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Lunes 4 de mayo de 2026
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Juan David Correa

Ese último paseo

Ha vivido para fascinarse y autocelebrarse con abalorios, voces, lenguas, lecturas, versos, melodías, historias, viajes, caprichos, cinismos, crueldades, chismes, películas, rumores, amores e ideas que han sido parte de su repertorio. 

Al final de sus días, en ese estado de alucinada lucidez, Gabriel García Márquez no solo veía las imágenes de sus propios sueños, sino que veía las imágenes soñadas por los otros. La única vez que estuve a su lado, por puro azar, tenía los ojos alumbrados como los de un gato en la oscuridad, y al acercarse a un grupo de reporteros invitados de relleno en una fiesta, nos soltó: “Esta casa es muy vieja”. Vestido con blazer pata de gallo blanquinegro, pantalones de lino blanco y zapatos mocasines de gamuza gris, portaba unas gruesas monturas de carey y acariciaba un vaso de whisky: nos hablaba mirando las columnas y vigas de la vieja casona, ubicada en una de las callejuelas de Cartagena que conoció al dedillo cuando fue reportero del diario El Universal, en 1947, después de que Clemente Manuel Zavala lo contratara, tras entender el misterio que ya anunciaba en La tercera resignación: Allí estaba otra vez, ese ruido. Aquel ruido frío, cortante, vertical, que ya tanto conocía pero que ahora se le presentaba agudo y doloroso, como si de un día a otro se hubiera desacostumbrado a él

Recuerdo ese encuentro —o ese último (y único) encuentro— porque quien me hizo comprender —y leer de una manera rotunda y definitiva la obra de Gabriel García Márquez— es un maestro que ahora, veinte años después de esta fugaz memoria, ha recibido a Visitación, una india guajira que llegó al pueblo con un hermano, huyendo de una peste de insomnio que flagela a su tribu desde hace varios años.

A ese maestro lo conocí hace veintiocho años en la Universidad de los Andes, en el salón B ciento algo —el tema de la columna es el olvido de la nomenclatura— que para entonces, como Macondo, era una pequeña edificación de dos pisos de madera que crujía al pisarla y no el centro comercial que ya anunciaba mi maestro cuando escuché por primera vez su vozarrón.

Mi maestro no creía en las novelas: le parecía, como a Walter Benjamin, que la novela es una experiencia burguesa, y en cambio la narración es una experiencia que atraviesa la historia de la humanidad, […] que amo, pero no comparto; la respeto, la venero, pero no la comparto porque es un fenómeno meramente histórico; por su parte, la narración está en el código del ser humano.

Es obvio que, como él siempre aconsejó, estoy ‘montando’ recuerdos y lecturas para poder acercarme a algo. Es obvio que esa primera asignatura de Literatura Colombiana no comenzó con García Márquez, sino con una larguísima disquisición sobre El Carnero, de Juan Rodríguez Freile, texto del siglo XVII del que se declaraba apóstol y heredero, y que él conoció, según decía —manes de la memoria—, por Hernán Lozano, crítico de arte a quien admiraba y quien padeció, también, la peste del insomnio.

Mi maestro parecía tener muchos recuerdos simultáneos. Pensaba en paradojas constantes. Una de sus ideas más preciosas era concebir toda lectura metonímicamente: el signo por la cosa significada. Entonces lo veíamos y escuchábamos durante una hora u hora y media hablar de los ferrocarriles y de la herrumbre y de la desgracia de una modernidad inacabada. Tantas líneas de ferrocarril levantadas, tantas carreteras derrumbadas, taponando y empinando miradas de chamanes; desde el tiro a Camilo Torres hasta la anónima empleada de la cafetería del Palacio de Justicia, y hasta los desplazados de ayer y los masacrados pandemizados de este año de número cabal (ístico). 

Siempre sobrevenía aquel recuerdo repetido en tantas horas en que estuvimos juntos durante esos cuatro años leyendo sin leer el Ulises, Dirección única, Estaba la pájara pinta o El Aleph:

Ella venía en un barco que llegó a Buenaventura, dejó el ejemplar de Cien años de soledad sobre el escritorio, el director de la aduana no se dio cuenta y no tenía ningún deseo de retenerlo. La señora salió cuando le aprobaron el ingreso al país de su menaje doméstico y el libro quedó ahí encima. Entonces, el director de la aduana me dijo: —A usted le gusta la literatura. Mire, esta señora olvidó este libro. Es un recuerdo bien importante, porque en un solo fin de semana, en el tren que conducía de Cali a Buenaventura, yo llevaba en una maletica tres libros: Cien años de soledad, Rayuela y Para esta noche, de Juan Carlos Onetti. Cualquiera diría: bueno, pero usted, en un solo fin de semana se despachó el boom. Pues sí, hay que decirlo como es.

¿Cómo aprender a leer sin instrucciones? ¿Cómo no obedecer las fórmulas de una academia que estaba postrada a los estudios culturales con la influencia de las universidades norteamericanas? A mí me dijeron que no leyera a latinoamericanos, que me dedicara a los clásicos, que aprendiera latín, que hiciera un doctorado y que tradujera a Dante; que me ufanara de la inteligencia mientras él nos ripostaba que lo importante era mantener el espíritu de la rebelión contra la inteligencia de los inteligentes y contra el humanismo de los globalizadores. Él comenzaba a darse cuenta de que estaban proscritos los maestros que cargaban maletines de cuero y sacaban hojas amarillentas con anotaciones hechas a la luz de las bibliotecas, para cruzar a Marx con Freud y pensar en Novalis, o en Thomas Mann, como Eduardo Gómez, alguien a quien consideraba dentro sus afectos. Se daba cuenta de que no era el único, y que otra maestra de ese entonces, fallecida prematuramente, Montserrat Ordoñez, nos insistía en que no dejáramos de leer a cubanos y brasileñas, que nos perdiéramos en La vorágine, que nos tomáramos en serio a Soriano y a Fonseca.

Así, uno va encontrando sus propias marcas en la brecha, como los guijarros que Hansel y Gretel intentan dejar como rastros que, irremediablemente, las aves se comerán. Esa es la tensión de la lectura: entender que no es acumulativa, que no sirve para crear falsos prestigios, que está al servicio de lo que sentimos y vemos, que hace parte de la historia y se pierde en la propia historia, que no es una brújula ni nos orienta, que nos pierde sin remedio.

Tal vez sea ese el destino: el de esas locomotoras y de esos cuartos aún sin arreglar; el de aquellos diálogos en oscuros pasillos adornados con una raída alfombra escarlata. Quizás, como escribió mi maestro, no hay imagen, y siempre algo que no es posible recordar nos acompaña. Con la naturaleza del olvido están hechas más cosas de las que nos imaginamos. ¿Cómo llevar (entonces) la voz por los senderos de una sensibilidad que no se oculta y por lo mismo que no descubre? El ángel de la guarda se llama olvido y no lo rescatamos con máquinas de fotografiar.

Manuel Hernández Benavides es ese maestro. Y sigue viviendo y olvidando esa dulce costumbre de la noche. Siempre hay que mirarla bien: puede ser la última.

Gracias, Manuel.


*Esta columna contiene frases y versos sin citar de Gabriel García Márquez, Manuel Hernández, Álvaro Mutis y Jorge Luis Borges.

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