TV or not TV
Once años atrás, Diana Ángel, Julio Correal y más de cien actrices y actores, como Santiago Alarcón, Ernesto Benjumea o Marcela Mar, crearon la Asociación Colombiana de Actores, ACA. La idea de organizarse pasaba por tomar una verdadera conciencia de la situación laboral de los profesionales de un mundo que parece siempre rodeado de un aura de excepcionalidad, pero que, en sus horas bajas, y cuando las luces se apagan, se parecen a una canción triste como aquella en la que Héctor Lavoe se lamenta de ser el cantante al que todos aplauden, pero del que nadie se acuerda cuando se marcha a casa.
La producción de televisión y cine ha cambiado en el país en la última década de manera dramática: poco a poco, los dos canales colombianos, privatizados a finales de los años noventa, se convierten en productoras de las grandes plataformas del capital transnacional: en una rara vuelta al origen, una vez más harán las veces de programadoras que entran en las parrillas infinitas de la oferta del streaming, donde los clics modernos se imponen. El oficio entonces para los actores y actrices también ha cambiado, pues dependen de las oportunidades que estos dos canales-productores pueden darles, o dedicarse a eso que La Lupe gritaba: “lo tuyo es puro teatro”.
Quienes participaron en ese primer momento, que consistió en una serie de conversaciones con el Ministerio del Trabajo, en el segundo gobierno de Juan Manuel Santos, en 2015, percibieron de inmediato una actitud hostil de los ejecutivos de la televisión que no entendían a cuento de qué ahora a los actores y actrices les había dado por reclamar justicia social, horarios justos de trabajo y claridad en la contratación. “Esto no se puede hacer así, en este país no se puede hacer TV de esta forma”, dijeron. “¿Cómo así?”, preguntaron algunas y algunos: “¿Teniendo derecho a descansar el 1 de mayo o un 25 de diciembre?”.
En ese momento se hizo una audiencia pública que se realizó en el Congreso y se transmitió por el canal de dicha corporación. Unos días después, en alguna de las programadoras de esa época, algunas de las cuales ya no existen, una abogada les dirigió una mirada a quienes habían osado promover la discusión, y, luego de bajarse la montura de las gafas, les dijo: “¿Y ustedes? P’al monte, ¿no?”.
Una vez más pendía sobre quienes pensaron que podían alentar una conversación pendiente sobre la salud, el trabajo y la dignidad de quienes nos han entregado la felicidad del melodrama, el suspenso, el humor o cualquiera de los géneros que vemos en Colombia desde hace setenta y dos años, el estigma de ser comunistas. Baste recordar y recomendar la excepcional novela ¿Qué pasó con Seki Sano?, del dramaturgo y escritor Sandro Romero Rey, para comprender que el macartismo ha sido parte de nuestra disputa cultural en eso que fue la televisora nacional hasta su claudicación neoliberal.
Aparecían actores y actrices a intentar poner límites y protocolos a aquello que no lo tenían: jornadas de ocho horas –y ocho de descanso y ocho de sueño–; pliegos de peticiones que incluían planes de grabación con descanso; presiones para activar un cambio de reglas, en las cuales los trabajadores tuvieran derechos, como cualquier otro grupo.
En ese entonces, Luis Eduardo Garzón, exalcalde de Bogotá, sindicalista de la USO, era el ministro de Trabajo; y Luis Ernesto Gómez, exsecretario de Gobierno de Claudia López, el viceministro. Ante la pretensión de una programadora de desconocer las conversaciones que se habían adelantado, en una Semana Santa, se motivó entonces una visita de inspección, por parte del ministerio, ante lo cual, por fin, los abogados y ejecutivos reaccionaron viendo que el asunto venía en serio. Se frenaron las grabaciones de una telenovela que se pretendía rodar en los días feriados de esa Semana Santa, y el sindicato pensó que había ganado su primera batalla.
A veces hay que aprender que el poder siempre tiene vías misteriosas para acallar los triunfos sociales. Por eso, ante el anuncio del sindicato de que habían decidido no trabajar nunca más los días feriados, comenzaron las burlas por parte de periodistas, que a su vez tenían y tienen negocios con la televisión, pues desde siempre el negocio familiar de las concesiones de programadoras, y después de canales, ha tenido que ver con la influencia y la política de quienes se han sentido dueños por derecho de la industria del entretenimiento. “Ah, muy bien –se le oyó decir a un locutor de las mañanas–, nos parece perfecto que no quieran volver a trabajar”.
En este 2025, la Asociación Colombiana de Actores cumple diez años. Una época en la que comenzaron las conversaciones de un espacio que se ha ido abriendo y ha tenido que padecer, persistir y entender que nada es fácil ante la organización social y las tensiones frente a los empresarios: negociaron, por ejemplo, el descanso de un festivo; se convirtió en un lugar seguro para depositar las contradicciones y disputas entre trabajadores y productores; hubo conquistas en los contratos de trabajo, pero algunos comprobaron que aquello que había comenzado con tanta ilusión les significara, como le ocurrió a Diana Ángel o a Julio Correal, y a un puñado de otras y otros, la delicada manera de soslayar su presencia en producciones por tratarse de personas no gratas, revoltosas, o sindicalizadas: “Calladita se ve más bonita”, le escribió una ejecutiva a Diana Ángel cuando se pronunció políticamente.
En 2023, el Gobierno de Gustavo Petro reconoció como sujeto de derechos al sindicalismo colombiano. Sé, porque lo he oído sobre mi propia familia, lo que cuesta sindicalizarse y organizarse en Colombia. Entiendo también que el sindicalismo sufrió y se ‘derechizó’ a causa del neoliberalismo, pero hoy más que nunca, dichas organizaciones serán claves para descifrar cuál puede ser el lugar de los sujetos frente a un mundo que se antoja hostil y ‘precarizante’ con todas las vidas humanas y sus trabajos.
Los actores y las actrices colombianas agremiados en ACA son un ejemplo de que el sector artístico, artesanal y cultural tiene motivos para seguir adelante. Diez años no son poco: TV or not TV, esa es la cuestión. Felicitaciones.