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Lunes 4 de mayo de 2026
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Jaime Honorio González

Desatados

A mí me produce una enorme tranquilidad saber que la percepción de inseguridad en Bogotá, la ciudad donde he vivido toda mi vida, está disminuyendo —desde hace tres años— de forma continua y sostenida, según una encuesta anual que hace la poderosa Cámara de Comercio de la ciudad.

Lástima que eso no sirva para nada. Mientras la sensación de inseguridad disminuye, la inseguridad va en aumento. Es decir, se podría concluir que —según las cifras— nos sentimos más seguros mientras nos asaltan más seguido. ¡Qué tranquilidad!

Lo digo por la avalancha informativa sobre robos en la capital, por los relatos de asaltos de carros en las calles, por los atracos en las estaciones de gasolina, por los permanentes cosquilleos en los buses, por los llamados ataques piraña, por los videos —tan virales como violentos— de justicia por propia mano contra malhechores, raponeros y asaltantes de mínima cuantía, con comentarios aún más violentos que las propias imágenes, donde los tuiteros cuentan —felices— cómo le aplicaron al hampón que logran atrapar in fraganti lo que denominan una “recalibración cognitiva”. Es un eufemismo bastante cruel para referirse a las brutales golpizas que reciben los delincuentes.

Además del morbo y el sadismo que generalmente acompaña a ese tipo de imágenes, a muchos ver esos videos también les produce una falsa sensación de victoria contra la impunidad, tal vez el mayor problema de la Justicia en este país. Pero, me parece que es todo lo contrario, que lo único que muestra es que esa batalla está perdida.

El informe oficial de seguridad de octubre pasado, emitido por la Alcaldía, habla de un poco más de 113 mil robos a ciudadanos, denunciados en los diez primeros meses del año. Eso es un promedio de 377 diarios. No es un dato menor. Sí, ya sé que acá viven diez millones de personas, que estamos en obra por todo lado, que el tráfico es de los peores del mundo, que Bogotá siempre ha sido muy peligrosa, sí, todo lo que Ustedes quieran, pero 377 robos diarios —incluidos sábados, domingos y festivos— es realmente preocupante, entre otras cosas porque esos son los hurtos denunciados, y todos sabemos que muchas veces no se denuncia porque la rabia o la impotencia o la tramitología (o las tres al tiempo) lo hacen prácticamente imposible. Es decir, son muchos más los robos diarios.

Sí, Bogotá es peligrosa, como la mayoría de grandes urbes de este planeta, eso ya lo sabemos. Por ejemplo, en esta ciudad, todos los días de este año —en promedio— se han robado 13 motos y 11 carros.

Están desatados.

Hace unos días, el alcalde Galán reportó la captura de siete peligrosos delincuentes pertenecientes a ”la banda del carro rojo”, una de las muchas dedicadas al hurto de automotores, y la recuperación de tres carros. El problema es que se roban once y se recuperan tres. Y es muy posible que —rápidamente— varios de esos hampones queden en libertad y vuelvan a sus andanzas.

Esta semana le robaron su camioneta a un señor mientras la tanqueaba de madrugada en una bomba en la autopista norte de Bogotá. En 20 segundos, unos tipos llegaron en otro carro, lo encañonaron, lo bajaron y se fueron sin ningún problema. Algún internauta solidario comentó la publicación: “¿A quién se le ocurre echar gasolina a la una de la mañana?”.

Esta semana también asaltaron a los pasajeros de un bus de Transmilenio en la troncal de la calle 80 durante cinco eternos minutos. Los hampones, muy cívicos, esperaron la llegada del bus al siguiente paradero y se bajaron con total tranquilidad.

Ya ni sorprenden las diarias historias de asaltos y robos. Son tantas que se volvieron paisaje. Como dije, están desatados.

Pero, bueno, de eso se trata gobernar. De encontrar solución a los problemas. Así que algo extra tienen que hacer las autoridades para revertir esas cifras. Yo no sé la fórmula, para eso hay expertos, hay ejemplos de otras ciudades, hay tecnología, hay plata, esta ciudad tiene plata.

Se nota en la Bogotá casi idílica que presentan en la cuenta oficial de la Alcaldía, donde sólo suceden cosas buenas en todo. En alimentación, en espacio público, en movilidad (sí, en movilidad), en emprendimiento, en educación, en salud, en tecnología, en preparación de la Navidad, en fin, en todo. Incluso, en seguridad. Bueno, para eso son las cuentas oficiales, lo entiendo.

Lo cierto es que, más allá de la propaganda oficial, esta Bogotá a rolos y forasteros por igual los acoge en una esquina y en la siguiente los escupe. Esta Bogotá da miedo y enamora. Esta Bogotá, incluso a merced del hampa, sigue valiendo la pena.

Ojalá, el alcalde y los demás responsables de la seguridad se olviden de la percepción de seguridad y se concentren en encontrar fórmulas que —muy pronto— nos permitan empezar a ganar esta pelea. Porque, por ahora, la vamos perdiendo.

Jaime Honorio González

@JaimeHonorio.

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