Vivir con intensidad hasta el último instante
Todo comenzó con una convulsión. Fue un instante breve, inesperado, como si la vida hubiera decidido recordarle su fragilidad. Lo llevaron de inmediato a la clínica, le hicieron los exámenes de rigor, y el resultado fue fulminante: un tumor en el cerebro. Los médicos actuaron con rapidez; había que operarlo sin demora. Cuando llegó la biopsia, confirmó el peor de los diagnósticos posibles. Pero Andrés nunca quiso saberlo.
No quiso preguntar si era benigno o maligno, ni cuánto tiempo le quedaba. Sabía que era grave, y eso le bastaba. “Quiero vivir —decía—, no saber”. Su esposa, médica, comprendió y respetó su decisión con un amor sereno, sin insistir, sabiendo que para él la ignorancia no era negación, sino una forma de libertad.
Ella entendió con el corazón lo que él pedía con el alma. Desde entonces, Andrés decidió que su tiempo, por incierto que fuera, sería suyo. Que viviría con intensidad el presente. Y así lo vivió: día por día, sin lamentarse del pasado ni esperar el futuro.
El año anterior habían terminado, junto con su esposa Ana María, un MBA que habían soñado hacer juntos. Celebraron su grado con una gran fiesta, rodeados de familiares y amigos, felices, llenos de planes. La ironía de la vida quiso que, poco después de esa celebración, apareciera la convulsión que cambiaría todo. Pero ni siquiera entonces perdió su esencia: Andrés siguió siendo el mismo hombre generoso, curioso y vital, siempre encontrando motivos para reír, aprender y agradecer.
**“**Ella entendió con el corazón lo que él pedía con el alma”.
A su lado Ana María, su esposa, generosa, fuerte y valiente, lo acompañó con amor y entereza, sosteniéndolo incluso cuando ella misma necesitaba ser sostenida. Fue su compañera en la alegría y en la fragilidad, su refugio y su fuerza silenciosa frente a lo inevitable.
Andres trabajaba, desde Colombia, para un banco con operaciones en Estados Unidos. Desde el primer momento en que conocieron su enfermedad, sus empleadores se comportaron con una altura y una generosidad que merecen ser destacadas. Supieron que ya no podría continuar trabajando, pero lo acompañaron con respeto, sin presiones, con humanidad. En un mundo donde la eficiencia suele imponerse sobre la compasión, el gesto de esa organización es una lección de empatía.
Pero si algo lo sostuvo con verdadera fuerza fue su red de familia y amigos. Es imposible no querer a Andrés y a Ana María. Alegres, conversadores, deportistas, fiesteros, siempre con una sonrisa y una palabra amable, se ganaban el cariño de todos los que los rodeaban. No había una sola persona que habiéndolos conocido no les guarde gran afecto. En los meses más duros, esa red se convirtió en una muralla de amor. Los acompañaban, escuchaban, hacían reír y ayudaban en lo que hiciera falta. Siempre estaban ahí, para ellos. Era una comunidad de afectos que se negaba a permitir que la dificultad y el dolor lo cubriera todo.
Y así, con el paso del tiempo, Andrés fue encontrando una serenidad que asombraba. Nos enseñó que el tiempo no se mide en años, sino en intensidad: en los abrazos sinceros, en las risas compartidas, en los silencios sin miedo.
**“**Pero su miedo no era morir: su miedo era seguir viviendo sin ser él mismo, perder su autonomía, su lucidez, su dignidad”.
Cuando el tumor regresó y la ciencia se quedó sin soluciones, Andrés comprendió que ya no había más camino médico posible. Pero su miedo no era morir: su miedo era seguir viviendo sin ser él mismo, perder su autonomía, su lucidez, su dignidad. No quería que su familia lo recordara vencido, sino como el hombre que había sido: lúcido, afectuoso, agradecido, dueño de su palabra y de sus actos.
Con la serenidad de quien entiende lo esencial, tuvo conversaciones profundas con cada persona que amaba. Preparó su funeral con calma, hizo listas, dejó sus cosas en orden. Se despidió con humor, con ternura, con esa mezcla de gratitud y coraje que solo las almas grandes poseen, hasta enfrentar lo inevitable.
Andrés, a los 47 años y en la plenitud de su vida, se fue el martes pasado, 21 de octubre, en brazos de su amada esposa Ana María. Lo hizo serenamente, con la lucidez y la paz que siempre lo acompañaron. Partió como había vivido: consciente, agradecido y sin miedo.
Dejó a tres hijos maravillosos —Paulina, Elisa y Joaquín—, que fueron su mayor orgullo y su razón de ser. Con ellos y con su esposa quedará para siempre una conexión de luz que trasciende la ausencia.
A Ana María y a sus hijos va todo mi cariño, y la promesa de sus amigos: la de estar siempre ahí, como una red de abrazos, apoyo y amor. No para reemplazar a Andrés —porque nadie podría hacerlo—, sino para seguir recordándolo, acompañándolos y honrando su legado. Para mantener viva su memoria, su bondad y la fuerza de su ejemplo.
**“**Que hay despedidas que solo se enfrentan en plural, cuando muchos corazones laten al unísono para sostener a quien se va”.
Su despedida es, en el fondo, una lección de amor. Nos enseñó que partir con serenidad no es rendirse, sino elegir la forma de permanecer. Que la vida no se mide por su duración, sino por su profundidad. Que hay despedidas que solo se enfrentan en plural, cuando muchos corazones laten al unísono para sostener a quien se va.
A veces, la vida se honra simplemente viviéndola hasta el final con gratitud, y aceptándola completa, con sus comienzos y sus finales. Andrés lo entendió antes que muchos: no se trataba de morir pronto, sino de vivir plenamente hasta el último instante.
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