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Lunes 4 de mayo de 2026
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Federico Díaz Granados

Nombrar el futuro

El pasado fin de semana se realizó, como antesala de la cumbre de la CELAC-UE en Santa Marta, el ‘Reencuentro en el corazón del mundo’, una iniciativa de la ministra de las Culturas, las Artes y los Saberes, Yannai Kamadani, con la curaduría y cuidado de Juan David Correa y con el propósito de recordar que los grandes asuntos, preguntas y desafíos de hoy deben pasar por la cultura con la certeza de que, si se pone la cultura en el centro de la conversación pública, seguro podemos imaginar una sociedad más empática y dispuesta a construir un nuevo contrato social con miras a habitar una sociedad más justa y equitativa con una ciudadanía inquieta, crítica y sensible. Allí debíamos escribir un manifiesto hacia el futuro con miras a que llegue a la humanidad de mañana y sepan de nuestras preocupaciones sobre nuestro destino y nuestra responsabilidad en todo los que nos derrumba hoy.

Mi manifiesto, mi credo, fue un homenaje a las palabras, a la poesía y a todo aquello que la literatura puede convocar. Esas palabras en las que creo y que suscribo con total convencimiento frente a la vulgaridad y el insulto. Las grabé en el teatro Santa Marta, en el mismo lugar donde vi muchas de las películas que llenaron mi infancia de ilusión e imaginación. Allí en el teatro, acompañado de colegas artistas, reafirmé mi convicción y leí el siguiente texto: 

Las palabras trazan territorios comunes, pasados compartidos y signos para el encuentro. Hoy están heridas, ardiendo en medio de las guerras y las hambres y se han convertido en instrumento de exclusión. Las lenguas habitadas de tantas vocales y consonantes son el soporte mayor de la memoria, pero también es el escenario verdadero de la imaginación. 

Entonces, volvamos todos a nuestros poemas y relatos fundacionales que nos pintaron la cara y nos dieron una identidad, esos mismos que nos permitieron conocer los secretos y posibilidades de todas nuestras emociones y miedos. Allí será la poesía la que nos seguirá recordando quiénes fuimos, quiénes somos y, sobre todo, quiénes podríamos llegar a ser porque el diferencial, frente a las máquinas y lo algoritmos será la duda, la pregunta y la pausa en medio de tanto bullicio. 

Restaurar el lenguaje y defender la fuerza de las palabras es una urgencia ética y política. Sin palabras restituidas no hay ciudadanía sensible ni conversación democrática posible. Las palabras llenas de sentido, significado y dignidad en un mundo que pareciera despreciarlas.

Frente al genocidio, el ecocidio y los nuevos fascismos, defiendo la palabra y la poesía porque nos da la mirada justa que nos ayudan a ampliar el mundo. Que esta carta de navegación hacia el futuro ojalá encuentre en su viaje a través del tiempo un puerto seguro para que sepan las razones de nuestros miedos y horrores.

Las palabras son los hilos con que una sociedad remienda su memoria rota y el corazón quebrado de la historia. Cuando un pueblo pierde sus palabras, pierde su espejo y cuando las restaura, se reconoce, se protege y se proyecta para celebrar el porvenir y nombrar el futuro. 

Es urgente restablecer la dignidad de las palabras y, con ellas, la dignidad del mundo. Que ojalá su temblor permanente, sus formas de combinarse para convertirse en relato o poema nos permita ser optimistas y saber que no estamos solos, que en el corazón del mundo nos dijeron que primero estaba el mar y las palabras que nos salvan porque nunca se han rendido y siguen latiendo y ardiendo en la memoria del corazón que es la verdadera memoria de todos.

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