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Lunes 4 de mayo de 2026
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David Colmenares

Aire: una elección diaria

“Dios, concédeme serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que puedo y sabiduría para reconocer la diferencia”

Cuento por soles y lunas: cada salida del sol suma uno, cada luna me recuerda volver a casa. Así llevo cuatro años: un ciclo por vez. Cuatro años de aire entrando y saliendo, sin permiso ni peso. Cuatro años de levantarme sin la sombra que dictaba mi agenda ni la culpa que me seguía. Cuatro años de agradecer lo obvio —respirar— como si fuera un milagro recién descubierto.

Antes no sabía agradecer. Miraba la vida como un monitor de aeropuerto: la última llamada, el próximo destino, el cambio inesperado de puerta. Todo urgencia, nada presencia. Hoy agradezco distinto: despacio, con los dos pies en el suelo y el corazón abierto. Agradezco que me descubrí, que me rendí cuando rendirse dejó de ser derrota y se volvió el único acto de dignidad posible. Agradezco la paz que no hace ruido, la serenidad que no promete nada y el amor por mí mismo que no depende de aprobación.

Agradezco la elección, todos los días. La sobriedad no es un arco de triunfo: es una puerta que abro cada mañana. Nadie la abre por mí. Cuatro años no son una medalla; son cuatro veces 365 ocasiones de elegir: correr cuando el cuerpo lo pide, sentarse en un grupo y escuchar, pedir ayuda sin vergüenza, servir sin esperar aplausos o simplemente detenerse a mirar el horizonte y recordar que sigo aquí.

Agradezco estar recomponiendo la relación con mi familia. Volver a mirar a mis papás a los ojos, desde un lugar sereno y verdadero, ha sido un regalo. Recuperar la cercanía con mi hermano y su familia, sentir ese cariño que no exige nada a cambio, me recuerda que hay vínculos que resisten incluso cuando uno mismo se pierde. Ese abrazo que vuelve después de haberse puesto en riesgo vale más que cualquier logro.

Agradezco los golpes. Los míos y los que di. Me enseñaron lo que el orgullo nunca enseña: los límites, el vacío, el no saber pedir ayuda. Siempre lloré. Lo que cambió no fue el llanto, sino la vergüenza: entendí que sentir no me hacía débil, me hacía humano. Llorar no me rompió; me limpió. Me quitó los restos del disfraz, me devolvió la ternura que había enterrado bajo tanta dureza. Hoy sé que la fortaleza sin ternura es una forma elegante de huir.

Agradezco haber podido acompañar a otros. No porque mi historia sea ejemplar, sino porque es real. Cuando alguien llega con la mirada cansada de “ya lo intenté todo”, no le hablo de milagros, le hablo de elección. Le repito lo que me salvó: un día a la vez, primero respire, después ordene. Le cuento que pedir ayuda no es humillarse, es invertir en la vida. Que rendirse puede ser el comienzo, no el final. Que la vergüenza se achica cuando la nombramos, no cuando la escondemos.

Agradezco el trabajo como territorio de coherencia. Paso más horas trabajando que en cualquier otro lugar, y ahí también se pone a prueba mi sobriedad: decir la verdad aunque incomode, sostener límites aunque duela, ofrecer disculpas cuando toca. Aprendí que liderar no es mandar, es servir. Que el verdadero liderazgo se parece más al amor que al poder: cuidar, contener, acompañar.

Agradezco lo pequeño que antes despreciaba: el café compartido en silencio, el aire que entra por la ventana, el color que toma el cielo antes de despertar del todo. Esas pausas que parecen insignificantes y, sin embargo, sostienen la vida. A veces escucho, muy adentro, una voz que no se apaga, que no reprocha ni promete nada, solo acompaña. Esa voz, la que me recuerda quién soy y lo que todavía puedo aprender, es también gratitud.

Agradezco mi cuerpo, con sus cicatrices y su memoria. Lo empujé al límite, lo castigué, lo usé como prueba de resistencia. Hoy lo cuido. Si pide pausa, pauso; si pide movimiento, me muevo; si pide ayuda, la busco. Aprendí a honrarlo no por cómo luce, sino por lo que soportó. En cada cicatriz hay una prueba de vida, no de derrota. Ya no me miro para juzgarme; me miro para agradecerle que me sostuvo incluso cuando yo no lo hacía. No busco perfección, busco verdad. Y cuando me equivoco —porque me seguiré equivocando, esté limpio o no— elijo reparar antes que negar.

Agradezco a quienes estuvieron conmigo de verdad y a quienes estuvieron solo de paso. La sobriedad no solo aclara la mirada: también ilumina las intenciones. Hay presencias que, cuando uno está vulnerable, se sienten compañía… hasta que el tiempo demuestra que acompañaban más la circunstancia que a la persona. Me dolió entenderlo, pero también me ordenó. Hoy sé que la gratitud no implica ceguera y que cuidar de mi vida también es cuidar de mis relaciones. A quienes se quedaron cuando era difícil quedarse, los llevo conmigo. A quienes se fueron, les agradezco la claridad. A quienes herí, ofrezco disculpas. No pido perdón: las disculpas reconocen el daño y se acompañan de reparación; el perdón, si llega, es una decisión libre del otro. Y agradezco a quienes me enseñaron que el amor no se mendiga y que uno no puede pedir que lo quieran. Ese aprendizaje me hizo más libre.

Por los que me la jugué, y por los que no se la jugaron por mí.

Agradezco escribir. Poner palabras es mi forma de ordenar el alma. Y si alguien me lee y se ve reflejado, o se siente acompañado, entonces valió la pena. No doy consejos; ofrezco camino. Si hoy le duele, no está fallando: está vivo. Si no puede solo, bienvenido: ninguno de nosotros pudo solo. Y si no ve salida, présteme la fe: yo se la guardo hasta que regrese.

Hoy cumplo cuatro años de estar limpio. Cuatro años de aprender a respirar, de volver a mirar la vida sin esconderme, de agradecer sin olvido. Cuatro años de elegir, de volver al sol y a la luna, de escuchar esa voz que me trajo hasta acá.

Y sí: soy David, y soy un adicto.

Así empezó mi vida nuevamente.

Así nací otra vez.

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