La preocupación del uribismo y de las élites empresariales con la audaz alza del salario mínimo
Minutos después de que Gustavo Petro anunciara, junto con su ministro de trabajo, Antonio Sanguino, que el salario mínimo tendría un aumento del 23.7 por ciento, Iván Duque, usando su cuenta de X, tocó las trompetas del apocalipsis económico. Retomando el manido argumento del castrochavismo, afirmó que lo que tocaba Petro con esta jugada era “la partitura de Chávez”. Afirmó que tomar esta medida “con un crecimiento de la economía mediocre” era “una irresponsabilidad”.
A Duque, como a casi todo su partido, le parece que no hay mayor desperdicio que invertir en la gente. Sin embargo, cuando estaba en campaña presidencial de cara a 2018 Iván Duque tenía como eslogan “Menos impuestos, más salario mínimo”. Por supuesto no cumplió nada de esto durante su gobierno, e incluso su infausto ministro de hacienda, Alberto Carrasquilla, llegó a proponer en 2020 un aumento del 2 por ciento.
Es normal que Iván Duque se preocupe por el intento de Petro de llegar a lo que se llama un Salario Mínimo Vital, algo que les dé a los colombianos más necesitados la dignidad anhelada. Duque, como toda la política tradicional, piensa más en los empresarios que en los trabajadores. Es de la misma sangre de quien lo impulsó a la Presidencia, Álvaro Uribe Vélez, quien, en 2010, último año de su segundo periodo presidencial, aumentó el mínimo en un 3.64 por ciento dejándolo en 514.987 pesos. En ese momento el desempleo era de 11.4 por ciento.
En los tres años de gobierno, Petro ha graduado más economistas que todas las facultades de economía del país juntas. Todos los analistas y líderes de opinión pontifican sin rubor alguno sobre macroeconomía, todos siguen una misma partitura que dice simplemente que el aumento a 2 millones de pesos del salario mínimo traerá tempestades, porque no hay de dónde sacar esa plata, que habrá despidos masivos y que todo es una jugada populista de cara a las próximas elecciones.
No se necesita decir, como afirma The Economist, que somos una economía que está creciendo a la par o más que las grandes economías del mundo, para ver que estas cifras son datos irrefutables. En noviembre, la tasa de desempleo estaba en el 7,0 por ciento y en el año se ha situado en el 8.2, el más bajo desde el 2001-es decir, en los ocho años de Uribe jamás se alcanzó este porcentaje- la tasa de informalidad se encuentra en 55 por ciento, cuatro puntos menos de la que tenía Iván Duque en 2021, el dólar bajó de 3.700 pesos y el crecimiento económico, contradiciendo a Duque, está en un 3.6 por ciento, en el último trimestre, y cerrará, quizás, en 2.8 por ciento en el año.
Está bien que el uribismo llore y patalee. Pero no debe sobreactuarse demasiado con esta decisión. Criticar hasta la exasperación este incremento al salario mínimo podría interpretarse como una falta de empatía con los más pobres del país. Y así como es lógico que el uribismo proteste porque los empresarios van a tener que meterse la mano al bolsillo, es entendible que Petro haga esta jugada al cierre de su gobierno pensando, cómo no, en las elecciones, pero también en el pueblo que lo eligió. Petro recibió el salario mínimo en agosto de 2022 en un millón de pesos. En cuatro años lo duplicó. Además, cambió el modelo de negociación, ya no son los empresarios los que definen cuánto les van a subir a los trabajadores, sino que son las centrales obreras, los sindicatos, los que se hacen escuchar.
Pero en este caso les hubiera ido mejor a los empresarios con la propuesta de los trabajadores que en la mesa de concertación, cuando propusieron el 16 por ciento. Pero no. Cómo iban a cederle a los trabajadores tal aumento que pasaba por encima del 7.2 por ciento que se les ocurrió ofrecer. Se ‘rancharon’ y les fue peor. El Gobierno decidió dar un golpe en la mesa, acudiendo a recomendaciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que en sus estudios del mercado laboral busca medir si el ingreso mínimo permite realmente cubrir las necesidades básicas de los hogares. En el caso colombiano es evidente que hay una gran brecha entre el salario mínimo y el ingreso necesario para una vida digna. Es eso lo que justifica esta audaz medida del Gobierno Petro al final de su mandato.
Están preocupados e indignados los uribistas. ¿Cómo contrarrestar una obra como el Salario Mínimo Vital? Petro reestableció lo que había quitado los ochos años de la mano firme y el corazón grande, el pago de horas extras, de recargos dominicales y dejó un salario mínimo digno, un paso que apenas sería el comienzo de lo que todos debemos pretender para conseguir la paz: que exista justicia social. No le conviene la bulla al uribismo, ni a su candidata a la presidencia, Paloma Valencia. Que estos últimos días del año les sirva para reflexionar y para cambiar la estrategia, porque están cerca de una nueva derrota.