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Lunes 4 de mayo de 2026
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Juan David Correa

Diciembre en París

El recorrido entre el aeropuerto Charles de Gaulle y el distrito número 13 duró una hora y media. Éramos cinco. En la van se sentía un clima tibio. El susurro de la radio, casi inaudible, arrullaba esa madrugada de escarcha, a las ocho pasadas de la mañana. Uno escucha distinto cuando es adolescente y lleva doce horas metido en un avión que apesta a cigarrillo. Los adultos hablan y uno piensa en otra cosa. En teñirse el pelo. En comprar cedés, porque aún había cedés. O en cómo iba a cambiar la vida, en mi caso, porque apenas unas semanas más tarde iba a entrar a la universidad. 

El hombre tendría unos treinta años. La hermana de mi padrastro, una documentalista que llevaba ya una década en París, había arreglado la recogida. Había mencionado que era alguien muy especial, colombiano, que se había especializado en transporte y que, como éramos cinco, ningún taxi nos llevaría juntos: en su camioneta cabríamos perfecto. 

Seguramente el hombre y mi padrastro hablaron en la parte delantera mientras atrás, mis hermanos, mi madre y yo veíamos pasar edificios de multifamiliares y las bardas verdes de contención del periférico. Una hora y media después descargamos nuestras maletas en una calle cercana a la plaza de Italia donde habíamos alquilado un apartamento por unas semanas. El hombre se despidió sonriente; sonriente porque las pocas veces que lo volví a ver pude ver sus incisivos algo pronunciados: corpulento, de estatura media, barba en forma de candado, gorro de lana, chaqueta gruesa, abrigo; joven, muy joven aún, pero ya mayor para mis dieciocho años. El hombre se subió al carro y la camioneta se perdió por las callejuelas de esa ciudad a la que él había llegado sin quererlo. 

Trece años antes, ese hombre, Miguel Ángel Vargas, tenía dieciocho años —como yo cuando lo conocí— y había entrado a estudiar Derecho en la Universidad Externado. Como muchos jóvenes de su generación tenía relaciones e ideas que eran consideradas no solo peligrosas sino subversivas. Además, entendía que esas ideas podían significar la cárcel o el destierro. Desde niño había acompañado a su padre, Manuel, junto a su madre y a su hermana, al trabajo social y político. Manuel había aprendido a dibujar de manera autodidacta desde niño cuando estudió en el colegio San Bartolomé. Dicen que se subía en las butacas a imitar a Jorge Eliécer Gaitán. Y que no pudo terminar bachillerato, fue autodidacta, y en la vida que bullía en el centro de Bogotá hizo parte del MRL. Entró a trabajar como mensajero en agencias de publicidad. En ese entonces, los oficios gráficos requerían la delicadeza de la observación y la sutileza de las manos. Manuel tenía ideas, y se dio cuenta de que las palabras y las imágenes podían ser más revolucionarias que las armas.

En los años sesenta, cuando Camilo Torres tomó la decisión de irse al ELN, muchos y muchas pensaron que la alternativa ante la represión y la imposibilidad de un verdadero cambio era la lucha armada. Otros, en tiempos de Carlos Lleras Restrepo, decidieron acompañar la idea de que era necesaria la reforma agraria y una organización popular que le hiciera contrapeso al encierro del establecimiento. Celebraron la creación del Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (Incora). Y ayudaron a la organización de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC). El capítulo de Córdoba, y las sabanas y los valles del Sinú, fue especialmente importante. La educación y la pedagogía eran fundamentales si se quería crear conciencia política. La Investigación Acción Participativa era el método de algunos que apelaban a lenguajes pedagógicos y gráficos para explicar y compartir saberes y conocimientos. Orlando Fals Borda ya había señalado la ruta. Y Manuel, y después sus hijos, Miguel Ángel y Luz, hacían parte de ese mundo que comenzaría a ser proscrito, perseguido, exiliado y torturado. Trabajó con Tila Uribe, hija de Tomás Uribe Márquez, con Carlos Álvarez, el director de películas como Asalto, Colombia 70 o ¿Qué es la democracia?, en la que hizo, junto a Carlos Beltrán, los dibujos animados. Además de dibujos y portadas para los primeros números de la revista Alternativa, Manuel era activista, así que cargaba papel y mensajes. En 1972 lo arrestaron por estar en una lista de artistas e intelectuales que llevaba Fabio Vásquez Castaño. Eso bastaba para señalar a alguien y desaparecerlo. Al salir de la cárcel, para no caer de nuevo en las manos de quienes sabían que atreverse a pensar era empezar a luchar, se exilió en Guatemala. Sus dos hijos mayores, Miguel Ángel y Luz, se quedaron en Bogotá para terminar el bachillerato.

