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Lunes 4 de mayo de 2026
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Edna Bonilla

Las sirenas y la memoria: Francisco Cajiao

Hay libros que son memoria viva. No solo se leen, se habitan. Las sirenas y la memoria, del profesor Francisco Cajiao, pertenece a esos libros que acompañan y se quedan conversando en silencio. No es una autobiografía, sino una travesía contada en primera persona. Cajiao recorre su vida en el mundo de la educación —sus encuentros, aprendizajes y anhelos— con la serenidad de quien no busca cerrar un ciclo, sino comprender el sentido de una vida dedicada a enseñar y aprender al mismo tiempo. Es el testimonio de alguien que nunca ha separado el quehacer pedagógico de la vida cotidiana, de la ternura y de la palabra, y que ha hecho de la educación una forma de servicio público y de amor por Colombia.

El título parece una metáfora, pero es en realidad una advertencia. Las ‘sirenas’ son las tentaciones que desvían el rumbo de quien educa: el tecnocratismo, la inmediatez, la vanidad de las cifras, las modas pedagógicas y el espejismo de las soluciones rápidas. La ‘memoria’, en cambio, es el ancla que lo salva del ruido y le recuerda que educar no es solo diseñar políticas, sino acompañar personas, formar comunidad y cuidar lo humano. Cajiao, como Ulises, se amarra al mástil para resistir el canto seductor de las sirenas. Su viaje no busca fama ni reposo, sino sentido. Y en su caso, ese mástil es la ética.

A lo largo del libro, invita al lector a compartir sus múltiples rostros. Ha sido maestro, rector de colegios y universidades, jesuita, funcionario público, consultor, columnista en El Tiempo y viajero incansable. Pero lo más revelador no es la lista de sus oficios, sino la forma en que cada experiencia se transforma en aprendizaje. Cajiao no escribe para dejar constancia de su trayectoria, sino para entender lo vivido y devolverlo como enseñanza. Lo hace con la humildad de quien sabe que el conocimiento no se acumula, sino que se comparte. Pensar la educación es, ante todo, una manera de rendir cuentas a la vida.

Desde el prólogo se advierte que no se trata de un recuento cronológico, sino de una meditación sobre el sentido de educar. “Inicié muy joven una travesía por la educación sin habérmelo propuesto nunca”, escribe, como si la vocación fuera menos una elección que un destino. Ese azar que lo lleva de los laboratorios a las aulas, de la Fundación FES a la Universidad Pedagógica, y de la cooperación internacional a la Secretaría de Educación de Bogotá, va tejiendo el hilo invisible que sostiene su vida.

“La escuela es el último espacio donde la sociedad puede reconciliarse consigo misma”. Con esa frase, usada también en la presentación del libro, Cajiao condensa su pensamiento y su esperanza. Para él, la educación no es una política sectorial, sino el corazón de un proyecto de país. Y ese proyecto, en Colombia, sigue buscando su brújula. En Las sirenas y la memoria advierte sobre la trampa de reducir la educación a indicadores. “El país ha confundido la educación con la escolaridad”, escribió hace años, y la frase mantiene una vigencia dolorosa. Hablamos de educación, pero seguimos sin educar. Confundimos gestión con sentido, planeación con propósito, innovación con marketing. Creemos que transformar es producir informes, y olvidamos que transformar es escuchar. Para Cajiao, los decretos y los presupuestos son necesarios, pero insuficientes sin un cambio ético que respete la palabra del maestro y la voz del estudiante, y devuelva a la escuela su lugar en el corazón del país.

El libro comienza lejos de Colombia, en Mozambique, donde Cajiao fue testigo de lo más básico de una escuela: una maestra bajo un árbol y un grupo de niños sentados en el piso. Mientras observa a las mujeres caminar kilómetros para recoger agua, comprende que “una vez se comparten saberes, se genera un vínculo perpetuo”. En ese paisaje de escasez descubre la abundancia del encuentro. La educación no depende de edificios, sino de la relación entre quienes aprenden y enseñan. Ese episodio, tan sencillo como luminoso, le revela algo que marcará toda su obra. Enseñar es, antes que nada, un gesto de humanidad.

