Saltar a contenido
Lunes 4 de mayo de 2026
Imagen de perfil de Edna Bonilla
Edna Bonilla

TALIS y Bachillerato Internacional: la esperanza enseña en la escuela pública

Acaba de publicarse la más reciente Encuesta Internacional sobre Enseñanza y Aprendizaje (TALIS 2024) de la OCDE. Este es el estudio más amplio sobre la vida, las percepciones y las condiciones de los docentes. En más de cincuenta países, 300.000 maestros de colegios públicos y privados, respondieron sobre cómo enseñan, cómo aprenden y cómo se sienten en su trabajo. Los resultados para Colombia son reveladores. El 97 por ciento de los docentes afirma estar satisfecho con su labor, aunque buena parte deba dictar clases en aulas precarias, experimente inestabilidad laboral y padezca escaso reconocimiento. El informe no solo mide el bienestar, sino que desnuda una paradoja. A pesar de la adversidad, enseñar en Colombia sigue siendo un acto de esperanza.

El TALIS 2024 muestra que los docentes colombianos se destacan por su compromiso con la diversidad y el aprendizaje socio emocional. El 85 por ciento dice sentirse preparado para trabajar con estudiantes de distintos contextos culturales, y el 80 por ciento asegura poder apoyar su desarrollo emocional. Estos porcentajes son superiores al promedio de la OCDE. Sin embargo, solo siete de cada diez docentes tienen contrato permanente y una proporción importante trabaja con sobrecarga y limitaciones materiales. Los maestros colombianos se declaran felices, pero no por lo que reciben, sino por lo que entregan. La vocación sigue intacta, incluso cuando el sistema la pone a prueba.

Esa mezcla de convicción y precariedad tiene rostro. La viví hace unas semanas cuando volví al Liceo Femenino de Cundinamarca Mercedes Nariño, el colegio público donde me gradué hace varias décadas. El rector y la comunidad docente me invitaron a conocer el resultado parcial de la implementación del programa de Bachillerato Internacional (BI) y a disfrutar de diferentes muestras culturales y académicas. También conversamos con las estudiantes de grado 11 y con algunas compañeras egresadas sobre la importancia de la educación, y lo que el colegio nos aportó para construir nuestros proyectos de vida. Teníamos en común valores que nos inculcó el Liceo, como la gratitud, la corresponsabilidad y la resiliencia. El colegio ha mantenido estos principios, pero los ha llevado más lejos al incorporar el BI a su Proyecto Educativo Institucional (PEI). Ahora las estudiantes cuentan con nuevas herramientas que les permiten fortalecer sus conocimientos para afrontar un mundo donde las condiciones son muy distintas de las que conocí cuando me gradué. La emoción de los profesores al escuchar y ver los avances de sus alumnas era profundamente conmovedora. El BI que ahora se vive en las aulas y en los pasillos del colegio me permitió escuchar voces sobre la pasión de las jóvenes al realizar sus proyectos de investigación, redactar monografías, o expresarse con fluidez en inglés y francés, además del español. Sentí que algo estaba cambiando no solo en mi colegio, sino en la manera como entendemos las potencialidades de la educación pública. Entre esas voces, una me conmovió especialmente. Alison Soto, estudiante de grado 11, dijo: “El Bachillerato Internacional me abrió el pensamiento y me ayudó a no quedarme con una sola idea de futuro. Me enseñó a ver más caminos, a pensar en grande y a creer que también desde la escuela pública podemos llegar lejos”.

Esa transformación que ya se siente en el Liceo no es un caso aislado. En 2022, el BI llegó a diez colegios públicos de Bogotá con una promesa sencilla pero poderosa. Se trata de mostrar que la curiosidad intelectual y la exigencia académica están en todas partes. La semilla se sembró y hoy entendemos mejor que la educación no es solo una tarea técnica, administrativa o política, sino, sobre todo, profundamente humana.

