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Lunes 4 de mayo de 2026
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Juan David Correa

Nuestro gran consuelo

Esa mañana levantó a sus dos hijos como todos los días de febrero a junio y de julio a noviembre. Eran los dos últimos días de colegio del mayor, que iba a una institución de católicos norteamericanos en lo que entonces parecían los confines de la ciudad. Al menor debía dejarlo en el jardín infantil, donde pasaba la mayor parte del día. 

Después de despedirse del uno y del otro, de respirar y ver cómo su nueva pareja desde hacía tres años se fumaba un cigarrillo mientras leía el periódico El Tiempo, se metió a la ducha, alistó la cartera, se vistió con un sastre y salió a la calle a tomar un taxi que la llevó a su oficina, ubicada en el cuarto piso del pequeño edificio donde aún queda la Superintendencia de Notariado y Registro. Saludó a sus compañeros. El sol entraba por las ventanas de manera oblicua, casi deficiente por el cajón de sombra que producía la torre del Departamento Nacional de Planeación. 

Ese día no hubo ningún signo especial en su vida. No supo, por ejemplo, que su padre había ido al café Ancla a jugar parqués y que tras una hora larga de haber iniciado decidió regresar a su casa del barrio El Dólar, porque al Renault 18 blanco y reluciente la ceniza que caía a manotadas “le iba a dañar la pintura”, como le dijo a un amigo. Tampoco habló con su madre, como acostumbraba a hacerlo todas las semanas. 

Los días pasaban pronto: 34 años de edad, dos hijos, separada, abogada, funcionaria, lectora; el proyecto de vida era el cuidado de esos hijos con la certeza que le había ofrecido su padre algunos años antes cuando se divorció: “Usted no va a tener problemas con los dos muchachos, tendrán todo arreglado: así lo dispuse”. 

Misterioso, ese hombre que era su padre había llegado a Armero porque por allá en el año 48 le habían diagnosticado un asma feraz, que le ahogaba la vida, y entonces, a través de una serie de chismes, rumores e ideas diversas terminó sabiendo que Armero, Tolima, necesitaba de un abogado debido a la prosperidad de los negocios del algodón, el arroz, el sorgo y otros cultivos. Había molinos, aviación para fumigar, tierra, trabajo y una clase media, en su mayoría liberal, que construía un municipio con una vocación diversa, menos arraigada a alguna identidad determinada, con una cierta idea cosmopolita habida cuenta de la llegada de libaneses, italianos, españoles y colombianos de muchas regiones atraídos por el boom del algodón. Misterioso, porque hablaba con asertos: predecía lo que iba a hacer, pero jamás contaba el plan, o dónde estaban las pistas para saber si él no estaba para responder las incógnitas. 

El ritmo de la rutina se quiebra algo cuando empieza a terminar el año. Pero el de esa semana, de manera evidente, había dejado de existir siete días antes cuando, un miércoles como el que estaba por terminar, se habían producido la toma y la retoma del Palacio de Justicia. El 6 de noviembre ella también estaba en esa misma oficina. A las 11:30 llegaron las noticias que a cuentagotas fueron dándoles informes a los abogados que allí trabajaban que tras la toma absurda de un comando del M-19 al Palacio de Justicia, el Ejército, en venganza, y en connivencia con el Ejecutivo, había decidido arrasar con todo a su paso, incluidos los maestros de muchos de ellos que habían estudiado Derecho en la Universidad Externado. El jueves 7, ella y todos los funcionarios regresaron a la rutina, en una especie de anestesia producida por el poder, que los obligaba a seguir con las revisiones de expedientes de las registradurías y notarías del país, aun cuando todas padecían la incertidumbre y el miedo de no comprender por qué esos magistrados, esos auxiliares, esos compañeros invisibles, habían perecido en una especie de hoguera brutal y endemoniada.

Pasado el martes 12, después de un puente festivo, ella regresó ese miércoles 13 de noviembre a las seis de la tarde a su casa. Una vez más conversó con Canducha, una mujer jovencísima, que había llegado de Lérida, el pueblo vecino a Armero, para trabajar en su casa, en esa servidumbre absurda a la que la vida de las clases medias y altas se acostumbró. Candelaria era bonita, de ojos oscuros y pelo crespo. Era paisana. Hablaban la misma lengua. 

