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Miércoles 6 de mayo de 2026
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Juan Camilo Restrepo

El espectro de la ‘Doctrina Monroe’

La política exterior de Colombia está en ruinas, como lo está también la fiscal. Este será el reto principal del nuevo gobierno que se inaugura el 7 de agosto de 2026.

Así como la reconstrucción de lo fiscal requiere una dosis inmensa de prudencia y de austeridad, la política internacional necesita rehacer las instituciones sobre las que discurre nuestra inserción internacional ante el mundo.

En primer lugar, lo interno: no hay Cancillería. La titular de este cargo renunció a su visa para entrar a los Estados Unidos en una mal entendida solidaridad con su jefe con motivo de la inclusión de Petro en la Lista Clinton. La Cancillería se limita últimamente en traducir en comunicados las consignas que va recibiendo vía Twitter (hoy X) de la ofuscada casa presidencial. Y, como si fuera poco, los requisitos mínimos para hacer parte del servicio exterior se han eliminado.

La reconstrucción de la política internacional habrá de comenzar con las relaciones con Estados Unidos, que están en el peor de sus momentos. Si la estantería de Maduro cae, y parece que no demorará en hacerlo, no serán pocos los escombros que rueden hacia el lado colombiano.

Habrá que aprender a hablar un lenguaje que nos permita cosechar frutos en favor de Colombia sin enfrascarnos diariamente en interminables controversias contra Trump, que es lo único que se le ocurre al presidente Petro. Ya el mundo entero se ha notificado de lo caprichoso y vengativo que puede llegar a ser el inquilino de la Casa Blanca.

Sin sacrificar una línea de dignidad colombiana, y sin tener que llegar a hablar con Trump en tono suplicante, Colombia tiene que reaprender el abecedario de lo pragmático. Ese abecedario ya lo han entendido en Brasil, en buena parte de los miembros de la Unión Europea, en Canadá y en México, en Vietnam y en Japón. Nosotros no. Seguimos planteando camorras ignoradas, inútiles y desprovistas de todo pragmatismo.

Sería fatal que en la oficina oval de la Casa Blanca nos terminen identificando como los gemelos políticos de Maduro. Llevamos la de perder. El discurso antiyanqui, que algunos aplausos despertaban en los años sesenta del siglo pasado, ya no los suscita.

La política exterior de Colombia con relación a los Estados Unidos siempre se caracterizó por ser bipartidista, es decir, teníamos amigos tanto en las toldas republicanas como en las demócratas. Esto nos dio grandes ventajas en las mil batallas que hubo que librar en la arena cafetera.

Los liderazgos postizos a nivel latinoamericano no dan tampoco resultados. La abultada inasistencia a la reunión de CELAC-América Latina en Santa Marta demostró que ese lenguaje ampuloso y agresivo ya no despierta solidaridades. Y mucho menos con los cambios de viento que se están dando en la región.

Cualquier garrotazo adicional a los aranceles que se le ocurra a Trump ponerles a nuestras exportaciones sería fatal para el café, las flores o el banano. Para no mencionar sino algunas líneas claves de nuestro comercio exterior. Esto tiene que evitarlo nuestra diplomacia en Estados Unidos a toda costa. Hacia allá hay que dejar de lanzar pedruscos inútiles y buscar, más bien, fórmulas constructivas.

Los grupos armados siguen creciendo a marchas forzadas. Ya cuentan con un contingente de gente en armas superior a los 25.000 en todo el territorio nacional. En muchas de cuyas regiones simple y llanamente se está perdiendo el control de la soberanía nacional. La cooperación técnica, sobre todo en el área de la inteligencia que pueden prestar otros países sobre todo los Estados Unidos, hay que recuperarla con urgencia.

Quedar aislados en un mundo interdependiente como el actual es fácil cuando se recurre simplemente a una retórica pasada de moda. Salir del aislamiento e integrarnos fructíferamente a lo que está aconteciendo en el resto del mundo, no es fácil. Pero el gobierno entrante deberá intentarlo con apremio desde el primer día.

Esta repensada de la política exterior colombiana se hace tanto más urgente ahora que los Estados Unidos acaban de publicar un documento que llaman ‘Nacional Security Strategy’, que viene a ser una recapitulación de lo que hemos visto en el primer año del gobierno Trump II: un cierto toque de aislacionismo; toma de distancia en cuanto a la globalización; un botafuego contra la presidencia de Biden a la que le achaca todos los males; requerimientos a los europeos para que asuman mayores costos en la defensa común en torno a la OTAN; y desprecio por el multilateralismo comercial, etc.

Pero lo que quizás nos interesa más directamente en la región es la reiteración de la ‘Doctrina Monroe’ –vieja de más de un siglo– como el mantra iluminado de Trump para diseñar sus políticas frente a América Latina.

La ‘Doctrina Monroe’ surge cuando apenas se estaban conformando las organizaciones republicanas en América Latina, y los Estados Unidos estaban prevenidos de los apetitos de las potencias europeas frente a la región Latinoamericana. De allí surgió la tesis de ‘América para los norteamericanos’, O sea, la idea del ‘patio trasero’: el territorio reservado para que los Estados Unidos ejercieran sus pretensiones imperialistas sin injerencia ninguna de los europeos.

Hoy, en un mundo multipolar y de repúblicas independientes a lo largo y ancho de la región, no deja de ser un anacronismo de Trump resucitar la ‘Doctrina Monroe’ como el mantra de su política exterior frente a América Latina. Dándose ínfulas imperiales que nadie le ha conferido.

Hay que estar alerta. La nueva ‘Doctrina Monroe’ puede ser la puerta de entrada a todo tipo de abusos con los países de la región al sur del Río Grande. Ya lo hemos empezado a ver con el extravagante bloqueo naval en el Caribe que no solo afecta a Venezuela sino también a Colombia. E igualmente por la fijación unilateral y abusiva de aranceles a todo aquel que no comulgue a pie juntillas con los caprichos de Trump.

Pero pueden venir pretensiones adicionales. De ahí que necesitemos con una urgencia reformular también nuestra política internacional. Que debe estar presidida por el respeto a las demás naciones, al derecho como rector final de las relaciones internacionales, y al consenso estratégico para hacernos respetar cuando sea necesario.

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