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Lunes 4 de mayo de 2026
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Luis Alberto Arango

La sostenibilidad cuesta, pero vale la pena

Mientras muchas grandes empresas celebran sus avances en sostenibilidad, los proveedores pequeños cargan con las exigencias y los costos.


Hace poco estuve en la oficina de un pequeño proveedor. Un espacio modesto, con escritorios apretados y papeles organizados como se puede, no como se quiere. Allí, el dueño —un empresario honesto, trabajador y agotado— me mostraba una carpeta llena de requisitos que una gran empresa colombiana le había pedido para poder seguir siendo su proveedor. Nuevas certificaciones, ajustes operativos, auditorías externas, protocolos actualizados y un informe de sostenibilidad que él mismo no sabía bien cómo diligenciar.

Recuerdo que suspiró y dijo: “Si no cumplo, me sacan. Si cumplo, no sé cómo lo voy a pagar”.

Esa frase me quedó grabada durante días. Porque es exactamente allí donde se siente la verdadera temperatura de la sostenibilidad empresarial: no en el auditorio donde se presenta el informe de gestión de la mediana o gran empresa, sino en la oficina estrecha de una pyme que intenta cumplir expectativas, como proveedor, que no consideran su realidad.

“Es incoherente exigir estándares cada vez más altos, algunos de ellos costosos y complejos…”

Me frustra ver a algunas grandes empresas celebrar sus avances de sostenibilidad sin reconocer que buena parte de ese cumplimiento lo están cargando sobre las espaldas de proveedores pequeños. Es incoherente exigir estándares cada vez más altos, algunos de ellos costosos y complejos, y al mismo tiempo negarse a reconocer el valor de ese esfuerzo en el precio final que se les paga.

Y, sin embargo, esto ocurre con frecuencia. Lo he visto desde adentro y desde afuera.

En Colombia, el 99,5 por ciento de las empresas formales son MiPymes. Generan cerca del 80 por ciento del empleo y aportan alrededor del 40 por ciento del PIB nacional. Son parte sustancial del motor económico del país. Pero también son, paradójicamente, las más vulnerables cuando se trata de cumplir con nuevas exigencias: no tienen equipos especializados, no tienen músculo financiero ni márgenes amplios; tienen, en cambio, la determinación de seguir operando y la presión de no perder a su cliente más grande.

Es fácil hablar de sostenibilidad desde un moderno edificio corporativo, con sus amplios pasillos, mobiliario nuevo, salas de videoconferencia impecables y equipos especializados para cada tarea. Mucho más difícil es financiarla desde un taller, una bodega o una oficina donde cada peso cuenta y donde faltan manos para atender todo lo que demanda operar un negocio. Es más sencillo exigir a los proveedores que reinventen procesos, midan impactos o certifiquen prácticas, que ajustar el precio que se les paga para reconocer esos cambios. La sostenibilidad que no se financia es solo una ilusión, además de una tremenda carga para una pequeña empresa. Es una historia corporativa, que luce bien en un reporte a los accionistas o al banco, pero que no resiste la realidad del mercado.

Entre el 60 y el 80  por ciento del impacto ambiental de las grandes empresas proviene de su cadena de suministro. Hasta el 80 por ciento de su gasto total está ligado a los proveedores. La sostenibilidad, por tanto, no existe sin ellos. Pero muchos proveedores sienten que están sosteniendo, solos, un modelo que en teoría debería ser compartido, una palabra que se debe escribir en mayúsculas.

“Me frustra ver a algunas grandes empresas celebrar sus avances de sostenibilidad sin reconocer que buena parte de ese cumplimiento lo están cargando sobre las espaldas de proveedores pequeños”.

No es un llamado a abandonar las buenas prácticas, ni a relajar estándares. Es una invitación a la coherencia. A que las empresas grandes y medianas se pongan, aunque sea por un momento, en los zapatos de sus proveedores pequeños. A que visiten sus oficinas, que miren de frente sus limitaciones, que entiendan que detrás de cada exigencia hay un costo y un riesgo reales.

Y, sobre todo, que comprendan que toda sostenibilidad —cualquiera sea la definición que cada empresa adopte— tiene un precio. Un precio que debe distribuirse con justicia, pero sobre todo con equidad. Puede implicar pagar un poco más, acompañar con recursos y asesoría, o asumir que los márgenes deben ajustarse para construir una cadena de suministro fuerte, leal y verdaderamente sostenible

La sostenibilidad no se mide solo en hectáreas reforestadas, emisiones reducidas, donaciones a fundaciones o programas para la comunidad vecina. También se mide en la forma como se trata al proveedor más pequeño: si se le respeta, se le apoya, se le escucha y se le reconoce su aporte. Se refleja en pagos oportunos, en condiciones contractuales razonables, en acompañamiento técnico y en la disposición real de compartir los costos del cambio. Allí es donde se evidencia si el compromiso empresarial es genuino o simplemente cosmético.

“A que las empresas grandes y medianas se pongan, aunque sea por un momento, en los zapatos de sus proveedores pequeños”.

Ojalá que más empresas grandes y medianas comprendan que la sostenibilidad no se decreta desde la cúpula de la gerencia, junta directiva o de socios; sino al revés, se construye desde la base. Y esa base, hoy, necesita algo más que exigencias: necesita comprensión, acompañamiento y un reconocimiento justo. Solo así podremos hablar, con coherencia, de sostenibilidad en Colombia.

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