Saltar a contenido
Miércoles 6 de mayo de 2026
Imagen de perfil de Juan Camilo Restrepo
Juan Camilo Restrepo

¿Qué tienen en común Macron, Milei y Petro?

Tienen algo en común que marca la inestabilidad política de los tres países que presiden: ninguno de ellos cuenta con mayorías propias en sus respectivos congresos, ni han querido -o podido- armar una coalición sólida para gobernar.

El resultado es entonces similar: la inestabilidad política se está apoderando de la vida política en Francia, Argentina y Colombia. Y los pronósticos no son buenos en ninguno de ellos.

Comencemos por Francia. Desde cuando el presidente Macron perdió las mayorías como consecuencia de la disparatada disolución de la Asamblea Nacional que decretó en 2023, ha ido de tumbo en tumbo. Cinco primeros ministros han caído, el último de los cuales ha sido reencauchado con un nuevo mandato sobre quien no hay buenos pronósticos.

El presidente Macron obstinadamente se niega a nombrar un primer ministro de partido distinto al suyo, e igualmente rechaza el llamado a nuevas elecciones, cosa que podría hacer dentro del marco de la Constitución vigente, disolviendo la bloqueada Asamblea Nacional. Y permitiéndole así a la ciudadanía que zanje el impasse político monumental en que ha caído Francia.

En el fondo, detrás de todo esto, gravita la terquedad del presidente Macrón, que no quiere aceptar que la Asamblea Nacional vaya por un lado diferente al suyo. Y, con una obstinación digna de mejor causa, considera inaceptable caer en una cohabitación (como ya la ha habido en otras ocasiones en la V República) con alguien salido de las mayorías parlamentarias que le son hostiles en este momento.

El caso de Milei no es muy diferente: no tiene mayorías en el Congreso y nunca las ha tenido. En las primeras de cambió logró que un Congreso donde es minoritario le otorgara una especie de autorización general, pero transitoria, con la cual ha gobernado hasta el momento. Pero esa carta blanca se ha agotado. El Congreso argentino ha empezado a rechazarle todos los vetos que ha interpuesto recientemente a la legislación salida de las mayorías parlamentarias, que no son las suyas. 

La situación económica, que iba bien, ha empezado a deteriorarse gravemente. Y de no ser por un salvavidas de 20.000 millones de dólares que recientemente le ha lanzado el Gobierno Trump, la estabilidad económica alcanzada y la tasa de cambio habrían volado en mil pedazos. Las próximas elecciones del 25 de octubre serán decisivas, pues habrán de definir con qué juego político queda Milei para lo que le resta de mandato.

Y el último caso es el de Petro. Nunca ha tenido mayorías propias en el Congreso, y ahora mucho menos. Tampoco ha contado con una coalición sólida que se haya comprometido en torno a un programa común. 

El Gobierno Petro se ha limitado en los últimos tiempos a mandar al Congreso proyectos de ley sin consenso alguno entre los partidos. Y cuando no son aprobados, a disparar sobre los congresistas un aguacero de insultos que es en lo que se ha venido especializando. 

Petro, ante el hecho evidente de no contar ni haber tenido nunca mayorías en el Congreso, ni una coalición sólida pues la única que medio existió la dinamitó él mismo en el primer año de gobierno, se ha reducido o a insultar a diestra y siniestra todos los días y a todo el mundo. Patético. O a sacar de la manga exóticas fórmulas sin apoyo constitucional alguno, como las consultas o la asamblea constitucional que ahora ha vuelto a blandir.

La inestabilidad política de estos tres países es, pues, monumental. Y en el fondo deriva de tres presidentes que consideran que, a pesar de vivir y operar dentro de un régimen de democracia participativa cuyas reglas están obligados a respetar, creen gozar de un mandato divino que les permite esperar de los congresos les tengan que votar a pie juntillas todo lo que se les ocurra.

Así no funcionan las democracias. Lo primero que hace un canciller alemán al día siguiente de ser elegido es reunirse con los otros partidos para construir un programa común que le permita gobernar. Es la regla de oro en cualquier democracia.

Pero Macrón, Milei y Petro no parecen aceptar esa regla de oro. Su vanidad y capricho sobrepasa la lógica simple que debería presidir sus acciones gubernamentales. 

Consideran que es un deber irrecusable de los congresistas (que no hacen parte ni de sus partidos ni de una coalición interpartidista inexistente) aceptar sin chistar las órdenes de sus gobiernos. Que ni son mayoritarios en las cámaras ni han logrado conformar unas coaliciones mínimas para ejecutar un programa común.

Finalización del artículo

Artículo de libre acceso