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Lunes 4 de mayo de 2026
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Juan David Correa

La disputa cultural

La doctrina es clara: el capitalismo neoliberal produce individuos que, de tener la suficiente ambición, pueden conseguir aquello que se propongan. En general, “aquello” se refiere a bienes, mercancías y un estatus social creado por ideales de libertad individual articulados por la publicidad y el estilo de vida norteamericano que se impuso en el mundo entero tras la caída del muro de Berlín y el fin del hombre soviético. Se precisaba de un soporte eficaz para penetrar las conciencias del mundo libre, según lo llamaron. La idea, por supuesto, era promover el self-made man, una especie de superhéroe vestido de traje que llegaba cansado todas las noches a casa y proporcionaba bienestar a su joven familia, por lo general católica en nuestros países o protestante en los del norte global, que iba los domingos a misa, que se afiliaba a clubes sociales, que estudiaba en universidades de prestigio y que, con esfuerzo y gracias a las relaciones de clase que se producían en esos espacios, conseguía bienes raíces, vacaciones a Estados Unidos, en particular a Disneylandia, en Florida, y que se cultivaba, en algunas ocasiones, frecuentando museos, leyendo algunos libros al año o aprendiendo la historia del mundo contada por académicos europeos.

El neoliberalismo se había iniciado como teleología económica en los años treinta, en el Coloquio Lippman, celebrado en París en 1938, en una etapa similar a la que vivimos hoy, cuando comenzaron a consolidarse los totalitarismos en Alemania, España, Italia y la Unión Soviética, para recuperar el viejo liberalismo decimonónico. La idea se consolidó con la creación de la Sociedad Mont Pelerin, en Suiza, en 1947, de la mano de varios intelectuales liberales como Friedrich Hayek, Milton Friedman y Karl Popper, entre otros, que insistían en la necesidad de crear un hombre libre, que no dependiera en exceso del dominio del Estado, y que para ello promoviera la libre empresa, el mercado como regulador de las relaciones sociales, y que se opusiera al papel preponderante del estado de bienestar que se creó en las entreguerras; el cual, después de treinta años de reconstrucción de Europa, vivió la gran crisis a comienzos de los años setenta ante la devaluación del dólar, el crecimiento de los precios del petróleo y la recesión producto de la estanflación (estancamiento más inflación) en varios países, entre ellos, el Reino Unido.

La llegada de Margaret Thatcher al poder en el Reino Unido en 1979 y, unos años después, la de Ronald Reagan a la presidencia de Estados Unidos, en 1981, concretó el binomio profundo de las políticas neoliberales que hoy están en franca decadencia y que se expresan en los excesos de quienes se niegan a aceptar que el proyecto que promovieron provocó una gran deshumanización del mundo, una crisis global climática que puede llevarnos a la extinción, una individualización de las conciencias que supone vastos problemas mentales como pasar de una era de febrilidad y aburrimiento (en el tiempo de las fábricas) a una era de ansiedad (en el tiempo de las máquinas) que tiene a la humanidad en estado de adicción permanente, al decir de Mark Fisher.

Muchos economistas colombianos son hijos de esta escuela. Muchos de ellos estudiaron en universidades de Estados Unidos o Europa, y fueron adoctrinados bajo esta lógica. Muchos son hoy empresarios, políticos o incluso intelectuales que se muestran como ejemplos de probidad, esfuerzo y convicción para alcanzar sus metas. Ellos o ellas lo han logrado solos por su inteligencia única, por su esfuerzo desmedido y por su fuerza de pensar críticamente sobre todo aquello que no pertenezca a su credo. Los primeros han creado grandes capitales, y por lo tanto millones de empleos; los segundos, más desprestigiados en la actualidad, han gobernado desde comienzos de los noventa en Colombia con la promesa de la apertura económica, que produjo grandes afectaciones al campo colombiano y a las industrias nacionales, producto de los tratados de libre comercio, y que convivió con la más cruel y violenta contrarreforma agraria y privatizó la gestión pública.

La narrativa neoliberal se expandió por el mundo a través de dispositivos concretos como, por ejemplo, toda una suerte de literatura llamada de autoayuda, o de bienestar, películas que inauguraron la visión que vieron muchos productores de Hollywood después de los años setenta con la puesta en marcha de un sistema económico de rentabilidad —lo muestra bien el estupendo documental sobre Martin Scorsese cuando, tras el estreno de Tiburón y Star Wars, la industria declara que no está dispuesta a seguir apoyando obras autorales sino taquilleras—, de medios de comunicación que, con algunas excepciones, en periodos concretos de nuestra historia, jugaron un papel crucial en oponerse al aparato de violencia que producía esa misma ideología en nuestro país con el proyecto paramilitar; y por supuesto, la universidad pública, sometida por la Ley General de Educación (115, de 1994) “que orienta de manera clara un tipo de gestión y proyección universitaria al servicio de la empresa y los sectores productivos (Galindo et al., 2015)*”.

