El silencio de la Tierra: la crisis planetaria vista desde la cultura
Hace más de medio siglo, el informe del Club de Roma ‘Los límites del crecimiento’ advirtió que, si continuaban las tendencias exponenciales de consumo, contaminación y expansión industrial, la humanidad alcanzaría durante el siglo XXI los límites biofísicos del planeta. Esa predicción dejó de ser una posibilidad para convertirse en un diagnóstico. A pesar de la abrumadora evidencia científica, seguimos sin reaccionar como humanidad a la altura que requiere el mundo. ¿Por qué? Porque el cambio climático no es sólo un problema ambiental, es una crisis cultural.
El filósofo alemán Vittorio Hösle señala que la raíz de la crisis ecológica sucedió en un cambio profundo de valores. La modernidad desacralizó la naturaleza, enajenó y desnaturalizó al ser humano y convirtió al progreso tecnológico en un dogma incuestionable. El resultado fue una relación instrumental con la tierra, entendiéndola no como un sujeto, sino como un objeto. Para Hösle, sin una ética que revincule materia y espíritu, toda política ambiental será insuficiente.
La polémica COP30 en Brasil puso este debate en el centro. Por primera vez, la cultura ingresó formalmente a la Agenda de Acción Climática, reconociendo que la ciencia, por sí sola, no logra encontrar la solución. Paneles como ‘Narrativas y narración de historias para enfrentar la crisis climática’ –con voces de artistas, representantes indígenas y líderes culturales– insistieron en que el imaginario es un actor climático.
Diversas disciplinas artísticas están ensayando formas de expresar lo que las duras cifras no logran. En las artes visuales, instalaciones que traducen datos climáticos en luz y movimiento permiten representar la desaparición de los glaciares o la propagación de incendios forestales. En el cine documental –desde Samsara hasta La sal de la Tierra– la estética funciona como pedagogía emocional. Y en la literatura, escritoras como Olga Tokarczuk o Fernanda Melchor han narrado territorios en ruina donde el clima es un personaje, no un paisaje.
Una de las alegorías más poderosas proviene de la ecoacústica, disciplina que estudia los paisajes sonoros de los ecosistemas. Un bosque sano es una enorme orquesta, un bosque degradado es un espacio silencioso. En Brasil, México y Nueva Zelanda se han registrado selvas, arrecifes y humedales cuyo sonido se empobrece a medida que desaparecen los insectos, las aves, los árboles o los peces. Es un silencio que no es poético, sino dramático: el planeta se está quedando sin voces. Ese silencio no es una abstracción, es la banda sonora de la sexta extinción masiva.
Las culturas indígenas lo han sabido desde siglos. En la Amazonía, los cantos uitoto o tikuna son una forma de diálogo con el bosque; en el Pacífico, los arrullos y la marimba no separan música del territorio; en el Cauca, los nasa “escuchan el río” para conocer su salud. Estas experiencias revelan algo que la modernidad perdió: la percepción de que el mundo natural no es un recurso, sino un sujeto.
Colombia podría ser un laboratorio para repensar esta relación. La enorme biodiversidad del país y su riqueza cultural ofrecen un lenguaje artístico capaz de narrar la crisis climática desde múltiples voces: el banco de sonidos del Instituto Humboldt, con miles de grabaciones de paisajes sonoros; proyectos comunitarios que mezclan fotografía y tradición oral para llamar la atención sobre la deforestación; colectivos teatrales que trabajan con comunidades para representar el deterioro de los ríos; iniciativas pedagógicas que integran arte, ciencia y territorio para que niños y jóvenes sientan, no sólo conozcan, el cambio climático.
Tal vez la verdadera acción climática empiece cuando la humanidad imagine de otro modo su relación con la naturaleza. Quizás este sea el aporte más profundo de la cultura a la crisis ambiental: enseñarnos a sentir el cambio climático. Escuchar el silencio de los ecosistemas que mueren, las historias de quienes han cuidado la tierra durante siglos y nuestras propias contradicciones como sociedades urbanas. Quizás debamos aprender de nuevo a sentir el mundo. Porque cuando un planeta deja de sonar no sólo perece una especie, se está extinguiendo la vida. Y ese silencio, más que cualquier cifra, debería ser nuestra mayor alerta.
*Director de la Filarmónica de Bogotá.