Esta iniciativa no es un currículo importado ni una moda educativa. Es una manera de entender el aprendizaje. Es una invitación constante a observar, preguntar y conectar. Busca formar estudiantes con pensamiento crítico, sensibilidad social y conciencia global, que sepan argumentar, escuchar y comprender la complejidad del mundo sin dejar de lado nuestra cultura y nuestras raíces. El BI es una herramienta, no una sentencia. Lo que trae es una estructura específica, un lenguaje compartido globalmente y una forma de evaluar que potencia —más que reemplaza— lo que ya existe.

En los colegios públicos de Bogotá, el BI tomó una forma muy nuestra. No se trató de copiar un modelo extranjero, sino de hacerlo dialogar con la realidad de cada colegio, a través del Proyecto Educativo Institucional (PEI), teniendo en cuenta el contexto local. Por ejemplo, si queremos enseñar ciencias o química, no basta con memorizar fórmulas, sino que se indaga por la forma como afectan la vida cotidiana. Desde esas experiencias, las y los estudiantes entienden mejor la naturaleza del humedal o de la quebrada cercana, y comprenden la importancia de la calidad del aire del barrio. La curiosidad y el saber preguntarnos se vuelven una forma de comprender —y cuidar— lo público.

Al comienzo de la implementación del programa, se mezclaban la expectativa y, en algunos casos, el escepticismo. Los docentes sabían que enseñar en el BI exigía otra manera de planear las clases, evaluar y acompañar. No se trataba de abandonar lo que sabían, sino de ampliar su caja de herramientas pedagógicas. Fue emocionante ver cómo esos procesos se llenaban de conversaciones, talleres y encuentros pedagógicos, donde las preguntas valían tanto como las respuestas.

El aprendizaje docente impulsado por la organización del BI, junto con la formación situada entre los maestros con experiencia y los nuevos que se sumaron al proceso, fue el soporte del programa. Contribuyó el liderazgo de los diez rectores y rectoras, así como de los coordinadores del BI en cada colegio. Un grupo comprometido de maestros y maestras se capacitó intensamente y lo hicieron con el entusiasmo de quienes saben que el conocimiento se construye colectivamente. Uno de los mayores aprendizajes del BI en Bogotá es que la innovación no nace solo de una metodología, sino de una comunidad que se atreve a transformar su práctica.

A finales de este año tendremos los primeros estudiantes de la educación pública de Bogotá certificados en Bachillerato Internacional. Es algo histórico. El trabajo de los diez colegios, el convencimiento de sus rectores y rectoras, la pasión y rigurosidad de sus maestras y maestros, el acompañamiento de múltiples equipos entre los que están los colegios privados que ‘apadrinaron’ el proceso y, sobre todo, el esfuerzo de los estudiantes y sus familias se reflejará en un gran logro compartido. En las aulas, los jóvenes formulan preguntas más abiertas. En los pasillos, los profesores comparten proyectos interdisciplinarios; y en los hogares, las familias comienzan a hablar de una escuela donde se enseña a pensar con propósito y esperanza. Seguramente, todos reconocerán que es, al fin, el fruto de un esfuerzo conjunto.

Durante décadas, este tipo de programa estaba reservado en Colombia para los colegios privados de élite. Que hoy diez colegios públicos de Bogotá —en distintas localidades de la ciudad— hagan parte de la red mundial del BI rompe un paradigma, y demuestra que el talento está en todas partes. Significa que la escuela pública puede ser un espacio donde la exigencia y la sensibilidad se encuentran, donde aprender no se limita a sobrevivir, sino a imaginar y transformar realidades. 

Quizás lo más valioso del BI en colegios públicos no esté en los cambios de los indicadores o las pruebas estandarizadas, sino en aquello que no se mide. Allí donde el profesor descubre que puede enseñar de otra manera; también al interior de una familia que siente que la escuela habla un idioma lleno de oportunidades. En este proceso, el estudiante rompe sus límites y empieza a imaginarse cursando un programa de posmedia o universitario que realmente lo haga sentirse como un ciudadano del mundo.

