La escalada entre China y Japón y por qué Colombia no puede darse el lujo de ignorarla
La discusión pública en Colombia está marcada por un carrusel frenético de hechos, todos graves, en el que uno va quedando atrás casi a diario.
La indignación y el foco casi exclusivo en nuestros asuntos han instalado una rutina de corto alcance que no siempre deja ver los movimientos que están reordenando el poder global.
Desde mediados de noviembre y durante diciembre, la tensión en el Indo Pacífico se aceleró alrededor de Taiwán, con China y Japón en fricción militar y Estados Unidos como respaldo y proveedor de armamento.
El punto de quiebre fue el 7 de noviembre, cuando la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, dijo en el Parlamento que un ataque chino a Taiwán podría activar una respuesta militar japonesa. Pekín exigió retractación. Luego vinieron los episodios que consolidaron la escalada: el 16 de noviembre se reportó el paso de guardacostas chinos cerca de las islas Senkaku, administradas por Japón, y en diciembre la tensión subió de nivel con incidentes en operaciones, como el uso de radares contra aeronaves japonesas, y el respaldo público de Estados Unidos a Tokio.
China sostuvo la presión diplomática. El 16 de diciembre volvió a reclamar retractación y el 22 presentó una queja formal por la visita a Taiwán de un alto dirigente del partido gobernante japonés, que se reunió con el presidente Lai Ching te.
En Japón, además, se corrió el límite del debate interno. El 19 de diciembre, el Gobierno reiteró que no tendrá armas nucleares, después de que la prensa informara que un asesor de seguridad sugirió lo contrario. Todo esto ocurre mientras Tokio acelera su reforzamiento militar convencional y busca adelantar la meta de llevar el gasto en defensa al 2 por ciento del PIB.
En ese contexto apareció un detonante adicional: el anuncio de un nuevo paquete de armas de Estados Unidos para Taiwán, valorado en 11.100 millones de dólares. Pekín lo presentó como una injerencia en un asunto que considera interno. Días después, la tensión se tradujo en maniobras del Comando del Teatro Oriental en el entorno marítimo y aéreo de Taiwán.
El 29 de diciembre, Lin Jian, portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, calificó esos ejercicios como una acción “punitiva y disuasiva” contra quienes, según Pekín, impulsan la independencia de la isla, con un mensaje dirigido a Taiwán, a Estados Unidos y a sus aliados regionales.
La agencia estatal Xinhua describió la operación como ‘_Justice Mission 2025_’, con participación de Ejército, Armada, Fuerza Aérea y Fuerza de Cohetes. Los ejercicios incluyeron patrullajes de preparación de combate, ataques coordinados y simulaciones de bloqueo de puertos y puntos clave. En términos operativos, eso significa ensayar interdicción: aislar la isla y cortar accesos.
Para Pekín, Taiwán es parte inalienable de China y el eje del principio de una sola China; su reunificación es un asunto interno.
Lo que pase alrededor de Taiwán, por lejano que parezca, puede terminar incidiendo en Colombia por tres vías. La primera es logística: suben seguros y fletes, se recalculan rutas y se encarecen importaciones que llegan al precio final. La segunda es tecnológica: si hay demoras o escasez de componentes y semiconductores, se afectan autopartes, telecomunicaciones, equipos médicos y maquinaria que el país importa. La tercera es financiera: una escalada sostenida aumenta la cautela, encarece el crédito y enfría la inversión hacia economías emergentes como la nuestra.
Colombia no define ese pulso, pero sí decide si lo anticipa o lo sufre. Una política exterior seria, en este entorno, exige seguimiento constante de riesgos globales, estrategia para reducir dependencias críticas y diversificar proveedores, y una diplomacia profesional y consistente, capaz de sostener canales abiertos con todos. Mirarnos el ombligo sale caro: el impacto suele llegar en fletes, precios, demoras y menos inversión.