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Lunes 4 de mayo de 2026
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Juan David Correa

El coraje de Helena

Dice que esa noche, aquella noche que fue también esta noche de hace cuarenta años, escuchó con pavor los tanques pesados, ruidosos como orugas oxidadas, pasar sobre el asfalto de la carrera Quinta. Ella vivía en el barrio La Macarena junto a sus dos padres, Carlos Horacio y Ana María, y sus dos hermanas. Dice que no pudo dormir. Que no pudo cerrar los ojos desde entonces. ¿Qué piensa una niña de diez años cuando a la sala de su apartamento han llegado Germán Castro Caycedo, el doctor Yepes, y otras y otros amigos y amigas preocupados por el destino del magistrado auxiliar del Consejo de Estado que hasta hace unas horas se había levantado en su casa y se había despedido a sus hijas por ese barrio de colinas que en las mañanas de noviembre es brumoso y soleado a la vez? 

Dice que, al mediodía de ese 6 de noviembre, como este en el que usted, querida lectora, escucha o lee estas palabras, su mamá llegó al colegio La Enseñanza, ubicado en la avenida Chile entre carreras Séptima y Novena, en Bogotá, la sacó de clase temprano y le dijo que algo pasaba en la oficina de su papá. Dice que ella supo sin saber, y que durante mucho tiempo hubo un nudo en alguna parte de su alma o de su cuerpo que no sabía cómo entender. Dice que Germán Castro y el doctor Yepes salieron esa noche a buscar desesperados a su amigo, que fueron a varias programadoras y noticieros, que intentaron por todos los medios obtener imágenes de algunos magistrados que habían salido vivos del Palacio. Dicen que ellos lo vieron. Como los fantasmas, la imagen catódica de entonces se fue convirtiendo en bruma: la bruma de miles de archivos que hoy aún existen, pero muchos otros que fueron borrados, o grabados encima. Es tanto el horror de este país, que el cuidado de los archivos no existía y que a un horror se superponía otro, como capas estratificadas de imágenes perdidas o fundidas en una misma cinta. 

Dice Helena que salió del país porque a su madre, Ana María Bidegain, una brillante historiadora uruguaya, comenzaron a intimidarla. No era suficiente con desaparecer a su padre, el abogado Carlos Horacio Uran: a la oficina de la Universidad de los Andes llegaron anónimos que le exigían dejar de hacer preguntas.

Toda voz se consigue en una extensa conversación con uno mismo. Helena Uran Bidegain pasó veinte años de su vida yendo y viniendo al país donde su padre, aquel magistrado que había estudiado en Bélgica, que tenía ideas progresistas y de justicia social, desde una conciencia católica, fue asesinado por las Fuerzas Militares colombianas después de un delirio cometido por el M-19, que pretendió hacer de un juicio al presidente de la República, Belisario Betancur, tras el rompimiento de los diálogos de paz, un acto publicitario que no entendió las dimensiones e implicaciones de su fantasía, tomándose el Palacio de Justicia por asalto, con unas cuantas pistolas, el 6 de noviembre de 1985, a las 11:10 de la mañana.

Veinte años porque, a partir de 2005, cuando comenzaron a aparecer las primeras revelaciones realizadas por periodistas valerosos y fiscales encomiables, como Ángela María Buitrago, Helena comenzó a entender que esa voz que le hablaba desde esos dos días de noviembre de 1985 había comenzado a escucharse en su interior con mayor claridad. 

Poco a poco, la vida llevó a Helena a Alemania, como si una Ariadna invisible le dictara un camino: en ese país, con el peso de la memoria del nazismo encima, aun cuando hubieran pasado sesenta años, la voz la acompañó a tener el valor de estar presente en el proceso que las víctimas establecieron frente al Estado colombiano, y por el que fue condenado por la Corte de Derechos Humanos. 

Helena Uran empezó a llamar las cosas por su nombre. No se dejó matricular en causa alguna que no fuera la claridad de tener explicaciones por lo cometido en ese Palacio, que sigue siendo una especie de tótem que cada quien usa para su propia conveniencia. No se arredró ante las razones que comenzaron a enviarle esos enemigos agazapados de la paz. Hace seis años se sentó a escribir su primer libro: Helena, ¿qué recuerdas de ese día? De este día de hace cuarenta años. Mi vida y el Palacio, se llama esa memoria, investigación, pregunta, acertijo: un viaje al pasado, pero, sobre todo, un viaje al futuro, porque Helena ya sabía que su vida, desde entonces, al ganar cada día más un lugar público, no sería la misma. 

Entonces empezó a regresar de nuevo, de a pocos, como tratando de medir cuál era su lugar en todo esto. Y cuando volvió comenzó a decir, ya desde otros lugares, escenarios, medios, asuntos que incomodaron, como suelen incomodar las mujeres que se oponen a los guerreros. Comenzó a decir que se desclasificaran los archivos que están en poder del Gobierno de Estados Unidos y que, según muchas fuentes, prueban la participación de ese país en los hechos en los cuales fallecieron, además de su padre, unas 101 personas, y hubo más de una decena de desaparecidos. Empezó a decir aquello que había aprendido en Alemania, y se dedicó a plantear la resignificación de los espacios donde había ocurrido el horror: ¿Por qué la Casa del Florero no tenía ni una mención a que allí fueron llevados muchos y desde allí fueron despachados hacia la muerte en algún calabozo de la calle 6 o en algún batallón? ¿Por qué se glorificaban desde el Gobierno nacional las banderas del M-19, reivindicando símbolos que a su parecer encerraban más dramas y horrores que libertades y democracia? ¿Por qué Jesús Armando Arias Cabrales tenía medallas si había sido uno de los orquestadores de la masacre que perpetraron otros oficiales que hacían parte de una política ideada desde los años setenta y llamada doctrina de seguridad nacional? ¿Por qué no escuchar las voces de agentes como José Leonairo Dorado, un niño de quince años, cuyo padrino, Justo Pastor Perafán, primero policía y después mafioso, entregó a las Fuerzas Militares para que espiara, con solo cinco años más que Helena, cuando a su padre lo condujeron a un batallón, lo encerraron en una caballeriza y lo torturaron porque querían concluir que era un infiltrado de la guerrilla? Aunque lo hacían porque el magistrado auxiliar tenía pruebas de las violaciones de derechos humanos que muchos cometieron en nombre de una idea de nación que prefiere inmolar a sus propios héroes antes de ceder para salvarlos.

Helena, este 6 y 7 de noviembre, cuarenta años después de bajar la colina de ese barrio que sigue estando allí, agarrado a las montañas, ha publicado un segundo libro, Deshacer los nudos, y ha creado una fundación que lleva el nombre de su padre. 

Y ha entendido, de nuevo, cómo el país vive de despreciar a muchas y a muchos, así sean víctimas de un mismo hecho para justificar la legitimidad de dolores que suponen superiores a otros. 

Gracias, Helena, por tirar del hilo.

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