Cuando el IPC y la lentitud golpean más que el incendio
El fin de semana prometía calma, pero a veces los incendios —literalmente— tienen otros planes. A finales de junio de este año (2025), un amigo me llamó un domingo en la mañana con esa voz que anuncia malas noticias. Su planta de producción, esa misma que había sido el corazón de su empresa durante años, había sufrido un daño electromecánico en pleno pico de operación. Un chispazo, unas piezas recalentadas y, de repente, un componente crítico de una maquinaria alemana de 7,800 millones de pesos comenzó a incendiarse. No hubo heridos, pero sí daños materiales que paralizaron la operación.
Se trata de una máquina especializada, robusta y que se hace a la medida. Y como buen empresario disciplinado, mi amigo la aseguraba cada año con rigor: junto con su corredor de seguros revisaban el mercado, ajustaban el valor asegurado y pagaban la prima correspondiente. Una rutina sólida. Nada hacía pensar que el verdadero incendio vendría después, en una oficina con aire acondicionado, durante casi cinco meses de trámites y requerimientos interminables.
Al declarar el siniestro, la aseguradora concluyó que la máquina no valía los 7,800 millones asegurados, sino 10,500 millones, producto de aplicar el IPC desde su compra. Un cálculo impecable para una canasta familiar; no para bienes de capital importados, cuyo precio depende de la competencia tecnológica global y la oferta creciente de fabricantes. Mi amigo presentó cotizaciones recientes: 8,900 millones, 7,400 millones y 6,800 millones. Todas inferiores al valor inflado por la indexación. Nada de eso importó. “Para nosotros, el valor ajustado es 10,500 millones”, fue la respuesta.
“Con esa premisa, la aseguradora decretó que la máquina estaba infrasegurada”.
Con esa premisa, la aseguradora decretó que la máquina estaba infrasegurada. El mundo al revés: un activo asegurado por un valor razonable terminó siendo declarado insuficiente porque una fórmula decidió que debía valer más. Según el cálculo, mi amigo estaba cubierto en solo el 74 por ciento del valor “correcto”. Y bajo la regla de proporcionalidad —bien conocida en los seguros— una proporción similar se aplicó al siniestro. Aunque el daño rondaba los 4,160 millones, la aseguradora solo reconoció cerca del 71 por ciento, luego de sumas y restas: unos 2,940 millones de pesos. El resto deberá financiarlo él, pese a haber mantenido durante años una póliza que creía completa.
Pero lo más desgastante no fue solo el dictamen, sino el tiempo. Un tiempo que, en casos de urgencia, hace la diferencia entre sobrevivir o sucumbir. La decisión de la aseguradora llegó apenas a comienzos de noviembre: casi cinco meses de requerimientos y solicitudes, algunos tan puntillosos que daban la impresión de buscar cómo evadir la obligación de indemnizar. Lo digo con respeto: las aseguradoras en Colombia suelen ser serias, pero aquí la compañía se excedió.
Mientras tanto, la empresa de mi amigo tuvo que frenar decisiones críticas y enfrentar al mercado con capacidad reducida. El componente incendiado no se compra en una estantería: se fabrica por encargo y toma tiempo. En medio de ese desierto operativo ocurrió algo extraordinario: sus competidores le alquilaron, sin demora, sus plantas de producción para seguir operando. No fue competencia, sino coopetencia: nobleza empresarial en su mejor expresión y prueba de que el mercado también puede ser un espacio de solidaridad.
“El resto deberá financiarlo él, pese a haber mantenido durante años una póliza que creía completa”.
Este caso revela que hay dos mundos que rara vez conversan: el de los índices económicos generales y el de los mercados reales de bienes de capital. Mientras el IPC sube por alimentos, transporte o vivienda, muchas máquinas industriales pueden incluso bajar de precio. La tecnología se abarata, los procesos se optimizan y la oferta global se multiplica. Lo que hoy cuesta 8,000 millones mañana puede costar 6,000 millones.
Aun así, algunas aseguradoras actualizan pólizas con la misma lógica con la que se ajusta un arriendo o una matrícula universitaria. El problema surge cuando esa mecánica choca con la economía real. Allí, el valor asegurado deja de reflejar el mercado y se convierte en una cifra artificial. Y cuando llega el siniestro, la matemática actúa sin alma: “si vale tanto y usted aseguró por menos, hay infraseguro”.
El efecto puede ser devastador para empresas con activos especializados: quedan expuestas y vulnerables, enfrentando vacíos financieros que jamás anticiparon.
La historia de mi amigo deja una lección clara: asegurar un bien no es un trámite, sino un ejercicio crítico que exige comprender el mercado real del activo y anticiparse al criterio de la aseguradora en caso de siniestro. A estas alturas no sé qué resulta más llamativo: que se haya impuesto un infraseguro basado en una lógica numérica impecable pero cuestionable desde la realidad del mercado, o que la aseguradora haya invertido casi cinco meses en llegar a una conclusión que, con eficiencia mínima, no debió tardar más de sesenta días.
“El efecto puede ser devastador… quedan expuestas y vulnerables, enfrentando vacíos financieros que jamás anticiparon”.
En un entorno donde una semana sin producción puede significar meses de recuperación, la revisión del valor asegurado debe ser tan rigurosa como cualquier decisión estratégica. Corredores y aseguradores deben acompañar con criterio técnico y rapidez, no con automatismos ni demoras. Y los empresarios deben exigir que sus pólizas reflejen el valor real de sus activos, no el dictamen ciego de un índice que jamás estuvo pensado para maquinaria industrial especializada.
Ni las aseguradoras ni los corredores pueden operar con fórmulas automáticas ni con tiempos que desconocen la urgencia del cliente. Cada activo tiene su propia lógica económica. Lo anterior no solo destruye confianza: puede destruir empresas.
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