El 2025, ¿último año de Maduro en el poder?
Sobre Nicolás Maduro, muchos internacionalistas afirman que la pregunta ya no es si el dictador venezolano caerá, sino, cuándo y cómo. Pero si bien es cierto que Maduro está enfrentando la crisis más profunda desde el 2013, cuando sucedió a Hugo Chávez en el poder, hay antecedentes que llaman a guardar cautela.
Basta recordar que el primero de febrero del 2019 el entonces mandatario de Colombia, Iván Duque, envalentonado por el respaldo que le dio Donald Trump en su primer gobierno al “presidente encargado” de Venezuela, Juan Guaidó, declaró que a Maduro le quedaban “muy pocas horas”.
Casi siete años después de ese temerario pronóstico, el autócrata chavista sigue aferrado al poder.
Con represión, el control de todos los poderes del Estado y fraudes electorales, Maduro ha impedido desde el 2020 que la oposición tenga representatividad en el Congreso unicameral, y en julio de 2024, se proclamó ganador de los comicios presidenciales a pesar de que las actas le dieron el triunfo al opositor Edmundo González Urrutia.
Claro, la situación actual de Maduro no puede compararse con la que tenía hasta el fraude electoral del año pasado, y las probabilidades de que al final caiga son hoy bastante más altas. Su gobierno no solo está asediado por una poderosa flota de guerra desplegada por Estados Unidos en el sur del mar Caribe desde agosto anterior, sino que cada día que pasa Trump sube su apuesta para presionar su salida del poder.
De los bombardeos de embarcaciones que supuestamente transportaban drogas, pasó a la recurrente amenaza de inminentes ataques terrestres contra objetivos en Venezuela y, desde la semana pasada, a la “incautación” de buques que transportan petróleo venezolano. Esto último no solo golpea de lleno la economía de ese país, de por sí en ruinas por la incompetencia gubernamental y el saqueo del régimen chavista a la petrolera estatal PDVSA, sino que le corta a Maduro su principal fuente de divisas y lo pone en una situación cada vez más insostenible.
Además, el dictador venezolano tiene ahora encima el peso de dos acusaciones a las que apela Washington para actuar militarmente contra él: la de ser el jefe del Cartel de los Soles y la de ser integrante de un grupo “terrorista”.
No hay que perder de vista, tampoco, que la recompensa de 50 millones de dólares que ofrece el Departamento de Justicia por él lo convierte en un objetivo muy vulnerable. Traicionarlo es, sin duda, una gran tentación para los militares y los dirigentes del chavismo que lo rodean.
El desafío que enfrenta Maduro hoy es de tal magnitud, que el embajador de Venezuela en Rusia, Jesús Rafael Salazar, se ha reunido en dos ocasiones –el mes pasado y la segunda semana de diciembre- con el presidente bielorruso, Alexander Lukashenko, otro autócrata.
El propio Lukashenko dijo que esos encuentros debían servir para tomar una “decisión” sobre la situación en Venezuela, lo que sugiere que Bielorrusia podría dar refugio a Maduro si este decide hacerse a un lado y pactar con Trump la entrega del poder a cambio de que Estados Unidos le permita salir de su país y conservar al menos parte de su inmensa fortuna.
La presión sobre Maduro es tan grande, que su eventual caída ha trascendido el ámbito del análisis geopolítico y ha llegado al mundo de los juegos de azar. Los usuarios de Polymarket, una casa de apuestas sobre eventos políticos, económicos y deportivos, han invertido 30,3 millones de dólares en pronósticos sobre la permanencia o no del chavista en el poder. El 54 por ciento apostó a que caerá antes del 31 de diciembre del 2026 y el 39 por ciento jugó a favor de que no llegará al 31 de marzo del 2027.
Trump ha exacerbado el tema al decir que el presidente de facto de Venezuela “tiene los días contados”.
Los hechos demuestran que Maduro es un dictador, que se robó las elecciones de julio del 2024, que es un represor –tiene una investigación en la Corte Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad— y también un corrupto, pero es clarísimo que hay acciones unilaterales de Trump para presionar su caída que violan el derecho internacional –la ONU ha calificado de “ejecuciones extrajudiciales” las más de 100 muertes de los tripulantes de las lanchas que ha atacado el Pentágono en el Caribe y en el Pacífico-- y que están marcadas por intereses geopolíticos de su país y no por la defensa de principios.
Pero más allá de los dilemas éticos que siempre debemos plantearnos, la pregunta es si finalmente ocurrirá la caída de Maduro y si esta se producirá por un acuerdo con Estados Unidos que le permita refugiarse en Bielorrusia, por una fractura del régimen en la que los militares le den la espalda, o por una acción del Pentágono que culmine con su muerte o su captura.
Está claro que si Trump no cumple su promesa de echar del poder al dictador chavista después de semejante despliegue militar en el Caribe y tras la gigantesca presión que ha ejercido, va a sufrir un duro golpe de imagen ante al mundo. Y su imagen pública es de las cosas que más le importan al presidente de Estados Unidos.