Sin querer queriendo
Casi nadie tuvo la culpa de todo lo que pasó en el Palacio de Justicia hace 40 años. Casi nadie, no. Nadie. Absolutamente nadie. Ese horror que aún pervive en muchas casas de este país, donde aún hay personas que no logran dormir, o que se cansaron de gritar, o que lloran en silencio, o que —simple y llanamente— se resignaron a morirse en vida, ese horror se produjo solo, por generación espontánea, por cosas del clima, por obra y gracia de la divina providencia, porque el destino es así, por mil y mil razones, pero, no por cuenta de alguien.
Por supuesto que nadie asumió su responsabilidad porque este es —y ha sido— el país del “yo no fui”, del “pero es que él empezó”, del “bueno, sí, fui yo, y qué, qué va a hacer o qué”, del “es por su bien”, del “ah, no sé, a mí me dijeron que hiciera eso”, del “hágale y después miramos”. Es el país de las peores disculpas. Es el país de los mejores cínicos. Es mi país.
No he visto aún que alguien asuma —aunque sea un poco— la responsabilidad de sus acciones (o de sus inacciones) que derivaron en aquellas terribles consecuencias. De pronto, el presidente de la época. Aunque ya se murió y —pues, la verdad— no sirvió de nada. La herida sigue abierta, supurando un infinito pus amarillento y venenoso, que por estos días andan utilizando como arma mortal para derribar al enemigo en esta asquerosa contienda electoral (tan parecida a las anteriores) donde la peor tragedia de nuestra justicia se ha convertido en botín de campaña política para despertar odios y amores que después convierten en votos de militantes y odiadores. Pues sépanlo todos: esos votos también estarán manchados de sangre. Acuérdense de eso el día de la elección. Mírense cómo sus rojas manos exudarán. Véanse al espejo mientras la cochina muerte les agradece. Pronto les tocará en suerte.
Oigo a los ministros de la época y ninguno tuvo culpa. De nada. Ni siquiera de un poquito. Leo las declaraciones de los militares encargados de la retoma y todos confirman su correcto proceder, siguiendo al pie de la letra órdenes que ahora nadie dio. Reviso el actuar de funcionarios de Medicina Legal y toca agradecerles el caos en la entrega de cuerpos. Escucho que —hace unos años— el ahora presidente calificó de genio militar al guerrillero que planeó la toma, y ahí uno se queda sin palabras. En serio, ¿genio militar? Genio Rommel disfrazando carros en el desierto, genio Aníbal cruzando Los Alpes a lomo de elefante, genio Leónidas en las Termópilas. Genio el de Aladino y no el tremendo brutazo que creyó que con 35 inexpertos guerrilleros, mal armados y muertos del susto, iba a poder dominar un edificio que ocupaba una manzana entera.
Entonces, los magistrados se murieron solos; los de la cafetería se desaparecieron solos; los cadáveres con nombres equivocados llegaron a sus tumbas solos, por cierto, a tumbas que no eran de ellos; y los “especiales” llegaron hasta las caballerizas del Ejército en el Cantón Norte solos, en carros sin conductor que conducían sin orden directa de nadie y que los entregaban a fantasmas. Porque en esas instalaciones militares nadie vio nada nunca ni nadie supo nada jamás. Sapos, les dijeron allá adentro. Solidaridad de cuerpo, acá afuera.
A unos metros del campo de batalla estaba el presidente con su ministro de Defensa y con su director de Policía, amigo personal del presidente de la Corte, que pedía como loco que pararan el fuego. Nadie lo oyó, aunque lo gritó a los cuatro vientos y los colombianos lo escuchamos en la radio, petrificados por la angustia de saber que estaban a punto de matarlos; nadie lo atendió. El ruido de los tanques no dejó, y por los bombazos, los tiros de fusil, los gritos de dolor en la Casa del Florero, las órdenes de matar antes de morir de los jefes guerrilleros, nadie oyó el estruendo, nadie oyó nada, nadie hizo nada, nadie fue responsable de nada. Más de 1.200 testimonios señalando responsables, y nadie acepta su responsabilidad. ¡Qué caraduras fueron!
¡Qué caraduras son!
No me digan que fue un día glorioso para nuestro Ejército. No me digan que fueron unos insurrectos idealistas los asaltantes del M-19, delincuentes los que murieron y los que sobrevivieron y los que apoyaron y los que no han pedido perdón. No me digan que el Gobierno hizo todo lo que pudo hacer. No me digan nada de eso.
Mejor digan la verdad, acepten sus culpas, confiesen sus irresponsabilidades, todos, los buenos, los malos, las autoridades, los bandidos; y también los pasivos que sólo se dedicaron a mirar cómo ardía el edificio, cómo contaban los muertos, cómo barrían la escena del crimen, cómo iban pasando los días y los años y las décadas y no investigaban y no encontraban la verdad.
Para que hoy, 40 años después, estemos aquí, viendo cómo todos se culpan entre todos y nadie asume su parte. Hasta que se mueran todos los sobrevivientes y sus descendientes, y sus siguientes generaciones. Y el holocausto sólo sea un corto párrafo en algún viejo libro de nuestra historia universal de la infamia, más infame que la original porque la nuestra está escrita por los verdugos.
Y debe ser por eso que nadie tuvo la culpa de lo que pasó hace 40 años, excepto, claro está, los muertos y los desaparecidos.
¡Carajo!
@JaimeHonorio.