Emprender este proceso demostrativo tiene todo el sentido. Cada transformación empieza con una apuesta. En 2022, Bogotá decidió creer que la educación pública podía dialogar ‘de tú a tú’ con los mejores programas del mundo. En 2025, esa apuesta sigue viva, creciendo en cada aula donde un maestro se atreve a ampliar su enseñanza, un estudiante comienza a preguntar más allá del libro, y una familia se muestra dispuesta a todo.

El BI no llegó a reemplazar lo que somos, sino a recordarnos que la inteligencia, la creatividad y la empatía están en todas partes. La escuela pública bogotana está escribiendo su propia versión del BI con esperanza, con acento local, con historias de barrio y con sueños colectivos. Y aunque el camino apenas comienza, pensar distinto desde la escuela pública no es una utopía. Es una posibilidad que ya está germinando porque cada vez que un estudiante levanta la mano para preguntar “¿por qué, cómo y para qué?” el BI cumple su mayor propósito, que es recordarnos que la escuela pública también puede cambiar el mundo. Y que cuando la esperanza enseña, la educación se vuelve futuro. 

Felicitaciones y que vengan muchos más estudiantes de colegios públicos que, al graduarse, obtengan su certificado de BI, para que, como dijo Mariana Suárez, estudiante de grado 11: “El Bachillerato Internacional nos recordó que pensar también es un acto de esperanza, y que desde la escuela pública también se puede cambiar el destino”. Hay futuro.

**Nota final.** Esta columna es también un homenaje y conlleva gratitud para los rectores y rectoras y las comunidades educativas de los 10 colegios que creyeron en el Bachillerato Internacional en Bogotá: San José Norte, Instituto Técnico Distrital Julio Flórez, La Felicidad, Morisco, Luis Carlos Galán Sarmiento, Técnico Menorah, Instituto Técnico Industrial Francisco José de Caldas, Grancolombiano, Escuela Normal Superior Distrital María Montessori y el Liceo Femenino de Cundinamarca. Con su trabajo nos demuestran que soñar, vale la pena. 

**Posdata.** La gobernanza de las universidades públicas atraviesa una crisis cada vez más preocupante. El viernes 10 de octubre, hacia el mediodía, en la sede Bogotá de la Universidad Nacional, se dio orden de desalojo por parte del rector Leopoldo Múnera. En sus palabras, se trataba de “una amenaza específica contra la seguridad del campus”. La comunidad atendió la orden de inmediato. Un par de horas después, el ministro de Educación, Daniel Rojas, acompañó una marcha e ingresó a la Universidad, violando la orden. Él y otros políticos realizaron un evento dentro del campus. Este hecho constituye una nueva y clara violación de la autonomía universitaria por parte del Gobierno nacional. 

Y para completar, el lunes en la mañana un grupo, que se identificó como el Congreso de los Pueblos, ingresó sin autorización al campus y “se dirigió a la Concha Acústica, dónde se instaló, anunciando que en el transcurso de la jornada se sumarían para pernoctar en el campus unas 2.000 personas, provenientes de diversas regiones del país, para participar en una movilización nacional”. Su vocera dijo el martes que “efectivamente, no le consultamos a la institucionalidad porque es la universidad de los pueblos, y para entrar a tu casa no pides permiso”. Y la administración, responsable de proteger el carácter académico del campus, pareciera impávida ante esta preocupante situación. 

Lo han descrito Applebaum, Müller y Snyder. Los regímenes populistas del siglo XXI no llegan con tanques, sino con decretos —o con actos como estos—. No derriban tribunales, medios o universidades, sino que los ocupan, los silencian o los domestican. Y cuando el poder captura a quienes juzgan, informan o piensan, la democracia ya está en riesgo. Cuidemos y rodeemos nuestras instituciones —en especial nuestras universidades públicas—, porque en ellas también se juega la democracia.

Finalización del artículo

Artículo de libre acceso