El amor no se delega
“Lo que no se cuida a tiempo se pierde en silencio”
En mi columna anterior escribí sobre la necesidad de amarse para poder sanar: escuchar al cuerpo, bajar el ritmo, tratarnos con la ternura que solemos dar a otros. Pero el amor no se detiene ahí. Una vez que uno aprende a sostenerse, llega la siguiente pregunta: ¿cómo amar a los otros sin perderse? ¿Cómo seguir amando lo que hacemos sin que se vuelva trámite?
Porque el amor —como la salud— se deteriora cuando se da por hecho.
Y cuando dejamos de cuidarlo, termina por irse.
Hay vínculos que no se rompen: simplemente se apagan por distracción o por costumbre. Nos pasa con amigos, con la pareja, con los hijos, con la vida misma. Dejamos de preguntar, de aparecer, de cuidar, y el cariño se queda sin aire.
Erich Fromm decía que el amor no es un sentimiento, sino un arte. Y todo arte exige práctica. No alcanza con sentir: hay que atender. Amar es una forma de atención sostenida.
Bell Hooks lo escribió de otro modo: amar es un acto de voluntad, una decisión ética. No es sacrificarse; es participar conscientemente de la vida de alguien más: cuidar sin controlar, acompañar sin exigir recompensa, estar sin absorber. Es querer profundamente que el otro sea mejor, que pueda vivir la vida mejor, no a través de los ojos propios, sino desde los suyos. Implica también decir la verdad cuando el silencio se vuelve cobarde. Incomodar a tiempo para no perder lo esencial. Decir con amor lo que nadie más se atreve a decir. Por eso lo contrario del amor no es el odio: es la indiferencia.
Durante un tiempo viví como un indigente emocional. Permití lo imperdonable y cometí lo que no corresponde. Si tuviera que resumirme, diría esto: consumí relaciones y dejé que me consumieran. Tardé en entenderlo: amar también es poner límites para seguir siendo.
Quizás por eso reconozco tan bien cuando el amor se vuelve costumbre.
A veces los gestos se mantienen, pero pierden alma. Saludamos, celebramos, compartimos mesa y foto, y sin embargo algo está frío. El amor empieza por un gesto, pero sobrevive por cuidado. Cuando la presencia se convierte en obligación, el vínculo pierde sentido y la costumbre —tan cómoda— se vuelve la forma más educada del olvido.
Amar es elegir volver a ver. Volver a escuchar. Volver a mirarse a los ojos sin prisa. Volver a agradecer en silencio que el otro exista, que lo encontraste, que está. Volver a estar. Vive en esas pequeñas decisiones cotidianas que reaniman la confianza y el asombro. Todo lo demás es trámite.
Y aquí el puente que nos cuesta mirar de frente: pasamos más horas en desplazamientos y trabajo que con quienes amamos. En ciudades como Ciudad de México, el trayecto promedio de ida en transporte público ronda los 67 minutos; en São Paulo, el total diario se acerca a 93; en Bogotá, cerca de 97. Ida y vuelta, fácilmente son dos horas de vida cada día en tránsito, antes de empezar a producir. Si ese tiempo y el trabajo que sigue no están sostenidos por amor —por sentido, por cuidado—, la vida se nos va en automático.
También el trabajo necesita amor para sostenerse. No el ideado por los ya menos frecuentes Chief Happiness Officers, ni el entusiasmo permanente —que es imposible—, sino el amor sobrio del propósito: saber por qué hacemos lo que hacemos. Cuando ese ‘por qué’ se pierde, el cansancio se vuelve vacío, y ningún salario o título llena ese hueco.
El tedio es una tristeza que no llora. En muchas organizaciones la gente no se agota por trabajar mucho, sino por trabajar sin alma. Cuando el cuidado desaparece, el esfuerzo se reduce a obediencia; y la obediencia sin propósito enferma tanto como el exceso de trabajo.
Alguna vez llamé a uno de mis mentores para contarle que tenía una oferta en la mano. Su única pregunta fue: “¿Se le acabó el amor?”. Mi respuesta fue inmediata: “Sí”. Y renuncié. Desde entonces, cuando alguien que quiero en mi equipo me dice que tal vez es hora de irse, le pregunto lo mismo. El dinero, las horas, la tarea, lo que sea, podemos resolverlo juntos. Pero no el amor. Si se fue el amor, ya es tarde.
En una empresa, el amor tampoco se delega en manuales. No nace de campañas, ni vive en encuestas. Se reconoce en gestos: una conversación honesta, una decisión que protege, un estándar que cuida. Cuando el liderazgo olvida cuidar, el talento deja de creer.
Trabajar con amor no es sentimentalismo; es inteligencia emocional aplicada. Cuidar la palabra, la calidad y la relación también es cuidar la salud de una comunidad.
Hay días en que uno siente que vive —parafraseando a Zalamea Borda— “a bordo de sí mismo”: cuatro años, cuatro trayectos, cuatro vidas dentro del mismo cuerpo. Tal vez por eso esta segunda lección era inevitable: si el amor no habita en lo que le entrego a los demás, en lo que hago, lo que hago, tarde o temprano me deshabitará.
Amar, en cualquier forma, es una elección que se renueva. Seguir presente cuando ya no es fácil. Cuidar cuando nadie mira. Decir “tienes razón” sin inventar argumentos o excusas. Agradecer, aunque no se espere. Trabajar con sentido incluso cuando el entorno no ayuda.
No se trata de romantizar la vida, sino de habitarla con atención. De no dejar que el cariño se vuelva rutina ni que el propósito se disuelva en el ruido.
Porque el amor, cuando se descuida, se enfría.
Y lo que se enfría, tarde o temprano, se pierde.
Soy David, y hoy intento no dejar que el amor —a los otros y a lo que hago— se vuelva costumbre.