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Lunes 4 de mayo de 2026
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Jaime Honorio González

Petrump

Sin fanatismos, ¿no les parece que es lo mismo?

Es que se predican tan diferentes que a mí me parece que terminan siendo la misma vaina.

Van por sus mundos casi levitando. El uno, en su imponente Air Force One, el otro ahí en su FAC 0001. Van decidiendo la vida de sus conciudadanos y también las vidas de otros en nombre de la guerra contra las drogas, en nombre de la paz total, en nombre de la democracia, en nombre de la salud pública, en nombre de la defensa de los niños, en nombre de cualquier cosa, lo que sea para justificar sus acciones.

Allá, un neoyorquino, nieto de inmigrantes alemanes y casado con una hermosa inmigrante eslovena (que puede hablar siete idiomas), quien —esta vez— llegó al cargo prometiendo una cerrada lucha contra la inmigración y por eso nombró como su canciller a un hijo de inmigrantes cubanos y yerno de inmigrantes colombianos. Debe saber mucho del tema.

Acá, un costeño con pasaporte italiano que escribe terriblemente mal el español aunque presume el uso del lápiz como si fuese uno de esos correctores de estilo de vieja data que andaban con un color rojo perfectamente tajado, encerrando en un círculo los errores de los periodistas cuando presentaban sus cuartillas para la revisión final.

Ambos, soberbios con la prensa mientras se burlan de ella porque saben que a los fanáticos les encanta insultar periodistas. El uno los trata de ignorantes, los denigra (alguna vez calificó a la prensa como enemiga del pueblo) y los descalifica con frecuencia. El otro escucha preguntas para no responder y —en cambio— soltar eternos y deshilvanados monólogos, además de estigmatizar a sus críticos, en un país tan violento como el nuestro. Ambos la menosprecian a más no poder y sólo la aceptan cuando es obsecuente, a la medida, casi que prensa oficial que sea simple megáfono de su propaganda.

Claro que es una pelea desigual la de ese par de almas gemelas, separadas al nacer. El uno muere porque su candidato gane las próximas presidenciales y entonces, decide enfrentarse al dueño del mundo casi de manera suicida, consecuencia de su perdido amor por el poder. El otro, ni sabe todo lo que le dice el uno y además tiene el verdadero poder, plata a montones y todas las armas; por eso, puede hacer lo que se le dé la gana.

Por ejemplo, quitarle la visa a su colega de oficio porque llamó a la insubordinación a sus soldados. Yo, realmente, lo encuentro justificado.

También puede poner en la antipática Lista Clinton a quien quiera, con razón o sin razón, con pruebas o sin pruebas, con justificación o sin justificación, eso allá ahora no importa mucho. Es su país, es su Departamento del Tesoro, es su lista.

Pero, que pueda hacer y deshacer en su país, y también fuera de él, no significa que todo esté bien, o que haya acertado, o que no se haya excedido, o que no se constituya un abuso. Lo digo porque el de acá no es jefe de ningún cartel, ni es traficante de drogas ni se ha enriquecido por lavador ni nada de esas cosas.

A uno le puede caer mal el presidente. Puede, incluso odiarlo, insultarlo, cuestionar su vida sexual, escupirle los peores epítetos, lo que sea, pero la verdad es que no cumple con los requisitos necesarios para ser incluido —de forma objetiva— en esa lista de narcos, decisión apenas celebrada allá por los congresistas republicanos de Florida. Y por nadie más.

Acá, mientras tanto, se regodeó medio país, sobre todo aquellos que escriben mensajes en inglés para que los áulicos de allá le digan al oído que éste es un Estado fallido, que somos un mar de coca, que estamos a nada de ser Venezuela, que esto es una dictadura y otro poco de sandeces que lo único que hacen es oscurecer aún más nuestro oscuro panorama.

Al presidente de allá le han hablado tan mal de acá que —de pronto— decide sancionar sin más rodeos al de acá con la implacable y efectiva arma de los aranceles. El problema es que el afectado no será el presidente de acá. Los paganinis serían los empresarios que no tendrán cómo, los trabajadores que serán despedidos, las familias que no podrán cumplir sus obligaciones, todo el país sufriendo las consecuencias, menos el que inició la pelea.

Así que todos deberían calmarse un poco, especialmente el presidente y los candidatos presidenciales de extremo. No vaya a ser que por estar buscando votos para ganar, en menos de ocho meses no haya país que gobernar. Porque, pase lo que pase, ni Trump ni Petro sufrirían las consecuencias. Hasta en eso se parecen.

Por eso, Petrump. O Trumpetro. Creo que da lo mismo.

@JaimeHonorio.

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