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Lunes 4 de mayo de 2026
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Jaime Honorio González

Motos sin control

La verdad, me sorprendió el alcalde de Bogotá. No pensé que fuera precisamente él quien fuese a tomar el toro por los cachos con este asunto que ya se salió de control: el de los motociclistas montados en sus motocicletas.

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Sí, ya sé que hay quienes respetan de forma juiciosa las normas de tránsito; en realidad, es su deber. También sé de los múltiples usos que tienen, que con la moto trabajan, que la moto los lleva más rápido a su destino, que la moto es más segura, que en la moto no las manosean, que los conductores de carros son unos malnacidos, en fin. Lo sé y lo sabemos todos en esta selva de cemento. Pero, están sin control. Eso también lo sabemos, y de eso tampoco hay duda.

Muchos motociclistas son verdaderos energúmenos, listos para dar la pelea con el que sea, como sea y a la hora que sea, parapetados tras sus cascos que —varias veces— terminan convirtiendo en arma mortal para romper espejos, vidrios, o cabezas, lo que se atraviese.

Sí, ya sé que no son todos. Seguro, usted no es de esos, amigo lector. Me refiero a los siguientes:

A los que se pasan el semáforo en rojo despacito, mirando a ver si viene alguien. Pero, se lo pasan. A los que se montan en el andén para adelantar el trancón. A los que le pegan a los espejos de los carros con el timón de su moto para romperlos. A los bravucones que, cuando los cierran, aceleran y se detienen frente al carro enemigo, listos para la segunda del noveno, como diría Blades.

A los que adelantan un carro, pasando velozmente entre éste y el andén. A los que zigzaguean mientras aceleran. A los que aceleran mientras zigzaguean. A los que se parquean sobre la cebra, porque tienen que quedar de primeros. En resumen, a los que hacen lo que se les da la gana, porque saben que no hay control.

A lo anterior hay que sumar otros ingredientes: las motos autorizadas para rodar por las ciclorrutas, las motos que no son motos, es decir, las bicicletas con motor, y los mototaxis, todos nuevos dueños de los andenes convertidos ahora en verdaderas trampas mortales, pues los peatones suelen creer que las aceras son seguras para caminar hasta que alguno de los anteriores cruza veloz por el lado. Eso, sin contar con los ciclistas.

Claro que en Bogotá al menos hacen esfuerzos por controlarlos. En el resto del país, sí que es una batalla perdida. El soat, el casco, el número de pasajeros, el ruido de sus exostos, el parqueo en cualquier parte, el uso y el abuso de los andenes. No hay control, nadie lo ejerce, nadie quiere ejercerlo.

Yo no me opongo a las motos, ni los considero enemigos, ni son los malos del paseo, ni creo que ellos sean los únicos responsables del terrible tráfico de esta ciudad, la mía. Yo me opongo a los motociclistas irresponsables que no cumplen con un mínimo de normas de tránsito, necesario para que todos podamos estar acá, ir de un lado a otro, vivir, sobrevivir.

No es un problema de buenos y malos, ni de ricos con carro y pobres con moto, como quieren venderlo algunos en el país. Es un problema de respetar las normas de tránsito para mejorar el tráfico en la ciudad y —de manera especial- reducir una impresentable cifra que viene creciendo en el país: en promedio, cada día de este año murieron 14 motociclistas en accidentes de tránsito. ¡14, por dios santo! Un verdadero problema de salud pública.

Es que las cifras, como el pavimento, son muy duras.

La imprudencia de esos motociclistas (y, por desgracia, ahora también de muchos ciclistas) raya con la locura; la solidaridad de cuerpo que despiertan suele hacerlos sentir inmortales, incólumes, inmunes, indestructibles, hasta que —con frecuencia— el duro asfalto los devuelve de un golpe a la realidad. Y, muchos, jamás se levantan.

En Colombia, las motos no pagan peaje, las de bajo cilindraje están exentas de impuesto de rodamiento y algunas eléctricas, de matrícula y soat. Cuando una medida no les gusta, rápidamente paralizan las ciudades y arman el caos, haciendo sentir su poder sin importar qué tanto afectan al resto de los ciudadanos. No les importa.

Lo del alcalde es realmente meritorio, hay que decirlo. Es una medida tremendamente impopular, y —muchas veces— los políticos prefieren cuidar los votos a gobernar como corresponde. En Bogotá, ninguno ha podido con los taxis, los accesos vehiculares del aeropuerto Eldorado son una vergüenza nacional y las camionetas de funcionarios públicos se parquean donde quieren, porque las grúas sólo se llevan carros particulares. Y así, mil ejemplos más de desorden. De falta de autoridad.

Por eso, lo aplaudo alcalde. Es más, debería decretar el pico y placa a las motos, como sucede en otras ciudades del país. A sus conductores no les gustará, pero otros lo agradecerán. Al fin y al cabo, la ciudad es de todos.

Jaime Honorio González
@JaimeHonorio.

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