No lo sé
En este mundo frágil, saturado de datos e información instantánea y plagado de esa arrogancia de sentirnos rodeados de certezas, el historiador y pensador Yuval Noah Harari nos recuerda nuevamente la importancia de la duda: “La aptitud más importante es tener la mente abierta y ser capaz de reinventarse una y otra vez a lo largo de la vida. La clave para adaptarse al nuevo mundo es olvidar lo que crees que sabes y decir ‘no lo sé’ ”. Hacia ese mismo punto, en 1996 la poeta polaca Wislawa Szymborska reflexionó en el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura: “Estimo altamente estas dos pequeñas palabras: ‘no sé’. Pequeñas, pero dotadas de alas para el vuelo. Nos agrandan la vida hasta una dimensión que no cabe en nosotros mismos y hasta el tamaño en el que está suspendida nuestra Tierra diminuta. Si Isaac Newton no se hubiera dicho “no sé”, las manzanas en su jardín podrían seguir cayendo como granizo, y él, en el mejor de los casos, solamente se inclinaría para recogerlas y comérselas. Si mi compatriota María Sklodowska-Curie no se hubiera dicho “no sé”, probablemente se habría quedado como maestra de química en un colegio para señoritas de buena familia y en este trabajo, por otra parte, muy decente, se le hubiera ido la vida. Pero siguió repitiéndose “no sé” y justo estas palabras la trajeron dos veces a Estocolmo, donde se otorgan los premios Nobel a personas de espíritu inquieto y búsqueda constante.
Las redes sociales nos hicieron creer el cuento de que todos teníamos una audiencia que escuchara nuestras opiniones, por supuesto, llenas de verdades y certezas para nosotros. Ese espejismo ha alimentado nuestra arrogancia en medio del gran espectáculo y nos ha entrenado para opinar sobre todo y reaccionar antes y comprender o pensar o decantar las ideas. Por eso abundan en nuestros algoritmos expertos que diagnostican, explican y pontifican sobre cualquier asunto. Por eso tanta certeza se ha vuelto, de alguna forma, en una forma de una nueva ceguera donde la capacidad del error y de la duda se han convertido en lugares donde lo humano se hace más tangible.
“No lo sé”, 0dijeron Szymborska y Harari en dos épocas distintas. Qué necesario se hace volver a la observación y la contemplación como parte fundamental de la curiosidad y la exploración humana. Tanta certeza no ha resuelto ni la pobreza, ni la injusticia ni los conflictos. Toda esa certeza no ha logrado volver a unir las tantas piezas rotas de nuestras vidas que parecieran estar más quebradas ante la avalancha de sociedad actual.
Las artes, la poesía, la música y también la ciencia y las matemáticas nos asombran cuando sabemos decir “no lo sé” y eso nos los vuelven a enseñar los niños cuando preguntan, tocan, observan e inventan tantas cosas por tener la mirada lista para el descubrimiento. Quizás el papel de la escuela hoy sea volver a enseñar a preguntar antes que a responder y a imaginar para crear nuevas posibilidades de maravillarnos con los hallazgos.
Pareciera que hoy no se nos enseña para el error, ni para la duda precisamente por habitar un mundo de aparentes certezas. Por eso, a lo mejor, lo único que pueda derrotar o al menos complementar la velocidad con la que las inteligencias artificiales instalan tanta ‘verdad’ entre nosotros, sea invitar al error y la duda. Quizás eso nos lleve de vuelta a esos métodos antiguos del ensayo y el error como camino del verdadero descubrimiento. El hallazgo de una verdad científica o de la belleza poética depende en gran medida de todos aquellos borradores y tachones que siempre harán parte de ese iceberg invisible e el que se sostienen nuestras dudas.
Nuestra educación de hoy nos debe enseñar a convivir con la incertidumbre y a darnos las herramientas desde las dudas y grandes preguntas llenas de verdad humana las herramientas para comprender la película de nuestro tiempo y de estos días tan confusos y desconcertantes. Pero en un mundo que no respeta su cuidado ambiental y que nos invita a producir en inmensas cantidades equivocarse o dudar se le llama fracaso. “La duda es uno de los nombres de la inteligencia”, nos recordó Jorge Luis Borges, convencido siempre que esa duda y también el error son recordatorios de son la forma más honesta y humana de avanzar.
El lenguaje, el pensamiento y la capacidad crítica ya están siendo afectados por la homogenización a las que nos llevan las inteligencias artificiales y las burbujas de los algoritmos y redes sociales. Quizás por eso es que si nos atrevemos a enseñar para equivocarnos, dudar y preguntar nos permita huir por un instantes de ese simulacro permanente de certezas sea un acto de invitación a reconocer otra vez nuestras fragilidades como forma de vivir las emociones y que dudar sea la pausa, la ‘reseteada’ que necesitamos con urgencia para seguir mirando todo con algo de inocencia.
El mundo está tan frágil como nosotros y quizás decir “no lo sé” sea el gesto más humano que nos abra posibilidades a que sea la imaginación, la creatividad, el asombro y la belleza lo que nos salve, al final, de nosotros mismos.