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Lunes 4 de mayo de 2026
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David Colmenares

El amor como política de lo posible

En las últimas columnas he escrito sobre un mismo recorrido: primero, aprender a amarme para no romperme; después, amar a los otros y a lo que hago para no consumirlos ni consumirme.

Este es el tercer acto de ese camino: el amor a mi país.

Porque si no me amo, no puedo amar a otro.
Y si no amo al otro, tampoco puedo amar a mi país.
El amor no salta directo a la bandera: se aprende en el cuerpo y en los vínculos.
Cuando no habita lo que hacemos, lo que hacemos termina por vaciarnos.
Algo parecido le está pasando a Colombia:
se va rompiendo lentamente,
vaciándose poco a poco,
hasta que lo común empieza a parecernos ajeno
y el futuro, asunto de otros.

Nos acostumbramos a hablar del país como si no fuera nuestro,
como si existiera allá afuera, en una cotidianidad lejana.
Hablamos de “el Estado”, “el Gobierno”, “la gente”, “ellos”.
Y sin darnos cuenta dejamos de decir “nosotros”.
El país se nos volvió pronombre en tercera persona.

Según Latinobarómetro, solo el 7 por ciento de los colombianos confía en los demás,
uno de los niveles más bajos de la región.
Esa desconfianza no se ve: se respira.
Está en el que no deja pasar al otro en el tráfico,
en el que da por hecho que lo van a engañar cuando pide ayuda,
en el que cree que pensar distinto es traicionar.
Un país así se va deshabitando sin que nadie lo incendie.

Vivimos exhaustos.
Llevamos años entre el miedo y la polarización,
entre los que creen tener razón y los que ya ni creen.
Nos pasamos la vida arreglando lo que otros rompieron
sin reparar lo que nosotros también descuidamos.
La historia reciente está casi vacía de gestos que nos unan.
Aquel impulso compartido de la pandemia quedó sepultado bajo protestas, ruidos y duelos que aún cuesta digerir.
Nos han descuidado y nos hemos descuidado.

Nos hicimos expertos en señalar la herida
y analfabetos para curarla.
Confundimos la crítica con el desprecio,
el reclamo con la intolerancia,
la denuncia con el odio,
la dignidad con el grito.
Y así, poco a poco, nos fuimos volviendo un país que reacciona,
pero que ya no se reconoce.

No es que falte talento, ni siquiera esperanza.
Lo que falta es amor.
El amor que no se dice, pero se nota:

el de la enfermera que sigue cuidando de madrugada,
el del joven que acepta una infracción de tránsito sin culpar al país,
el de la campesina que madruga a sembrar aunque no le alcance,
el del pescador que regresa con poco pero no engaña el peso,
el de la profesora que enseña con marcadores comprados de su bolsillo,
el del conductor que frena para dejar pasar a un desconocido,
el del abuelo que aún riega las matas del barrio,
el de la líder que no deja sola a su comunidad,
el de la médica rural que cruza un río para llegar a su puesto,
el de la emprendedora que paga a tiempo aunque nadie la vea,
el del joven que devuelve una billetera sin esperar aplausos,
el del papá que enseña a su hijo a ponerse de pie durante el himno nacional,
el de la mamá que cree en el futuro de su hija aunque el país no se lo prometa,
el de la mujer que denuncia aun con miedo,
el del campesino que no se rinde,
el del funcionario que no se corrompe,
el de la indígena que protege el agua como si fuera un hijo,
el del vecino que arregla la cancha para que otros jueguen,
el del dirigente que renuncia a un privilegio por coherencia,
el de quien limpia la tumba de un desconocido porque nadie más se acuerda.

Ese amor anónimo, diverso, cotidiano,
ese amor que viene de todos los rincones —vereda, barrio, costa, montaña, resguardo, ciudad—, es el que sostiene a un país incluso cuando sus discursos no lo sostienen.

Hablar de amor suena cursi en un país que confunde ternura con debilidad.
Pero el amor del que hablo no es indulgente ni sentimental.
Es un amor civil, hecho de respeto y cuidado,
de responsabilidad con lo que compartimos.
Un amor que se ejerce, no que se proclama.

Amar al país es exigirle sin destruirlo.
Es reclamar con verdad, no con rabia.
Es poder discrepar sin despreciar.
Es entender que lo público no es lo de nadie, sino lo de todos.
Y que un país sin amor propio se condena a buscar siempre culpables.

El amor como política de lo posible no se vota: se practica.
Se nota en cómo hablamos del otro,
en cómo usamos lo que es común,
en si pagamos a tiempo,
en si respetamos la fila —aunque todos terminemos subiéndonos al mismo bus—,
en si agradecemos lo que todavía funciona.
Amar al país es un trabajo invisible,
hecho de miles de gestos que no salen en las noticias
pero sostienen la vida.

A veces me pregunto cuántas veces hemos querido marcharnos:
del país, de la conversación, del intento.
Y lo entiendo: hay cansancio que no cabe en las palabras.
Pero también pienso en lo que perderíamos si nos fuéramos del todo.
Porque este país, con todo su caos y su contradicción,
sigue teniendo un alma que se resiste a la indiferencia.
Esa alma es amor.

Russo decía: “Esto se cura con amor”.
Y quizá no hablaba solo del cuerpo.
Tal vez también hablaba de los países,
de los equipos, de las comunidades,
de todo lo que se sana cuando alguien decide cuidar.

Colombia no se arregla con miedo ni con éxito,
sino con amor lúcido:
el que se atreve a mirar el dolor sin negarlo,
a perdonar sin olvidar,
a cuidar sin esperar aplausos.

El amor como política de lo posible no es una utopía;
es una práctica diaria.
Una manera de hacer las cosas sin perder humanidad.
De cumplir la ley sin dejar de mirar a los ojos.
De dirigir sin humillar.
De disentir sin destruir.

Quizá el verdadero cambio empiece por eso:
por decidir amar al país como se ama lo frágil,
con atención, con responsabilidad, con respeto.
No con un amor ingenuo, sino con un amor activo,
ese que no se agota porque se renueva en la acción.

No sé si el amor baste,
pero sé que sin amor no alcanza.
Y que si el país no habita en nosotros,
terminaremos por deshabitarlo también.

Porque esto también —y sobre todo— se cura con amor.

Soy David.
Soy Colombia.

Finalización del artículo