La mejor peor entrevista de Petro
El pasado lunes 20 de octubre se emitió la entrevista del periodista Daniel Coronell al presidente Gustavo Petro. La conversación terminó siendo una clase magistral de evasión. Lo que debía ser un diálogo acabó convertido en sermón: Coronell preguntaba; Petro predicaba. Durante dos horas y seis minutos, el presidente ocupó el 86 por ciento del tiempo. Habló mucho, pero no dijo nada.
Muy pocas preguntas recibieron respuestas concretas. La mayoría fueron evadidas entre divagaciones ideológicas, referencias históricas y extensos pasajes sobre los tres últimos siglos de Colombia. Más que una entrevista, fue una transmisión en vivo de exhibicionismo ideológico y retórico, sin edición y sin espacio para la claridad.
Durante buena parte de la entrevista, el mandatario movía con sus manos un lápiz amarillo escolar, de esos con borrador rosado que ya hacen parte de su escenografía pública. Lo giraba sin ritmo, como si buscara inspiración o tratara de acompasar sus palabras con el pensamiento. Ese pequeño objeto, convertido en amuleto y gesto, pareció condensar su estilo: una mezcla de cálculo, distracción y necesidad de reafirmarse ante la cámara.
**“**Era imposible no advertirlo. Detrás del torrente de palabras no había un plan, ni uno solo, sólo convicción”.
Desde los primeros minutos, las evasivas marcaron el ritmo. Coronell preguntó si el presidente había provocado la crisis con Estados Unidos; Petro respondió con Bolívar, Santander y la independencia, como si las relaciones exteriores de 2025 se discutieran aún en Angostura. Cuando le pidió detallar su plan para reparar la relación con el gobierno de Estados Unidos, el presidente se perdió entre Camilo Torres, los romanos y su arquitectura, y la sospecha de que alguien —siempre alguien— trama un golpe de Estado. En Petro, la conspiración ya no es noticia: es parte del libreto.
Era imposible no advertirlo. Detrás del torrente de palabras no había un plan, ni uno solo, sólo convicción. Cuando Coronell le preguntó por qué había llamado —en las calles de Nueva York— a los soldados estadounidenses a desobedecer al presidente Trump, Petro invocó a Núremberg y los crímenes de guerra. En su mundo, toda pregunta concreta merece una respuesta histórica; y todo error, una justificación moral.
Cada pregunta se convertía en una disertación abstracta. Como lo dijo el propio Coronell en su Reporte Coronell, al referirse a la entrevista: “Las evasivas arrancaron desde las primeras respuestas”. Ese fue su patrón discursivo: cada intento de precisión se convertía en un viaje a ninguna parte, con escalas en la historia, la moral y la ideología.
El problema no es que Petro tenga convicciones —eso no se le discute—, sino que las predica como si estuviera en misa. Sus entrevistas se parecen menos a un acto de gobierno que a una homilía política. En lugar de un presidente que responde, asistimos al sermón de un creyente de sí mismo, convencido de que hablar mucho es una forma de tener razón.
El momento más revelador llegó cuando Coronell le preguntó por qué defendía a Nicolás Maduro mientras atacaba a la oposición venezolana. Petro, fiel a su estilo, esquivó el tema central —la legitimidad de unas elecciones sin actas visibles— y prefirió culpar a las sanciones de Estados Unidos. Terminó hablando más de Bolívar que de Venezuela, más de soberanía que de democracia. Cada vez que no tiene respuesta, Petro se escuda en la historia del siglo XIX.
Coronell lo recordó después: “Tal vez el momento más difícil de la conversación sucedió cuando le pregunté por qué había sido más duro con la ganadora del premio Nobel de Paz, María Corina Machado, que con Nicolás Maduro”. En esa frase quedó desnudo el sesgo del presidente: tolerante con el autócrata y feroz con la disidente. Petro se siente incómodo con los autoritarios sólo cuando no son de su causa. Con los otros, basta invocar la “soberanía” para absolverlos.
“En su mundo, toda pregunta concreta merece una respuesta histórica; y todo error, una justificación moral”.
Más grave aún fue su negativa a reconocer el error diplomático de sus arengas discursivas en las calles de Nueva York, cuando pidió públicamente a los soldados estadounidenses que desobedecieran a su presidente. Defendió esa afirmación con argumentos morales, no políticos. Olvida que cuando un jefe de Estado arenga e instiga en un país extranjero, compromete la política exterior de toda la nación.
Durante las dos horas y seis minutos de entrevista, Coronell buscó respuestas concretas y, ante la insistencia, más se perdía Petro entre metáforas, historia, moralismos y autoelogio. En un momento, irritado porque el periodista le pedía aclarar lo que nunca había aclarado, el presidente soltó un “Déjeme hablar”. La escena fue casi cómica: quien había hablado la mayoría del tiempo pedía espacio para seguir hablando.
Esta fue, paradójicamente, la mejor peor entrevista de su presidencia. La mejor, porque reveló con nitidez la mente del mandatario: expansiva, grandilocuente, evasiva, soñadora, moralizante y evangelizadora, pero incapaz de concretar. Y la peor, porque expuso ante los colombianos un estilo de comunicación que confunde una cuestionable erudición con claridad, la ideología con gestión y el discurso con acción.
“Petro pudo ofrecer serenidad, pero eligió la soberbia”.
El instante más revelador no fue una pregunta, sino una despedida. Para terminar la entrevista, Daniel Coronell le dijo: “Muchas gracias, señor Presidente, por esta extensa conversación en vivo. Me voy con preocupación, pero espero que usted encuentre la sabiduría y el pragmatismo para salir de esto”. Era el resumen perfecto de lo que muchos colombianos sienten: preocupación.
En ese momento, Petro pudo ofrecer serenidad, pero eligió la soberbia. En lugar de apaciguar, insinuó —con tono desafiante— que si Trump no cambiaba, había que cambiarlo. Valiente con un mandatario elegido democráticamente, temeroso con Maduro, que aún no ha mostrado las actas de sus elecciones.
La entrevista no mostró a un líder acosado por sus críticos y por los problemas que él mismo ocasiona, sino a un hombre atrapado en su propio laberinto ideológico, más empeñado en pasar a la historia como un líder mundial inolvidable —algo que no ocurrirá— que en ser recordado como un buen presidente —algo que tampoco sucederá—. La historia es implacable y no absuelve a quien se niega a escuchar.
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