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Lunes 4 de mayo de 2026
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Luis Alberto Arango

Los monos que cargan los jefes

Es viernes, 5:30 de la tarde. Usted es el gerente de la empresa. Mientras la ciudad se comienza a sumergir en el caos habitual del tráfico de hora pico, usted contempla su escritorio. Está sepultado bajo una montaña de pendientes, correos sin responder y decisiones postergadas. Mientras tanto, los miembros de su equipo están apagando sus computadores y charlando animados sobre sus planes de fin de semana. Se despiden con una sonrisa ligera, casi compasiva. Usted se queda. En ese silencio de oficina vacía, surge una pregunta punzante que va más allá de la gestión del tiempo: ¿Por qué parece que trabaja para ellos, y no ellos para usted?

Esta escena, tan común en la gerencia colombiana —donde a menudo confundimos el estar ocupados con ser productivos— me remonta a una anécdota de hace unos pocos años. Un buen amigo, recién nombrado gerente en una multinacional alemana en Colombia, recibió una bienvenida muy particular de quien sería su nuevo jefe regional, un brasilero. No eran felicitaciones ni el manual de operaciones; era una copia de un artículo de título "Management Time: Who’s Got the Monkey?” (Administración del tiempo: ¿Quién tiene el mono?), escrito por William Oncken, Jr. y Donald L. Wass.

Publicado originalmente en la edición de noviembre-diciembre de 1974 de la revista Harvard Business Review, este texto ostenta el título de ser uno de los artículos más reimpresos en la historia de la publicación. Y aunque ha pasado medio siglo desde su aparición, mantiene su vigencia. La tecnología ha cambiado —hemos pasado del memorando en papel al mensaje de WhatsApp—, pero la psicología de la delegación inversa permanece intacta.

“¿Por qué parece que trabaja para ellos, y no ellos para usted?”.

La premisa central es una metáfora visual brillante y a su vez reveladora. Imaginen que un gerente camina por el pasillo y se encuentra con un colaborador, llamémosle Ramírez. Ramírez dice: "Jefe, tenemos un problema con el proveedor X". El gerente, que conoce lo suficiente para entender la gravedad, pero no tiene tiempo para decidir ahí mismo, responde con la frase fatal: "Déjame pensarlo y te aviso".

En ese preciso instante, ha ocurrido una transferencia de carga. Antes de la charla, el ‘mono’ (la siguiente movida del problema) estaba en la espalda de Ramírez. Al separarse, el mono se ha subido a la espalda del gerente. El gerente ha aceptado voluntariamente una posición subordinada respecto a su propio empleado: ha aceptado la responsabilidad de pensarlo y ha prometido un reporte de progreso, es decir, de avisarle.

Lo trágico es que esto no sucede una vez. Sucede docenas de veces a la semana. El resultado es un gerente con varias decenas de monos hambrientos en la espalda, incapaz de atender sus propias responsabilidades ("tiempo impuesto por el jefe") o las necesidades estratégicas de la organización ("tiempo impuesto por el sistema"), porque todo su tiempo discrecional ha sido devorado por el "tiempo impuesto por los subordinados". Mientras el gerente lucha por ‘alimentar’ a estas bestias administrativas (los monos), su equipo espera inmovilizado, tal vez quejándose en el pasillo de que "el jefe es un cuello de botella".

El artículo de Oncken y Wass nos enfrenta a una dura realidad que no ha cambiado en 50 años: la mayoría de los gerentes pasan mucho más tiempo resolviendo los problemas de sus subordinados del que siquiera imaginan. Creemos que estamos ayudando, que somos líderes de ‘puertas abiertas’, pero en realidad estamos fomentando una cultura de dependencia. Stephen Covey —norteamericano experto en temas de productividad personal y empresarial—, en un comentario posterior al artículo, señalaba que muchos gerentes temen devolver el mono porque, en el fondo, su identidad se basa en sentirse indispensables o temen que sus subordinados fallen.

“Si lo pierde (el tiempo) cuidando los monos ajenos, se convierte en un funcionario operativo costoso, no en un estratega”.

Sin embargo, el costo de oportunidad es inmenso. El tiempo discrecional es el único activo real que tiene un líder para innovar, planear y crear valor. Si lo pierde cuidando los monos ajenos, se convierte en un funcionario operativo costoso, no en un estratega.

¿Cómo recuperar el control? La solución no es cerrar la puerta, sino cambiar la dinámica de la iniciativa. El objetivo es que ningún problema salga de su oficina cargado en su espalda; debe salir en la espalda de quien lo trajo y puso sobre la mesa en primer lugar.

Para lograr esto en la práctica moderna, el artículo propone tres reglas de oro, adaptadas a nuestra realidad empresarial:

  1. La regla de la iniciativa: Existen cinco niveles de iniciativa, desde "esperar a que le digan qué hacer" (nivel 1) hasta "actuar por cuenta propia y reportar rutinariamente" (nivel 5). Un gerente profesional debe prohibir el uso de los niveles 1 y 2. Su trabajo es mover a su gente, mediante el entrenamiento y la confianza, hacia los niveles 3, 4 y 5. Si alguien entra a su oficina a preguntar “¿Qué hago?”, la respuesta no debe ser una solución, sino una pregunta que detone el nivel 3: “¿Qué recomiendas tú?”.
  2. Alimentación con cita previa: Los monos no deben alimentarse al azar por los pasillos o en mensajes urgentes de chat. Eso es gestión de crisis, no liderazgo. Deben tener un horario asignado. Esto obliga al colaborador a preparar su propuesta y al gerente a dedicar atención de calidad, no reactiva.
  3. El siguiente paso es sagrado: Ninguna interacción debe terminar sin definir claramente la próxima acción, quién la ejecutará y, fundamentalmente, cuándo. El ‘quién’ debe ser el colaborador y en casos excepcionales el jefe. El ‘cuándo’ es el seguro que impide que la tarea quede en el limbo, garantizando que el ritmo de la gestión se mantenga alineado con la importancia o la urgencia que la tarea exige.

“Si usted es el jefe, la próxima vez que alguien entre a su oficina con un problema, visualice al mono en su hombro”.

El mensaje final que recibió mi amigo —y que pueden recibir gerentes de cualquier tipo de organización— fue claro: su valor no se mide por qué tan ocupado esté, sino por cuánta iniciativa es capaz de transferir y empoderar en su equipo de colaboradores. Si usted es el jefe, la próxima vez que alguien entre a su oficina con un problema, visualice al mono en su hombro. Sonría, escuche y asegúrese de que, cuando esa persona salga, se lleve a su mascota consigo, pero empoderada para saber cómo alimentarla y gestionarla. Su salud mental, y la productividad de la empresa, se lo agradecerán.

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