Saltar a contenido
Lunes 4 de mayo de 2026
Imagen de perfil de Federico Díaz Granados
Federico Díaz Granados

La música de la vida

Muchas de las bandas sonoras de las películas que más me han impactado se han convertido, de alguna forma, en la música de la vida misma. A través de ellas me identifico y me represento. Muchas veces he recordado más fragmentos de melodías que imágenes o partes del guion y cuando he podido rememorar frases regresan con fondo musical como si mi memoria hubiera decidido, de manera unilateral, delegar en la música la responsabilidad de narrarme y de contarme la vida a mí mismo. 

Por ejemplo, mi infancia tiene de fondo la música de John Williams. Un disco de vinilo con la banda sonora de La guerra de galaxias (así se llamó en español la primera parte de lo que hoy conocemos como la saga o universo Star Wars) sigue siendo la síntesis de la niñez con todo su esplendor. Mi mapa emocional era su partitura que me permitió que creer que era posible volar en bicicleta con una inmensa luna de fondo o enfrentar poderosos imperios galácticos. Así, La guerra de las galaxias, E. T., Indiana Jones o Supermán fueron mis primeros relatos heroicos que además se sostenían en la magia de la música. John Williams animó aquellas épicas y de paso justificó mis primeros juegos en los que yo recreaba o prolongaba esas aventuras. Como no quería que terminaran esos relatos ni los que leía en los libros prolongar con mis juguetes, esas historias fueron mi primera forma de hacer literatura, de reescribir, reinterpretar y reinventar las narrativas de la infancia.

A comienzos de los ochenta también hubo otra película que impactó ese mundo de la niñez y cuya música fue también una hermosa forma de entender la epopeya: Carros de fuego, cuya música de Vangelis acompaña la escena clásica de los atletas corriendo por la playa como entrenamiento del equipo del Reino Unido a los juegos olímpicos de París en 1924. De esta forma, el compositor griego elevó la simple idea de correr a la categoría de mito sobre la voluntad humana.

Unos años después llegaron a mi vida Alan Silvestri con Forrest Gump y Volver al futuro. En ambas películas hay viajes al pasado y en esos viajes siempre hay un eco o un acorde que sabe interpretar el tiempo que se vive. Así el ritmo emocional de cada época suena de con las inocencias y nostalgias de su tiempo. 

Después, mientras crecía, descubrí a Ennio Morricone, que es como decir que descubrí la posibilidad misma de la ternura dentro del cine. Con Cinema Paradiso, Morricone no compuso una banda sonora, sino que escribió una elegía y a la vez un canto de amor como si nos doliera y salvara al mismo tiempo. Con la escena final y el tema de amor de la película todavía lloro tratando de descifrar los latidos de mi corazón en aquella adolescencia. También intento sacudir mis latidos y afectos con con Yann Tiersen y la banda sonora de Good bye Lenin que, con el paso de los años, se ha convertido en un testamento de muchas de mis emociones. Por esa película escribí un poema dedicado a mi padre y que posteriormente sirvió de nombre para una antología de mis poemas que se publicaron en la editorial de la Pontificia Universidad Javeriana con el título Adiós a Lenin

De igual forma, con Nino Rota y El padrino entendí que la música puede explicar el destino mejor que cualquier tragedia. Ese vals oscuro, esa serenata que parece arrullarte mientras te hunde, definió para siempre los mitos contemporáneos. Y con Luis Bacalov, tanto en Il postino como en Ilona llega con la lluvia, descubrí que el amor, cuando es verdadero, insuficiente o imposible, tiene un timbre propio, un acento musical que no necesita traducción. Por su parte, Maurice Jarre supo interpretar la rebelión de unos estudiantes alrededor de poemas de Walt Whitman enseñados por el ‘Capitán’ Mr. Keating en La sociedad de los poetas muertos. También la música de Ludovico Einaudi, Thomas Newman, José María Vitier y Oswaldo Montes, entre tantos otros, pusieron sonoridades a un puñado de heridas y fragilidades.

Hoy tengo todas esas bandas sonoras en una lista de reproducción de Spotify y las escucho como un solo álbum de mi vida donde están los miedos, sueños, promesas y nostalgias de cada época. Acompañaron mis transformaciones y pérdidas, pero también mis pequeñas victorias y alegrías verdaderas. Vuelvo a ellas una y otra vez como si fuera Indiana Jones tratando de encontrar el Arca de la Alianza o el Santo Grial. Toda aquella música me ha permitido creer, al igual que los relatos y poemas, en que si es posible llegar a la Luna o encontrar tesoros en el centro de la Tierra o que Supermán puede devolver el tiempo para revivir a Louise Lane o que el temible Darth Vader al quitarse la máscara y ver a su hijo con sus propios ojos regresaría al lado luminoso de la Fuerza. Así igual es la vida, llena de canciones y poemas que ponen palabras y melodías a las emociones y a las escenas de esa película donde lloramos y reímos y donde todo puede ser posible.

Finalización del artículo