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Miércoles 6 de mayo de 2026
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Federico Díaz Granados

La antigua necesidad de maravilla

“La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista”, dijo Leonard Cohen al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2011 y, sin embargo, permanece y nos interroga y nos define. De igual forma ocurre con tantas emociones que no sabemos de qué lugar exacto provienen o quizás las mismas palabras que tanto nos conectan y nos permiten ser parte de amplias comunidades en el mundo. Darío Jaramillo Agudelo dice, en su poema Razones del ausente, “Díganle que el amor dura lo que dura una palabra”. Como quien dice que puede eterna o fugaz. 

Se habla de las relaciones y los amores líquidos de hoy y muchos de ellos están a un clic de distancia en alguna aplicación. Los tiempos del Tinder y Bumble ratifican esos afectos líquidos y ante eso no hay nada que hacer. Es nadar a contracorriente. Mario Benedetti se anticipó a ello y dijo: “En este mundo tan codificado con internet y otras navegaciones, yo sigo prefiriendo el viejo beso artesanal que desde siempre comunica tanto”. Yo también lo preferiré. 

Entonces, ¿de dónde vienen esas emociones? ¿Cómo tener la certeza del amor en un mundo que nos hace dudar tanto de los sentimientos? Estoy convencido de que sencillamente aparece como una claridad que no exige ruido, que nos moviliza y nos obliga a preguntarnos tantos asuntos sobre nosotros mismos. Ese temblor del amor nos recuerda, sin duda, que estamos vivos, tal cual también nos lo recuerda el desamor y sus dolores. En la escena final de El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela, el poeta Oliverio le responde a la muerte “es mejor estar herido que dormido” y en esos vértigos hay señales infinitas del asombro, de ese asombro que es el origen de todo y de las inmensas preguntas de siempre. De ese temblor viene también, con seguridad, la poesía y los miedos, las culpas y todo aquello que nos mide el pulso vital. 

Yo no creo que los algoritmos permitan tocar un nervio vivo que no sabíamos que existía y revelarnos esa fibra antigua que viene de nuestras heridas y silencios. Las relaciones de hoy nos entrenan para desconfiar de lo intenso y de la sorpresa que nos maravilla. Pero lo cierto es que hay emociones que no piden permiso ni piden pruebas, sino que tan solo se reconocen. No necesitan simulacros ni promesas de futuro, sino apenas la claridad de un momento o, a la manera de Gastón Bacherlard, “la intuición del instante”. Esos son los vestigios de lo humano que todavía sobrevive, todo aquello que puede parecer pronto restos de una vieja civilización extinguida en la que había miedo y frío, pero también canciones y relatos que los mitigaran.

Defiendo todas las emociones que nos siguen definiendo como humanos. Defiendo el estremecerme, así me muera de miedo. Amo escuchar una canción de Joan Báez, Johnny Cash, Kenny Rogers o Kate Bush y sentir el corazón de una nación a la que le cantaron Walt Whitman y Bob Dylan, Emily Dickinson y Sylvia Plath. Puedo escuchar una playlist de canciones de amor y desamor y saber que ponen exactos acordes y palabras a mis palpitaciones. Tal cual lo puede hacer una comedia romántica o una balada de Pandora. Todo eso me recuerda que necesito del otro para completar mi experiencia del mundo.

Quizás por eso la pregunta no sea de dónde vienen esos asombros, sino porque siguen viniendo a pesar de estos días tan oscuros. Quizás la respuesta esté en que, incluso en medio de la intemperie en la que parecemos vivir, no hemos perdido del todo esa antigua capacidad de conmovernos por lo que no entendemos.  La poesía, esa misma que viene de un lugar que nadie controla ni conquista, nos recuerda que somos más nuestros miedos y que todavía nos pertenecen los amores y desamores, las heridas y las intuiciones que arden sin explicaciones.

Por eso, al final la pregunta no es de dónde vienen las emociones verdaderas, sino cómo es posible que sigan encontrándonos. Siguen llegando porque, a pesar del cansancio del mundo, aún nos asombramos. Porque, aunque intentemos blindarnos, algo en nosotros permanece disponible para la ternura y para la compasión. Y porque, incluso, en estos días tan oscuros, las emociones no piden permiso para seguir a una fiesta a la que no hemos sido invitados y porque no se ha extinguido,  en nosotros,  la antigua necesidad de maravilla.

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