El 23 de junio de 1982, en los últimos días del Gobierno de Julio César Turbay, en plena vigencia del brutal Estatuto de Seguridad, Gloria Lara, directora de Asuntos Indígenas del Ministerio de Gobierno, fue secuestrada. Se especuló que el M-19 era responsable, versión que treinta años después, cuando Gustavo Petro fue alcalde de Bogotá, sería revivida por el MAS, grupo que ideó y fue responsable del plan macabro para inculpar a 18 personas y desaparecer a cuatro personas, entre ellas, dos niñas de nueve y cuatro años, un aparato armado que fue el germen del paramilitarismo de los ochenta, creado por militares, el cartel de Medellín y políticos conocidos de autos. 

Pronto aparecieron fotografías de Gloria Lara en periódicos como El Bogotano donde se la veía demacrada y torturada. El caso ganó notoriedad. El cuerpo de Gloria Lara apareció cubierto con una bandera de la ORP, una tendencia política de la ANUC que se había terminado en el año 78, a la que había pertenecido Miguel Ángel, así como muchos de quienes fueron perseguidos y torturados ese diciembre de 1982. Ese mismo diciembre en que Miguel Ángel debió desaparecer: los dos hermanos Vargas entendieron con pasmo que la cacería que se había iniciado iba a llegar a su puerta. El apartamento que compartía con su hermana Luz y su sobrina Violeta fue allanado por militares cuatro veces en las madrugadas, buscando supuestas evidencias que no existían. 

 El caso ha sido contado varias veces y ha cobrado relevancia en los últimos días por cuenta del acto de perdón que ofreció la Cancillería, el pasado viernes 12 de diciembre, a quienes padecieron este pérfido montaje que no permitió esclarecer el crimen de una mujer joven y que ocultó una verdad que seguramente obedeció a intereses de grupos de poder que han elegido el camino de la mendacidad, el rumor, la compra de testigos, la masacre, el amedrentamiento y el miedo como estrategias para prevalecer.

 La vida de quienes fueron elegidos para este simulacro fue destrozada y su padecimiento es el de toda una sociedad. Patricia Rivera y sus hijas de nueve y cuatro años fueron desaparecidas, y nada se sabe de ellas hasta hoy. Tadeo Espitia fue capturado y torturado. Miguel Gamboa, Emperatriz Santander, Froilán Rivera, Graciela Acosta, Hernando Franco y Miguel Ángel Vargas son algunas y algunos que fueron señalados como responsables ante millones de colombianos. Eran y son inocentes. 

 Aunque el caso prescribió en 1998, muchos siguen creyendo que aquellas noticias del periódico en 1982, o en las versiones que circularon, o en la memoria que reactivó y profundizó el uribismo y la torpeza de la lucha armada quisieron convencer a Colombia de que cualquier pensamiento disidente, incómodo o revolucionario era equivalente a ser asesino, depravado o el culpable perfecto para cualquier fabricación mezquina. Y en ese sentido, han obligado a muchas y a muchos a sentir pavor de revelar su propia historia, su pasado, el de sus padres o abuelos que pertenecieron a movimientos sociales, liberales radicales, que fundaron partidos o que, como estudiantes, militaron en la izquierda. Ese pecado ha equivalido en Colombia a cargar con un estigma que, por fortuna, ha comenzado a revelarse y a rebelarse, y ya no tendrá, sea cual sea el destino, un camino de vuelta a las sombras. 

En 1995, cuando me crucé por primera vez con su historia, no entendí que ese hombre que se subía a aquella camioneta en la gélida París de ese diciembre, Miguel Ángel Vargas, a quien cariñosamente llamaban Petete, era el cruce de caminos de una superposición de tiempos, ideas, exclusiones, injusticias y yerros de una parte de la sociedad que condenó a miles al exilio. Y a ellos, cuarenta y tres años después, debemos seguir pidiéndoles que nos perdonen, porque sus verdugos siempre supieron lo que hacían.

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