Al borde de la misma noche
Vivimos días de mucha altisonancia, insultos y gritería y, al parecer, eso no pasará pronto. Pareciera, de igual forma, que la mirada, esa ventana del asombro, estuviera anestesiada ante tantas imágenes llenas de crueldad que pasan cada instante frente a nuestros ojos. Ver la guerra en tiempo real nos ha llevado a una inmunidad de rebaño, de esa que hablaban tanto durante la pandemia, la cual ya la hicimos parte de nuestra cotidianidad. A veces es necesario bajar la voz para escuchar las voces más esenciales y regresar a aquellas preguntas que nos abren caminos insospechados para trazar nuestro destino.
Me gusta pensar siempre en los secretos de la astronomía cuando miro hacia el cielo e imaginar que allí también están muchas de las respuestas que necesito cuando escribo un poema. Siento el mismo vértigo frente a todo aquello que no se explica todavía y que uno trata de descifrar desde el antiguo oficio de preguntar. Lo sagrado y lo material, al igual que las emociones y la reflexión, sostienen correspondencias en el amplio territorio de la pregunta. Por eso temo cuando veo que muchos jóvenes de hoy ya no quieren preguntar o imaginar que viven un instante de primeras veces donde todavía quedan innumerables asuntos por descubrir.
Quizá por eso Saint-John Perse pudo preguntarse, frente a la energía nuclear, si bastaría “la lámpara de arcilla del poeta” para responderse que sí y recordarnos que el hombre siempre recordará la arcilla primigenia que nos dio muchas de las primeras respuestas y que en la arcilla está gran parte de la memoria de lo que somos cuando la luz se apaga. El científico, Carl Sagan, afirma que la Tierra es “un pálido punto azul atravesado por un rayo de sol”. El poeta, Salvatore Quasimodo, reafirma: “El hombre está solo sobre la faz de la Tierra / atravesado por un rayo de sol: / y enseguida anochece”. No es que la ciencia se vuelva metáfora ni que el poema se vuelva dato; es que ambos se reconocen al borde de la misma noche.
Las preguntas cambian, pero no desaparecen. La ciencia avanza, las pestes se quedan y los dioses siguen intactos esperándonos. Nosotros acá abajo, a la intemperie, seguimos inventando héroes y heroínas y construyendo relatos que den cuenta de nuestro paso por el mundo y que nombren con dignidad nuestra aventura por la Tierra. La ciencia necesita del relato y de la poesía que responden más allá de sus límites posibles. El arte necesita de las proporciones y armonías de la ciencia. De ese diálogo nacemos y nos respondemos.
Vuelvo a mirar al cielo y recuerdo mis primeros libros de astronomía. Me gustaba escaparme de las clases para ir a la biblioteca del colegio a leer y observar esas fotos del universo. Recuerdo la alegría de los sábados cuando veía por la cadena tres de la televisión nacional el programa Cosmos, de Carl Sagan. En aquel momento de mi niñez y hoy en día sigo encontrando en ese cielo muchas respuestas inconclusas, pero tengo más preguntas y claves que trato de descifrar en la poesía. Me gusta pensar en malentendidos o los misterios de la magia. Por eso, su territorio es el de las preguntas humanas, aquellas que ningún algoritmo puede resolver: ¿qué hacemos con el dolor y el miedo? ¿Por qué sentimos amor y nos enamoramos?
Por eso hoy necesitamos la cercanía entre ciencia y poesía, ambas al borde de la misma noche. No para fundirlas en una cosa, sino para que cada una haga su tarea con la conciencia de la otra y es que la ciencia recuerde la arcilla y que la poesía no olvide la luz. Tal vez entonces podamos sostener el mundo con manos menos torpes y reconstruir lo que se quiebra y reparar lo que se degrada. Y cuando vuelva la noche a encender la lámpara de arcilla regresaremos a mirar el pálido punto azul para admitir, sin vergüenza, que seguimos sin saberlo todo. Ahí, justo ahí, nacerán de nuevo las preguntas que nos salvan, las más humanas y verdaderas.
Tal vez esa sea, al final, nuestra única responsabilidad: no permitir que se extinga el asombro ni se marchiten las preguntas. Mientras haya alguien que levante la vista para mirar una estrella así sea para pedir un deseo o alguien que se siente a escribir un canción para entender su propio miedo, el mundo no estará del todo perdido. Porque en esa mínima insistencia, en ese antiguo oficio de preguntar, está la justificación de seguir siendo dignos habitantes de este pequeño punto azul atravesado por un rayo de sol antes de que se apague la última luz.