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Miércoles 6 de mayo de 2026
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Edna Bonilla

No por muchos ‘likes’ tenemos más democracia

Durante buena parte del siglo XX, las democracias se derrumbaron con golpes de Estado. Hoy se desgastan desde adentro. Lo que el Democracy Report 2025 del Instituto V-Dem denomina “autocratización gradual” —el deterioro interno causado por líderes electos que erosionan los contrapesos— afecta a más de setenta países. Freedom House llega a la misma conclusión. Vivimos una era de regresión democrática marcada por la captura institucional, el populismo antiliberal y la manipulación tecnológica.

Las amenazas actuales son más sutiles que las dictaduras del pasado. El riesgo ya no es perder las elecciones, sino vaciarlas de sentido. Como advierte Jan-Werner Müller, el populismo antiliberal busca monopolizar la voz del pueblo y deslegitimar la oposición. Por su parte, Yascha Mounk alerta sobre la polarización afectiva, que convierte a los adversarios en enemigos.

A ello se suma la desinformación digital. La combinación de Inteligencia Artificial, algoritmos opacos y campañas de odio sustituyen los hechos por emociones. Las recientes elecciones en Estados Unidos, México y Europa mostraron el poder que tienen las fake news y los deep fakes para distorsionar la opinión pública. Cuando las verdades se negocian y los datos se fragmentan, el debate democrático se vuelve imposible.

El pasado 26 de octubre, el Pacto Histórico realizó su consulta para elegir candidato presidencial y las listas al Congreso de 2026. La jornada dejó una sorpresa tan significativa como inquietante. Varios de los nombres más votados no provienen de la militancia política, sino del mundo de la influencia digital. Y aunque no es la primera vez que ocurre, candidatos con miles de seguidores en redes sociales, acostumbrados a narrar su vida cotidiana y a intervenir en la conversación pública desde registros emocionales y polarizantes, obtuvieron resultados que en otros tiempos habrían parecido imposibles. Esa mutación de la política hacia la esfera digital ya no es anecdótica. Lo que antes era militancia, hoy se mide en reproducciones, clics y visualizaciones.

La política colombiana ya no se juega únicamente en comités o plazas públicas, sino en los algoritmos. En esta consulta varios creadores de contenido con discursos emocionales y presencia constante en redes desplazaron a figuras que durante años habían realizado un trabajo político juicioso. Una historia en Instagram o un video en TikTok puede tener más impacto que un encuentro ciudadano o una entrevista radial. Un hilo en X puede alterar el curso de una campaña. Pareciera que se busca más el like que el servicio. 

Entre los nombres más visibles para el Senado se distinguen: Walter Rodríguez (Wally), quien alcanzó 133.107 votos y tiene 568.000 seguidores en X; Amaranta Hank, 13.060 votos y 300 mil seguidores; y Matador, 22.001 votos con 497.000 seguidores. En la Cámara de Representantes, Laura Beltrán (Lalis) registró 26.174 votos y 318.000 seguidores en X; Hernán Muriel, 41.477 votos y 42.000 seguidores; David Porras, 1.547 votos con 21.000 seguidores. En conjunto, estos seis influenciadores suman 237.000 votos, equivalentes al 8,8 por ciento de la votación total del Pacto Histórico.

El sociólogo Manuel Castells llamó a este proceso la “autocomunicación de masas”. La describe como un ecosistema donde cada persona produce y distribuye su mensaje, elige su público y define la emoción que transmite. En este campo, los influenciadores se mueven con mayor destreza que muchos políticos. Hablan con cercanía, despiertan emociones y construyen comunidades digitales que sustituyen, en parte, la vieja militancia de base.

Pero esta revolución comunicativa, que democratiza la voz, también redefine los riesgos. La misma herramienta que amplía la participación puede reforzar el aislamiento. Este escenario exige nuevas alfabetizaciones democráticas. Es necesario aprender a leer las redes con espíritu crítico, a distinguir la información del ruido y a ejercer la ciudadanía digital con responsabilidad. La educación ciudadana del presente pasa por enseñar pensamiento crítico en tiempos de algoritmos.

