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Lunes 4 de mayo de 2026
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Federico Díaz Granados

La fatiga de nuestro tiempo

Es cierto que estamos cansados, parecemos fatigados todo el tiempo e incluso, cuando se supone que estamos en temporadas de vacaciones, persistimos en ese cansancio. El autor de La sociedad del cansancio, el surcoreano Byung-Chul Han, ha insistido en su preocupación sobre la sociedad actual en la recepción de los premios Princesa de Asturias donde él fue el ganador en la categoría de Comunicación y Humanidades 2025. Pareciera que nuestro cansancio se confunde con la rutina y la cotidianidad y tiene que ver con vivir conectados y disponibles.  Ya muchos padecen lo que se llama el ‘Síndrome de la vibración fantasma’, que consiste en la repetida ilusión sensorial que nos lleva a revisar repetidamente el teléfono celular en busca de llamadas, mensajes o notificaciones que en realidad no existen.

Byung-Chul Han lo ha vuelto a decir, esta vez en Oviedo, ante un auditorio de selectos ganadores y las autoridades respectivas, que no somos tan libres como creemos, sino que somos esclavos voluntarios de un sistema que nos explota en nombre de la libertad. Su discurso fue una llamada de atención a un mundo agotado por su propio impulso de rendimiento. De igual forma recordó a Sócrates y la función del filósofo como “tábano” que pica al noble caballo adormecido de la polis y cómo en ese antiguo gesto, en esa metáfora de la Grecia clásica  se resume la urgencia del mundo contemporáneo de ser una sociedad que confunde la conexión con el vínculo, el rendimiento con el sentido. Vivimos, dice, en la sociedad del cansancio que es una época donde el látigo ya no viene de afuera, sino que cada uno lo empuña con entusiasmo contra sí mismo. Nos explotamos creyendo que somos libres.

La imagen que plantea el surcoreano es precisa. El esclavo que arrebata el látigo a su amo y se azota pensando que así se emancipa. En nuestra era digital nunca descansamos porque estamos publicando, compartiendo, opinando y produciendo lo que llaman ahora contenido, todo el tiempo. Los teléfonos velan por nosotros. Registran nuestros pasos, nuestras horas de sueño, nuestras emociones. Hemos normalizado la vigilancia como la forma de nuestros afectos y libertades.  

La fatiga ya hace parte de nuestra vida diaria que va más allá de lo físico y llega hasta algo más profundo. Es el agotamiento de tener que ser uno mismo, de tener que reinventarnos y ser positivos porque es la única forma de mejorar cada día y ser más y más productivos mientras los profetas de la autoayuda dicen “dale, tú puedes” mientras todos estamos desesperados. En esa espiral de positividad, como la llama Han, nosotros nos disolvemos. Ya no hay tiempo para contemplar, ni para demorarse, ni detenernos, para hacer una pausa, de pronto para decir no, para dejar de asentir a todo.

El discurso en Oviedo no fue una elegía pesimista, sino un intento de volver a poner sobre la mesa la reflexión sobre esta avalancha a la que nos lleva el capitalismo. Byung-Chul Han también habló de la tecnología y la Inteligencia Artificial no como enemigos, sino como espejos deformantes de nosotros mismos. “El problema no es el smartphone, sino que el smartphone nos usa a nosotros”, advirtió. La frase encierra una paradoja terrible: lo que creamos para liberarnos termina esclavizándonos. Es la vieja historia del mito de Frankenstein, pero sin tormenta ni rayos. Hoy, la criatura se esconde en el bolsillo y responde a nuestras órdenes con voz amable.

Le pedimos a la Inteligencia Artificial que piense por nosotros, que tome decisiones, que nos anticipe sin oponerse a nuestras ideas. Es una prolongación de la burbuja que nos vendieron las redes sociales. En el discurso también nos advierte que esa Inteligencia Artificial necesita un marco ético y político, pues de lo contrario se va a terminar convirtiendo en una fuerza sin control. Ya vemos con perplejidad que la gente confía sus problemas de salud mental, ansiedad y depresión más a la IA que a un profesional de la salud psiquiátrica.

Aquella promesa de que el avance digital nos llevaría a vivir una sociedad más comunicada, cercana e informada nos ha llevado a un aislamiento donde todos gritan sin escuchar, donde nos polarizamos por esa misma competitividad en la que vivimos. El respeto, dice Byung-Chul Han en su discurso, se ha vuelto una especie en extinción. En cuanto alguien piensa distinto, lo declaramos enemigo. De alguna forma, más que un malestar tecnológico tenemos profundas heridas espirituales porque vivimos, además del cansancio, en una sociedad del vacío. Deslizamos todo el tiempo el dedo sobre las pantallas como si buscáramos allí algo que hemos perdido y es la experiencia humana.  Y, sin embargo, en su discurso, Han no propone el retiro ni la nostalgia. Su posición no es la del rechazo, sino la del límite y la necesidad de recuperar el arte de detenerse, de pensar y de cuidar. No se trata de destruir la tecnología, sino de domesticarla; de ponerla al servicio de la vida, no al revés.

Quizá el verdadero desafío del siglo XXI no sea avanzar más rápido, sino aprender a detenernos. A cuidar lo que aún nos hace humanos antes de que la fatiga y la Inteligencia Artificial piensen y sientan por nosotros y pareciera que ahora la lentitud, el ocio, el descanso y la desconexión sean los actos revolucionarios de este tiempo así sea la última pausa antes del colapso total.

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