“La educación —dice— no se reduce a la transmisión de información. Es, sobre todo, una tarea moral y política, la de aprender a vivir juntos”. Desde ese árbol africano, Cajiao mira a Colombia con nuevos ojos. Entiende que las escuelas más humildes del país comparten con aquella escena la misma raíz. La fe en el otro, la esperanza como método, la palabra como punto de partida.

A partir de allí, su travesía se convierte en un recorrido por el alma de la escuela latinoamericana. Aparecen los maestros rurales de El Salvador, los niños que aprenden bajo los árboles en Guatemala, los proyectos comunitarios en zonas mineras de Colombia y muchos más. Cajiao no escribe desde la teoría, sino desde los caminos de tierra, los pupitres sin pintura, los silencios donde la escuela se sostiene apenas por la voluntad de sus maestros. Las sirenas y la memoria se convierte así en una cartografía humana donde cada aula es una historia, y cada maestro un faro. Las páginas sobre Mozambique y Centroamérica se leen como espejos de Colombia, naciones heridas por la guerra y la pobreza que buscan en la escuela una posibilidad de reconciliación. En esos territorios lejanos encuentra lo que a menudo falta en nuestros planes de desarrollo. La convicción de que el conocimiento solo tiene sentido si se traduce en vida digna. “Descubrí que era capaz de incursionar en territorios totalmente desconocidos a partir de ese lenguaje especial de la pedagogía”, escribe. Ese lenguaje, universal y profundamente humano, permite reconocerse en el otro, incluso cuando no se comparten las palabras.

El capítulo sobre Cerromatoso, en Montelíbano, es de una lucidez brutal. Allí, Cajiao fue rector del colegio de la empresa minera y presenció, desde dentro, la contradicción entre el progreso material y la inequidad social. En medio de aulas modernas y laboratorios equipados, comprendió el abismo que separaba esa escuela privilegiada de las instituciones públicas del entorno, marcadas por la carencia y el olvido. Cuestionó con valentía la segregación entre hijos de directivos y obreros, un reflejo en miniatura de las jerarquías del país. Ese episodio es el espejo de la Colombia desigual que seguimos siendo. Un país que confunde éxito con exclusión, que mide el desarrollo por la infraestructura y no por la equidad. Cajiao advierte que la educación corre el riesgo de ser funcional al modelo económico si no se convierte en una fuerza moral que lo interpele. Lo que siempre buscó, escribe, fue “trabajar en un lugar en donde se pudieran educar niños libres y felices, en un medio ajeno a una sociedad pervertida por el arribismo, la ignorancia, los dogmas, la violencia, la competencia implacable, la falta de respeto y el aislamiento entre seres humanos”. En esa frase, que condensa una vida, hay una utopía que no envejece. La de una escuela como territorio de igualdad, respeto y libertad interior.

Pero Cajiao no escribe con amargura. Escribe con una esperanza lúcida. No ignora el dolor, pero se niega a rendirse ante él. Sabe que la educación, incluso en medio del caos, tiene una capacidad infinita de reinventarse. En la presentación de su libro lo dijo con la serenidad que lo caracteriza: “No hay fórmulas. Hay caminos. La educación no es un modelo que se copia, sino una práctica que se construye colectivamente”. Esa afirmación encierra una pedagogía de la humildad. La conciencia de que cada escuela debe encontrar su propio modo de florecer, y que el maestro no es un ejecutor de políticas, sino un artesano de sentido.

En tiempos en que se busca estandarizar la educación, Cajiao nos recuerda que enseñar es un oficio profundamente humano, que requiere escucha, intuición y empatía. Su esperanza es la de quien trabaja con las manos en la tierra, confiado en que alguna de las semillas germinará. Su voz no se eleva como consigna, sino como compañía en la tarea compartida de seguir creyendo que la educación, aun herida, sigue siendo el espacio donde el país puede empezar de nuevo.

