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Lunes 4 de mayo de 2026
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David García

Hacia una cultura de la paz comunicativa

Según el Barómetro de las Américas (LAPOP), Colombia se ubica entre los países más polarizados de América Latina. En una escala de 0 a 100, registra entre 65 y 70 puntos de polarización afectiva, uno de los niveles más altos de la región. De acuerdo con el Centro Nacional de Consultoría e Invamer, más del 80 por ciento de los colombianos considera que el país está “dividido” o “muy dividido”, percepción que se intensifica en los períodos electorales. De otra parte, la Misión de Observación Electoral ha documentado el aumento constante de agresiones digitales contra líderes sociales, candidatos, periodistas y funcionarios públicos.

Vivimos inmersos en una violencia simbólica que no deja cicatrices visibles, pero sí destruye el tejido social: la violencia del insulto, del sarcasmo, del desprecio. Esa violencia que se expresa en las redes, en los medios, en la confrontación política e incluso en la vida cotidiana reproduce la desconexión y hace más difícil el diálogo. 

¿Cómo salir de ese círculo vicioso? Hace más de un siglo, Mahatma Gandhi habló de Ahimsa, el principio de “no dañar”, y de Satyagraha, la fuerza de la verdad. Ambos conceptos estaban unidos por una idea profunda: transformar al adversario, pero no a través de la destrucción sino mediante la empatía, la compasión y la coherencia moral. En sus palabras, el amor y la verdad son fuerzas activas, no pasivas.

Décadas después, el psicólogo estadounidense Marshall Rosenberg retomó esa potente idea y propuso una revolución silenciosa: la Comunicación No Violenta. Su punto de partida es tan radical como simple: “las palabras pueden ser ventanas o muros”. Rosenberg planteó un modelo basado en cuatro pasos: observar sin juzgar, reconocer los sentimientos, identificar las necesidades y formular peticiones concretas. No se trata, como a veces se cree, de hablar dulcemente o evitar el conflicto, sino de transformar la manera en que nos relacionamos cuando el conflicto aparece.

En sociedades como la colombiana —donde la violencia ha sido parte de la historia y del lenguaje—, la comunicación no violenta puede ser vista como una pedagogía cultural de la empatía, una forma de resistencia frente a la normalización de la agresividad, la burla o la humillación como modos de “decir la verdad”. Aprender a comunicarnos desde la empatía no implica silenciar la crítica, sino reaprender a expresar la verdad sin destruir al otro.

Un ejemplo histórico demuestra su poder transformador: el liderazgo de Nelson Mandela en Sudáfrica. Tras casi tres décadas en prisión, Mandela optó por el diálogo y la escucha con quienes habían representado el régimen del apartheid. La Comisión de la Verdad y Reconciliación, creada bajo su Gobierno, se basó precisamente en esos principios: reconocer el dolor, escuchar al otro y construir justicia sin venganza. No fue un proceso perfecto, pero permitió que un país fracturado iniciara un camino de reparación a través de la palabra. Mandela comprendió que el enemigo deja de serlo cuando se le escucha.

El arte también puede ser un aliado poderoso en esa transformación. En la música, el teatro o la danza, la comunicación no violenta es casi un requisito natural: escuchar al otro, encontrar el ritmo común, respetar el silencio, construir armonía. Las orquestas, los coros y los grupos artísticos son, en ese sentido, microescuelas de convivencia. En ellos se aprende que la diferencia no es un obstáculo, sino una posibilidad de creación colectiva, ejemplo que elevó a metodología artística el gran grupo de teatro La Candelaria.

Colombia ha tenido procesos de paz de carácter político, pero aún no ha consolidado una cultura de la paz comunicativa. No basta con los acuerdos firmados entre actores armados; necesitamos acuerdos cotidianos entre ciudadanos, en la familia, la escuela y las redes sociales. Tal vez el arte y la educación sean los lenguajes que pueden volver cotidiana esa utopía.

En un país que ha aprendido a defenderse hablando agresivo y fuerte, la verdadera revolución podría ser aprender a escucharnos. Escuchar no es callar: es crear conexión, producir confianza y, desde allí, construir colaboración.

La paz no es un decreto ni un tratado: es una práctica diaria, una construcción, una forma distinta de hablarnos. Cuando lo asumamos tal vez —solo entonces— descubramos que la reconciliación empieza por la forma en que pronunciamos el nombre del otro.

Adenda: en Colombia existe una organización que se dedica activamente a promover la Comunicación no Violenta. Recomiendo seguirla: resuenacolombia.com.

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