Como advierte Cass Sunstein, las redes no necesariamente amplían el diálogo democrático, sino que pueden encerrarnos en cámaras de eco donde solo escuchamos lo que confirma nuestras creencias. Lo que antes era plaza pública hoy se fragmenta en burbujas digitales, y la emoción —en forma de sarcasmo, ironía o indignación— genera más clics (y, a veces, más votos) que la propuesta o el argumento. Las campañas se mueven al ritmo del algoritmo, que premia lo viral y castiga lo complejo.

La emocionalidad digital redefine el ejercicio del poder. La consulta del Pacto confirmó que la comunicación ya no es solo un instrumento del poder, sino su escenario principal. En la era de la autocomunicación de masas, quien logra conectar emocionalmente tiene ventaja. El reto fundamental sigue siendo convertir esa conexión en acción colectiva sostenida, en organización política y en políticas públicas reales. El carisma digital puede abrir puertas, pero no reemplaza la preparación técnica, la escucha, el conocimiento de los territorios ni el compromiso con el interés público.

Aun así, no todo es amenaza. Las redes han abierto espacios a voces que antes no tenían micrófono. Jóvenes, mujeres, comunidades LGBTIQ+, afrodescendientes e indígenas y movimientos como #MeTooBlack Lives Matter o las movilizaciones climáticas juveniles, han encontrado que la conexión digital puede traducirse en acción política y esperanza colectiva.

El problema no es que la política se digitalice, sino que no aprendamos a construir instituciones y prácticas democráticas capaces de gobernar éticamente este nuevo espacio público. No se trata de satanizar los likes ni de idealizar la política tradicional, sino de entender su poder y sus límites. Porque cuando los likes dan votos, también deberían exigir responsabilidad, rendición de cuentas y capacidad de gobierno o representación. De lo contrario, podríamos terminar habitando una democracia de apariencias. Una democracia efímera y superficial, como un like que se desvanece en el timeline.

Tampoco se trata de descalificar a los nuevos liderazgos que surgen de la esfera digital. Muchos de ellos expresan la frustración de una generación que no se siente representada y que busca nuevos lenguajes de participación. Pero sí es necesario preguntarse si la política puede sobrevivir cuando se mide por su capacidad de volverse viral. El riesgo no es solo la banalización de lo público, sino la transformación del ciudadano en consumidor. Se elige no a quien propone, sino a quien emociona.

La fragilidad de la democracia no se origina únicamente en los intentos autoritarios, sino también en su superficialización cultural. Cuando el voto se guía más por la afinidad estética que por la deliberación informada, las instituciones se vacían de contenido. La conversación pública se vuelve un escenario de gestos y consignas, mientras la desigualdad, la educación, la ciencia o la justicia pierden espacio en la agenda colectiva. Si la política se vuelve espectáculo, la democracia corre el riesgo de volverse audiencia. Y cuando eso ocurre, el futuro deja de escribirse en las urnas y empieza a definirse en los comentarios.

Como ciudadanos, debemos ser conscientes de las razones por las que votamos. No se trata de elegir a quien más seguidores tenga o a quien genere más polémica, sino a quien tenga ideas, propuestas y argumentos sólidos. La popularidad no debe reemplazar la preparación, ni la viralidad sustituir la responsabilidad de representar a miles de personas. Por su parte, quienes aspiran a ocupar un cargo público desde el mundo digital tienen la obligación de elevar la conversación, no degradarla. La credibilidad no se construye con insultos ni con clics, sino con coherencia, conocimiento y compromiso.

Y para la política tradicional, este fenómeno debe ser una señal de alerta y de aprendizaje. No se trata simplemente de ‘pasarse a las redes’ para ganar visibilidad, ni de competir con los influenciadores en el terreno del espectáculo. Se trata de reconectar con la gente, de hablar en los lenguajes y plataformas donde hoy se construye la opinión pública, pero sin renunciar a la profundidad del debate ni a la responsabilidad del liderazgo.

Las redes no son una amenaza, sino un puente. Quienes sepan cruzarlo con autenticidad y propósito seguirán teniendo un lugar, incluso en esta era de los algoritmos. El reto de esta época no es decidir entre el discurso político o el contenido digital, sino entender que el futuro de la democracia se juega en ambos mundos. Porque los likes pueden abrir puertas, pero gobernar —y representar con dignidad— exige mucho más que eso. Avancemos en educación, deliberación y debate. Retrocedamos en la cultura del insulto y en la comodidad de no pensar. Solo así los likes podrán ser parte de la democracia no su reemplazo.

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