La mujer del presidente
Veo en redes sociales una felicidad inconmensurable por las dificultades que atraviesa Verónica Alcocer, a quien muchos en este país odian incluso más que al propio presidente de la República, que ya es mucho decir.
Oigo a importantes analistas justificar de cualquier modo el impagable precio que está pagando ella por un crimen que no cometió. Porque, la verdad, narcotraficante no es. Podrán odiarla mucho, podrá parecerles cualesquiera de los epítetos que han usado para señalarla, el que quieran, pero traficante de drogas, o terrorista o lavadora de plata, pues no, así todos sus odiadores sean expertos penalistas que tienen más que clara la tipicidad, la antijuridicidad y la culpabilidad de la señora Alcocer en las conductas arriba descritas.
Acabo de escribir como abogado. Perdón.
A la señora Alcocer le han dicho de todo. Sobre ella han relatado historias increíbles, han soltado poderosos rumores, han tejido escabrosas narraciones, le han acabado su honra sin contemplación alguna, la han criticado por defender a su marido, la han señalado por preferir a sus hijos, la han vituperado sin piedad, la han lapidado sin vergüenza.
Está en la Lista Clinton por cuenta de la intriga de unos colombianos de nacimiento —ahora respetables ciudadanos estadounidenses— que aprovecharon la animadversión que el propio presidente Petro se ha granjeado del gobierno de Estados Unidos. Está allí, no por cometer un delito, por cargar con un pecado: ser la esposa del presidente.
Muchos acá celebran su castigo. Les molesta —casi que les repugna— su desparpajo, que sea una mujer visible, llamativa, de bonita sonrisa; por eso, genera odios, animadversiones y muchas envidias, las últimas por cuenta de un reportaje publicado en un periódico sueco, que da cuenta de su buena vida en el país nórdico. Y eso, amigos lectores, es imperdonable en Colombia. Contar que se está pasando bueno no está bien visto, mostrar que se disfruta la vida no es propio de una primera dama, al menos no en Colombia. Acá, ese cargo tiene otras especificaciones.
Nuestro Manual de la Primera Dama establece que no puede bailar de forma impúdica, que no puede usar ropa ajustada, que está mal visto que se noten sus curvas, que debe esforzarse por parecer una doña y, en lo posible, caminar un paso atrás de su esposo, el primer mandatario. La primera dama en este país no puede opinar de política, a menos que diga alguna frase hecha que cause algo de hilaridad, no puede defender a su marido, debe quedarse quietica, siempre de punta en blanco, bien puestecita, calladita se ve más bonita, dicen algunas señoras de todas las ciudades y los municipios de este país; sólo puede asistir a jardines infantiles, a hospitales de niños, a novenas navideñas, a banquetes del millón; nada de fandangos, sólo té canastas; nada de amigos, sólo clubes de lectura; a la mujer del César no le basta serlo, debe también parecerlo, ojalá cubierta, poco maquillaje, peinado permanente, misa de guarda.
La primera dama que incumpla estos mandamientos —según el citado Manual— deberá ser juzgada de forma sumaria y —de inmediato— quemada viva en la purificadora hoguera de la virtualidad social y de los micrófonos incontenibles que vomitan fuego contra ella, porque es la mujer de Petro y si vive en Suecia justo en estos días, eso es que tenían arreglado lo de los aviones con Saab. Y ya, veredicto dictado, condena ejecutada.
Verónica molestó a muchos porque bailó porro mejor que cualquiera, de forma cadenciosa, con vestido ajustado, por allá en las calles de su tierra sucreña. En redes la acabaron. Le dijeron de todo y el principal argumento para justificar la bellaquería es que lo tenía merecido porque así habían tratado a la esposa de Duque cuando fue primera dama. Recuerdo esas burlas, especialmente por un particular vestido que lució alguna vez, y también, por otras razones de menor valía. Aunque no me acuerdo de Verónica burlándose de la vestimenta.
Son varias mujeres las que más duro tratan mal a la primera dama. Muy mal. No hay aquí eso de solidaridad de género. No hay manual para denigrarla, no hay reparo para denostarla. No hay límite para injuriarla. Es un nivel de sevicia difícil de igualar.
Verónica Alcocer no ha dicho mucho. Casi nada. Más bien ha sido reservada y, por eso, los opositores de su esposo (o exesposo, qué más da) se deshacen en insultos. Les da más rabia que no les responda. Si está en Colombia le dicen de todo; y si decide alejarse, también.
Eso le pasa por casarse con Petro y no estar insultándolo. Hasta merecido lo tiene. Pensarán.
A muchos les encanta que ella no pueda reunirse con su familia, lo consideran un precio justo por la felonía de disfrutar su estadía en Europa. Tendría que estar aquí, siguiendo el Manual al pie de la letra, siendo más papista que el papa, dedicada a obras sociales, a fotos con desvalidos, a reuniones con menesterosos, a campañas con desposeídos. Pero, no. La muy descarada se la pasa en Suecia bebiendo champaña con el dueño de la marca. ¡Arribista!
Ojalá reflexione mientras se congela allá lejos y se gasta su comisión como vendedora de aviones. Acá, todos nosotros seguiremos pensando que somos seres de luz mientras vertemos nuestra rabia contra la mujer del presidente. O la exmujer, qué más da.
@JaimeHonorio.