No puede decir qué pasó aquella noche. No sabe si vio la imagen de Hernán Castrillón a las 9:40 en el Noticiero TV Hoy. No sabe si pudo advertir cuando, a las 11:10, el volcán Nevado del Ruiz hizo erupción después de tantos anuncios aciagos que se publicaron ese año. No supo cómo empezó a derretirse el hielo, o la manera como alcanzó el río Lagunilla embraveciéndolo en su bajada furiosa hacia Armero, el pueblo donde había nacido un 8 de mayo de 1951. En sueños, quizás, pudo escuchar el rumor de las palabras del representante Hernando Arango Monedero, cuando el 25 de septiembre de ese año había insistido, frente al hemiciclo de la Cámara de Representantes, y al ministro de Minas y Energía, Iván Duque Escobar, que podía ocurrir lo que ahora ocurría, mientras Dios no sabía cómo tender la mano, para usar sus palabras. No era Dios, quizás, diría Casandra: eran las advertencias de geólogos, vulcanólogos, era la voz persistente de Gustavo Álvarez Gardeazábal, eran las palabras que salieron en los periódicos durante todo el año y que gracias a esa manera de alzar los hombros de nuestros hombres poderosos siempre terminamos por excusar. No sabe cómo el río, las piedras, la lava, la nieve, la arena, los animales, los seres humanos que fueron chocando, que sobrepasaron la represa El Sirpe, cómo ese lahar, esa avalancha, esa lengua de fuego que ya había caído dos o tres veces en cinco siglos sobre ese territorio primero agrícola y fértil, después urbanizado como San Lorenzo, después vuelto el municipio de Armero, Tolima, en el norte, más allá de Mariquita, fue consumido, desaparecido, íntegramente arrasado, en una hora, en unos minutos o en toda la vida. No supo adónde se fue su vida esa noche: dónde están sus primeros pasos, el colegio donde hizo la primaria, la sala de cine donde vio películas de Tin-Tan, de Cantinflas, de Billy Wilder o de George Cukor, no sabe mucho de eso, pues la piscina, el serpentario, la ducha, la cocina, la iglesia, el patio, la calle, el jardín, las manos de su madre, la dulce Otilia, ocho años menor que don Luis, su diálogo secreto, su lugar seguro, su posibilidad de refugio se fueron para siempre esa noche, esa noche que fue la del 13 de noviembre y ella y Canducha y miles de personas más se quedaron absortas y atónitas ante la idea que había sido burlada, descartada e ignorada: Armero había desaparecido del mapa, en una noche como la de hoy, 13 de noviembre, de hace cuarenta años.

Hoy Consuelo, mi madre, se levantará de nuevo en Honda. Iremos juntos a Armero. Iremos con mis hijos, Tomás y Ema; con Tatiana, mi esposa, amiga y guionista que se ha empeñado en escribir una película, una serie, y que ha hablado con muchas y con muchos y se resiste al olvido; con mis primos Melissa y Alexander, con Marc, su compañero, y con sus hijos, Branco y Dulcinea, que nacieron en Estados Unidos; con Francisco González, que perdió a su padre, sus amigos y su vida, y sigue persiguiendo niños que ya son adultos y que alguien decidió llevarse y adoptar sin protocolos… Esta mañana ella se levantará. Han pasado cuarenta años y no ha dejado de levantarse. De decirnos que su fuerza es la esperanza que nos habita. Que han sido años y décadas que no dejan de regresarnos a esa noche. A esa mañana cuando la vi salir —esos niños de nueve y cinco años, Juan David y Daniel, que tienen toda mi solidaridad y cariño— de aquel apartamento en el centro de Bogotá, con el rostro pálido, las manos temblorosas, el resuello apenas audible de su despedida. Y que cada vez que regresamos a Armero sabemos que ella, mi madre, nuestro Consuelo, lleva a cuestas su dolor, y el nuestro, pero jamás dejó de luchar por lo que era justo. Y nos dio la lección más grande de nuestras vidas a mis hermanos y a mí: nos tenemos, y nos cuidamos; así crecemos.

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