En este caso, siguiendo a algunos autores como Alfonso Insuasty-Rodríguez, Nicolás Espinosa-Menéndez, María Fernanda Juarros o Isaura Castelo, se produjo una captura de la política cultural en los destinos de la universidad pública en Colombia, sometiéndola a una lógica empresarial, bajo el argumento de que había sido saqueada por las administraciones estatales hasta entonces. Dicha lógica empresarial puso a las universidades públicas al servicio de una idea sobre la que muchos, que nos inscribimos en un proyecto de izquierda —que nada tiene que ver con los estigmas que nos quieren enrostrar—, osamos alzar la voz para hacer críticas a esa ideología que, al responder a la financiarización de la escuela pública, muestra resultados como cualquier empresa; a partir de lógicas de balances, cifras de ingreso y crecimientos en infraestructura, conseguidos también mediante mecanismos de control por parte de esos mismos grupos de poder que se legitiman unos a otros en contrataciones con empresas privadas creadas para manejar recursos públicos, sistemas de puntajes opacos que sirven para privilegiar escalafones de las llamadas ciencias duras y privilegios que, aunque no son penalmente censurables, sí lo son moralmente. “A nuestro parecer, la naturaleza epistemológica de esta transformación consolida una apuesta de política cultural (la relación entre política, poder y cultura) que constituye, pues, un marco de referencia que establece límites para la relación entre la función científica y humanista de la Universidad. Al restringir su papel social y carácter político se define un tipo de relación entre conocimiento académico y transformación política que excluye de su fórmula a sectores subalternos” (Insuasty-Rodríguez, y Espinosa-Menéndez, 2021**).

Cuando muchos académicos, intelectuales o grupos subalternos osaban en el pasado, y en pleno auge de dicha ideología, discutir estas ideas sobre la neoliberalización de nuestra vida, eran tomados como extremistas sin importancia, adscritos a radicalidades de izquierda que tenía, de manera casi que obligatoria, relaciones con los grupos armados o guerrillas que se levantaron y organizaron desde los años sesenta, entrando en la catástrofe neoliberal en los años noventa ellos también.

Al llegar este Gobierno, y discutir desde el poder estas ideas, se ha querido, en cambio, satanizar primero a quien piense que muchos y muchas hicieron parte de ese proyecto en nombre de la ilustración, propagando ideas presentes en nuestra conversación pública que se convirtieron en doctrina. Es decir, que hacemos la misma operación, pero en sentido inverso, como si la única forma de existir fuera conspirar y tomar venganza. Nos convierten entonces en radicales ortodoxos, en inútiles en nuestros oficios, o en simples habladores que no tienen el suficiente conocimiento —que es el que ellos pregonan—, incluso acudiendo a expresiones que rayan en el racismo como aquel que escribió que “la sabiduría ancestral en este continente tiene más complicaciones por el hecho de que no había escritura. La tradición oral es un teléfono roto en el que el mensaje se va deformando a lo largo de las generaciones”, sobre la política de ciencias del actual Gobierno. 

Al convertir un debate ideológico —porque lo es— en una consideración sobre las virtudes personales de un contendor, descalificándolo con argumentos que tienen que ver más con la ira que con la razón y el pensamiento, una vez más nos damos cuenta de que la grieta se ha abierto y ha aparecido el dolor de quienes encarnaron el proyecto neoliberal en Colombia. Frente a aquello de que lo público no funciona, la necesidad de privatizar todos los ámbitos de nuestra vida o el desprecio por otras palabras y saberes presentes en nuestras culturas ancestrales, aparecen otras voces silenciadas, así las llamen canallas. Esa es la verdadera disputa cultural. 

*Galindo M., C. A., Gómez C., J. F. y Rodríguez, M. A. (2015). Repercusión del proyecto neoliberal en la educación superior en Colombia. El Ágora U.S.B.15(1), 73-94. http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1657-80312015000100004&lng=en&tlng=es.

*Espinosa-Menéndez N. e Insuasty-Rodríguez, A. (2021). «¿Universidad para quién? la expropiación neoliberal del sentido de la Universidad: el caso de las instituciones privadas en Colombia». El Ágora, 21(1), 12-32. https://www.redalyc.org/journal/4077/407769497001/html/#B30.

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