Leer a Cajiao hoy no es un ejercicio de nostalgia. Es, más bien, un espejo que interpela. Nos obliga a preguntarnos por qué, a pesar de todo lo aprendido, seguimos tropezando con las mismas piedras, y por qué aún no entendemos que educar es construir ciudadanía.

Quizá lo más valioso de Las sirenas y la memoria sea su tono íntimo. No hay heroísmo ni grandilocuencia. Hay humanidad. Es un libro bellamente escrito. Un maestro que duda, que escucha, que se conmueve, que celebra cuando un niño le enseña algo nuevo. En tiempos en que la política convierte la educación en consigna o en cifras, Cajiao la devuelve a su lugar más profundo. La experiencia compartida, el vínculo, la palabra que construye sentido. Su escritura recuerda que enseñar no es repetir contenidos, sino acompañar procesos, y que cada encuentro entre maestro y estudiante puede ser una forma de reparar el mundo.

Esta obra es una conversación sobre el sentido de educar. Cajiao no ofrece lecciones cerradas, sino preguntas que permanecen. Nos invita a recuperar la ternura como dimensión pedagógica y a entender la enseñanza como una forma de hospitalidad: abrir espacio al otro, reconocerlo, dejarlo entrar. En una sociedad marcada por la prisa y la fragmentación, esa invitación a la lentitud y al encuentro resulta profundamente revolucionaria.

Entre las sirenas del facilismo y la memoria del compromiso, la educación colombiana tiene que elegir su rumbo. Cajiao nos enseña que educar no es prometer el futuro, sino cuidar el presente para que el futuro sea posible. En un país que busca soluciones rápidas para problemas antiguos, su obra es una advertencia y una brújula. Nos recuerda que los verdaderos reformadores son los que siembran, no los que anuncian. Y que la esperanza, para que no sea ingenua, necesita memoria. 

Le he escuchado muchas veces a Pacho decir: “La vida de un maestro suele ser muy interesante. A veces los propios maestros no lo saben hasta que comienzan a narrarla”. En ese gesto sencillo —contar la escuela, contar la vida— hay una invitación que trasciende generaciones. Las sirenas y la memoria conmueve profundamente. Es, en el fondo, una carta de amor a los maestros y a la escuela. Pacho escribe con gratitud hacia quienes lo han acompañado —colegas, estudiantes, rectores, amigos y, sobre todo, su familia—, pero también con una ternura silenciosa hacia los invisibles de siempre. Los niños y niñas que aprenden en condiciones difíciles, los docentes que enseñan en medio de la precariedad, los jóvenes que todavía creen que la educación puede cambiarles la vida.

“Hay tesoros de sabiduría en las aulas y en los patios de recreo”, dice Cajiao. Esa frase resume parte de su legado. La inteligencia está en la vida cotidiana, no en la distancia del experto. Su libro no busca cerrar una biografía, sino abrir caminos para quienes siguen creyendo que educar es el arte de cuidar lo humano. 

¿Habrá nuevos viajeros dispuestos a amarrarse al mástil, a resistir el canto de las sirenas y a seguir creyendo en la educación como travesía colectiva? Yo creo que sí. Felicitaciones y gracias a Editorial Magisterio y al profesor Cajiao por contarnos esta amorosa travesía por la educación.

**Posdata.** Hemos vivido días trágicos para la juventud. Tres jóvenes han muerto en circunstancias que jamás debieron ocurrir: María José Ardila, en Cali, por un reto de consumo de alcohol; Jaime Esteban Moreno, estudiante de Los Andes, asesinado a golpes tras una fiesta; y Karol Stephanie Arturo, de 15 años, atropellada por un taxista ebrio en Bogotá. La intolerancia, el abuso del licor, las drogas y la falta de campañas y sanciones siguen matando. Pareciera que no aprendemos de historias como la de Luis Andrés Colmenares. Son vidas, son familias. No son una cifra más.

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