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Miércoles 6 de mayo de 2026
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David García

¿La tecnología es creativa? Inteligencia Artificial y arte

El filósofo alemán Walter Benjamin analizó a comienzos del siglo XX cómo las tecnologías modernas de reproducción —en su época la fotografía y el cine, hoy todas las artes— transformaban radicalmente la experiencia artística. Señalaba que la reproducción técnica provoca la pérdida del “aura” de la obra de arte, es decir, el carácter único e irrepetible de la obra, su “aquí y ahora”, su inscripción en una tradición, en un ritual y en una experiencia de contemplación marcada por la distancia. La reproductibilidad técnica, advertía Benjamin, desliga la obra de su contexto original, la multiplica hasta el infinito, la acerca al espectador y la vuelve intercambiable y consumible. “Las masas tienden a acercar el mundo a sí mismas”, quieren tenerlo cerca, hacerlo accesible, manipulable, reproducible.

Esta desaparición de la distancia contemplativa modifica también la función social del arte: deja de estar sujeta a un culto reverencial —religioso o elitista— para orientarse a la exhibición, la circulación y el consumo. Sin embargo, Benjamin no consideraba esta pérdida como una tragedia. La pérdida del aura abre, al mismo tiempo, un nuevo campo de posibilidades históricas, políticas y perceptivas: democratización del acceso al arte, capacidad de incidir en la experiencia colectiva y en la conciencia social.

Más de un siglo después, asistimos a una radicalización de ese proceso, con la irrupción de la Inteligencia Artificial generativa, pasando de la “contemplación” del arte hacia el acto mismo de la creación artística. Las protestas recientes de actores de doblaje, músicos e intérpretes, bajo consignas como “la IA ayuda, no reemplaza”, revelan una inquietud enorme frente a la precarización del trabajo creativo y los derechos de autor. Plataformas que ofrecen bancos de voces producidas con IA, el uso no autorizado de obras para entrenar modelos generativos o la aparición de “artistas” creados con IA y promovidos en listas de éxitos musicales, tensionan profundamente los límites entre creación, tecnología y mercado.

El gesto simbólico de músicos como Paul McCartney o Kate Bush, grabando silencio como protesta contra la música generativa, recuerda que lo que está en juego no es solo un instrumento tecnológico, sino la estructura misma de la creatividad. La afirmación de que “la creatividad debe seguir siendo humana” cuestiona directamente una tecnología que sin duda carece de experiencia vital, emociones y subjetividad, y que no “crea” desde la vivencia, sino desde la recombinación de datos existentes, producidos por autores reales, muchas veces sin autorización ni compensación.

De otra parte, como recuerda el profesor Ahmed Elgammal, la historia del arte muestra que cada innovación técnica fue recibida inicialmente como amenaza. La fotografía, criticada en el siglo XIX, dio origen a nuevos lenguajes y movimientos. Hoy, la IA parece iniciar otra etapa: la posibilidad de colaboración ser humano-máquina, que puede potenciar procesos, abrir formas nuevas de percepción y multiplicar el campo expresivo, sin reemplazar — por lo menos por ahora— la profundidad humana de la experiencia artística.

Esta revolución no es un episodio efímero: es un cambio estructural. Como ocurrió con la fotografía o el cine, no hay retorno posible a un estado “originario” del arte. La pregunta, entonces, no es si la Inteligencia Artificial debe existir en el campo creativo, su llegada es irreversible, sino bajo qué condiciones y al servicio de quién. Si el aura, como pensaba Benjamin, estaba ligada a la experiencia única, a la distancia y a la tradición, el desafío actual consiste en evitar que la técnica reemplace por completo la dimensión humana de la creación. La Inteligencia Artificial puede ser herramienta, archivo, catalizador e incluso espejo, pero no puede sustituir la experiencia vivida ni el trabajo creativo como forma de expresión y conocimiento del mundo.

No hay que demonizar la tecnología, pero tampoco ignorar el enorme impacto que tiene para la creación artística. No se trata de frenar la innovación, sino de impedir que el progreso tecnológico se construya sobre la precarización de los artistas y la apropiación silenciosa de su trabajo. De ahí la urgencia de pactar reglas claras. Regular la Inteligencia Artificial y su uso en la creación no será una discusión técnica, es una disputa política entre quienes conciben el arte como activo explotable y quienes lo entienden como trabajo, experiencia estética y política y como un derecho cultural. En Colombia, este debate aún está comenzando, pero es ineludible. Porque si el futuro del arte se decide solo en los laboratorios de innovación tecnológica y en los mercados, lo que desaparecerá no será solo el aura, sino todo aquello que nos hace sensibles, sociales, históricos y humanos.

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