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Lunes 4 de mayo de 2026
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Jaime Honorio González

Y yo a ti

Los sábados y domingos casi siempre me despierto por cuenta de un pequeño dedo en mi ojo derecho. Otras madrugadas siento una constante presión a lo largo de mi espalda y aún medio dormido y sin entender por qué, resulto estar al borde del precipicio. Tengo esa dicha.

Una dicha similar tenía el subintendente de la Policía Franque Esley Hoyos, un bogotano de 36 años que lleva 17 vestido de verde oliva. Bueno, ahora es de azul. Y digo “tenía” porque el pasado 20 de julio, varios guerrilleros del ELN interceptaron la camioneta en la que iba de Tame a Arauca y lo secuestraron junto con su compañero de viaje, el patrullero Fabián Rojas.

En la casa de Franque lo extrañan cada vez más y hay por ahí una personita que lo pregunta a diario y que no entiende por qué su papá no le hace una videollamada para darle las buenas noches antes de dormirse, como lo acostumbraba cuando debía viajar fuera de la ciudad por cuenta de su trabajo. Yo —honestamente— no sabría cómo explicarle.

Alejandra tampoco ha sabido cómo. Trata de sobrellevar su angustia mientras trabaja como asistente de cirugía plástica en un hospital de la ciudad, poniendo siempre su mejor cara como si fuera una máscara (qué ironía), aunque por dentro esté deshecha. Al fin y al cabo, a quién —excepto a la familia— le importa realmente que su marido lleve secuestrado 76 días con sus noches, dizque porque es un espía que estaba haciendo inteligencia en la zona (como lo dijo el otro día el jefe del viejo grupo terrorista, con la cara tapada, con el fusil en la mano, con sus compinches atrás) cuando, en realidad, simplemente iba de viaje a recibir su nuevo puesto, allá en la lejana Arauca.

A quién en este anestesiado país le va a importar un secuestro de un par de meses si aquí los hemos tenido que duran años, casi décadas, encadenados, enjaulados, ultrajados, humillados, vilipendiados, enfermos hasta morir, muertos en vida, muertos en cautiverio. No, aquí un secuestro de un par de meses, de dos policías rasos, eso a nadie le importa. Bueno, a Alejandra sí.

A quién le va a importar su angustia existencial que la carcome a toda hora, de día y de noche, despierta y dormida, en la casa o en el bus; a quién le importa el deterioro de su suegra que todos los días sufre como una condenada porque su hijo no está; a quién le importa la salud mental de su nené que sigue creciendo sin una explicación lógica sobre la ausencia de su papá.

A nadie, en este país de secuestrados y secuestradores, a nadie. Aquí eso es pan de cada día, un titular más en algún portal de noticias, una “retención” más de esos delincuentes de siempre que tapan sus rostros con un trapo rojo y negro, una triste cifra que retrata de cuerpo entero la violencia que ya no nos importa porque ya nos superó por completo y no hay forma de acabarla.

Ya van dos pruebas de supervivencia, dos videos en los cuales el policía dice que lo han tratado bien y en los que le pide al presidente que busque su liberación y al ministro de Defensa que no lo intente rescatar porque su vida correría peligro.

Ya van un plantón y cinco velatones, incluida la de anoche en la Plaza de Bolívar, el único modo que han encontrado para gritarle al mundo lo que les está pasando, para recordarle al país que ellos siguen secuestrados, para evitar acostumbrarse a la ausencia, para que no les vaya a ganar el olvido.

Anoche volvieron a pedir la libertad de Franque y Fabián, y también de Rodrigo López y Jesús Pacheco, dos funcionarios del CTI que llevan casi cinco meses en manos de los mismos secuestradores, que insisten en intercambiarlos a todos por guerrilleros presos.

Al final del día, Alejandra vuelve a la soledad de su cama, a extrañar a su amor de barrio, a refugiarse en los recuerdos de adolescencia, a evocar la risa de su marido y a parecer fuerte a la hora de dormir a su niño.

Todas las noches, el pequeñín va a su cama y a media lengua le dice algunas palabras bonitas a su diosito, se acuesta juicioso y pone a su lado el celular de la mamá. Y cada noche, desde que su héroe no está, simula hablar con el teléfono y por unos minutos se inventa una conversación con su papá, con preguntas que él mismo responde, con caricias imaginarias, con breves carcajadas, con melancólicos silencios, con corazones rotos. Luego le dice al teléfono, “Papi, te amo”. Y se queda dormido.

Por allá en el Arauca, mirando una estrella, su papá le dirá “y yo a ti”, mientras trata de dormirse a la intemperie, seguro de que no hay encierro ni cadena que pueda interponerse en el amor de esos dos. Ojalá, muy pronto, esas conversaciones imaginarias se hagan realidad.

Jaime Honorio González, @JaimeHonorio.

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