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Miércoles 6 de mayo de 2026
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Mauricio Cabrera

¿Paz después del genocidio?

El conflicto entre el Estado de Israel (que no de los judíos) y los palestinos no empezó con la espantosa masacre cometida por Hamás hace dos años, ni va a terminar con el acuerdo de cese al fuego (que no de paz) impulsado por Trump. Sus raíces son mucho más antiguas y profundas, y las consecuencias del genocidio se sentirán por generaciones.

El origen bíblico del conflicto

Para los sionistas, toda la Palestina le pertenece a Israel porque es la tierra prometida por Yahvé a Abraham hace más de tres mil años, después de hacerlo salir de su hogar en Ur de Caldea, tal como lo dice el libro del Génesis: “Aquel día firmó Yahvé una alianza con Abram diciendo: A tu descendencia he dado esta tierra desde el rio de Egipto hasta el rio grande, el Éufrates” (Gen. 15, 18).

Abraham se asentó pacíficamente en ese territorio, llamado entonces Canaán, pero sus descendientes tuvieron que abandonarlo y emigrar a Egipto donde fueron esclavizados. Moisés los liberó del yugo del faraón y los guio 40 años en el desierto, pero fue castigado por Yahvé y no pudo entrar a la tierra prometida: solo verla desde las montañas del Sinaí.

A su sucesor, Josué, le fue repetida la promesa: “Habló Yahvé a Josué y le dijo: les doy todo el territorio que conquisten como le prometí a Moisés. Desde el desierto y desde el Líbano hasta el río grande, el Éufrates, y al occidente hasta el mar Grande” (Jos. 1, 3-4). El único problema es que para entonces Canaán ya estaba habitada por miles de personas; por eso la promesa se refiere ahora a “todo el territorio que conquisten”

Y en esta ocasión el asentamiento no fue pacífico, como el de Abraham, sino que fue una conquista a sangre y fuego, un verdadero genocidio. Son terroríficos los textos del Antiguo Testamento que describen lo que hicieron los israelitas con los palestinos de esa época. Para la muestra un botón:

“Atacaron a Madián como había mandado Yahvé a Moisés y mataron a todos los varones. Los hijos de Israel hicieron cautivas a las mujeres de Madián y a sus niños, saquearon su ganado y todas sus pertenencias. Prendieron fuego a todos los pueblos en que vivían y a sus campamentos. (…) Moisés se enojó y les dijo:’ ¿por qué habéis dejado con vida a toda las mujeres? (…) Maten pues a todos los niños varones y a toda mujer que haya dormido con un hombre’” (Num. 32, 15-17)

Relatos tan espeluznantes como este se repiten varias veces, con matanzas donde no queda un solo sobreviviente, y el libro de Josué hace una lista de los 31 reinos que “fueron derrotados por los hijos de Israel y despojados de sus tierras en Transjordania, desde el río Arnón hasta el monte Hermón, incluida toda la Arabá oriental” (…) “Se apoderó Josué de todos aquellos reyes y de sus territorios en una sola ofensiva, porque Yahvé, el Dios de Israel, peleaba en favor de Israel”. (Jos. 10, 42)  

Un anhelo de supervivencia que terminó en genocidio

Hoy se vive una situación similar a la que encontraron los israelitas al regresar de Egipto al descubrir que su tierra prometida ya estaba habitada. A lo largo de la historia, el pueblo judío ha sido sometido a violencias semejantes  o peores, desde las invasiones de asirios y babilonios, la diáspora durante 20 siglos, hasta los seis millones asesinados por los nazis en el holocausto.

Por eso es totalmente justificable su anhelo de volver tener un territorio propio y defenderlo como garantía de supervivencia. Pero solo una minoría se aferra a los relatos bíblicos de la tierra prometida por Yahvé y solo unos extremistas, encabezados por Netanyahu, están dispuestos a repetir los métodos genocidas de Josué para conquistar el territorio palestino.

El conflicto reciente comenzó en noviembre de 1947, cuando la ONU aprobó la partición de Palestina en dos estados, uno judío con el 56 por ciento del territorio y el otro árabe. Antes de esa fecha, la población árabe duplicaba a los judíos en Palestina, pero convivían en relativa paz.

En 1948 se dio la primera guerra entre los palestinos con el apoyo de los países árabes vecinos que no aceptaron la partición y los israelíes que tenían milicias bien organizadas con las que habían combatido a los ingleses para expulsarlos del territorio. El desenlace de este primer enfrentamiento fue la ‘Nakba’ (catástrofe palestina): la destrucción de cientos de pueblos palestinos y el desplazamiento de más de 700.000 personas que desde entonces han vivido como refugiados sin país.

En 1958, 195 y 1973 se dieron tres guerras entre el naciente Estado israelí y los países árabes que se negaban a reconocerlo. En todas venció Israel, lo que generó la admiración de toda una generación que veíamos cómo la victoria del pequeño David lograba consolidar un Estado que era el hogar de un pueblo perseguido durante siglos.

De nuevo, el gran perdedor de estas guerras fue el pueblo palestino, pero pocos se preocupaban por su situación y los mismos países vecinos los abandonaron. Además, los sionistas judíos seguían convencidos que todo el territorio palestino era la tierra prometida por Yahvé y continuaron invadiendo tierras y poblaciones palestinas.

En los años siguientes hubo masacres en campos de refugiados palestinos, como Sabra y Chatila, rebeliones (intifadas) que fueron reprimidas a sangre y fuego por los israelitas, y surgimiento de grupos terroristas palestinos –como Hamás, que tiene el control de Gaza desde 2008–, que han mantenido ataques constantes contra poblaciones israelíes. El más sangriento y salvaje, el de octubre de 2023 con 1.200 muertos y 250 secuestrados, que no fue prevenido por el ejército israelí aunque se sabía que iba a suceder.

La reacción del Gobierno de Netanyahu ha sido un verdadero genocidio en Gaza: 70.000 asesinados, en su mayoría civiles inocentes, de los cuales 19.000 niños; dos millones de desplazados; el 90 por ciento de la infraestructura de la franja demolida o inutilizada; hambruna y enfermedades por el bloqueo a la ayuda humanitaria. Las imágenes de la destrucción de Gaza después de los bombardeos israelíes son trágicamente similares a lo que quedó del guetto de Varsovia después de que los nazis lo incendiaran y arrasaran para sofocar la heroica rebelión judía.

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Si Netanyahu y Hamas aceptan el cese al fuego, se detendrá el genocidio y Hamás perderá el control de Gaza. Esta vez también Israel puede haber ganado la guerra, pero perdió la batalla moral pues pasó de víctima a genocida. Lo preocupante es que el conflicto continuará alimentado por la ambición de los sionistas de ocupar todo el territorio y el dolor reprimido de los miles de niños que vieron cómo sus padres y familiares eran asesinados por un ejército invasor. Es urgente parar el genocidio, pero eso no garantiza la paz: solo se alcanzará cuando todos acepten la existencia de dos Estados.

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