un “modo de confrontar lo innombrable”.

La Sonoteca no descifra los sonidos ni ofrece respuestas. Su “enjambre” aturdidor es arte que no consuela: testimonia y señala.

Pablo Montoya no trabaja sólo con el sonido. Junto al músico, despliega otra figura importante: un cartógrafo. Ambos son arquitectos de la memoria frente al horror. El cartógrafo traza un mapa de la violencia, intentando visualizar la geografía del exterminio en la Comuna 13. El músico construye su mapa sonoro, registrando lo que la tierra oculta en La Escombrera.

Juntos representan una búsqueda visual y acústica de verdad y memoria. Montoya demuestra que enfrentar un trauma de esta magnitud exige estrategias artísticas que trasciendan el realismo, que se adentren en lo simbólico y lo onírico. El arte se convierte en herramienta forense y acto estético de resistencia.

El músico y el cartógrafo, desde sus oficios imaginarios, nos recuerdan que Colombia aún no ha aprendido a escuchar ni a mirar sus propias heridas. En la vibración espectral de la tierra y en la cartografía del dolor se revela una verdad incómoda: los desaparecidos siguen aquí, insistiendo en su derecho a la memoria. En tiempos en los que algunas voces buscan que el silencio se imponga, obras como La sombra de Orión nos recuerdan que la justicia también puede comenzar por un acto sencillo y radical: afinar el oído y abrir los ojos para no olvidar.

* Director General de la Filarmónica de Bogotá

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