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Miércoles 6 de mayo de 2026
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Federico Díaz Granados

Los ángeles heridos del siglo XXI

No sé en qué momento ocurrió, pero en un abrir y cerrar de ojos pasó el primer cuarto del siglo XXI. Han sido veinticinco años de vértigo, ansiedades y desconsuelos y de profundos cambios culturales que han afectado nuestra forma de habitar en mundo y de convivir con los otros. La tecnología transformó nuestra intimidad y la manera de hablarnos y mirarnos y una pandemia subrayó la eterna idea de la fragilidad humana. Y en medio de ese escenario de nuestro presente seguimos celebrando la literatura, los libros y los relatos que nos definen. Quizás por eso me conmovió el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura 2025 del escritor húngaro László Krasznahorkai, quién volvió sobre la pregunta de qué es lo que todavía nos queda de lo humano y que quisiéramos preservar: “Originalmente quería hablar de la esperanza, pero mis reservas de esperanza se han agotado definitivamente”. Entonces decidió hablar de ángeles. Pero sus ángeles no son los que vienen con las religiones ni las narrativas de la ‘Nueva era’, ni los que nos salvan o nos custodian, sino aquellos que son parecidos a los de Win Wenders en Cielo sobre Berlín o Tan lejos tan cerca, que no portan mensajes, sino que caminan entre nosotros expuestos a las palabras, al lenguaje, a la crueldad y la injusticia humana. “Los ángeles somos nosotros cuando ya no sabemos cómo protegernos”, nos recuerda Krasznahorkai.

Quizás por eso sentí que ese discurso, sin proponérselo, se convirtió en una suerte de manifiesto de este primer cuarto de siglo, en un testamento de lo humano en una época que nos deja aturdidos y fragmentados. A pesar de estar expuestos a tantas pantallas perdimos la antigua forma de mirar y detenernos y sobre eso reflexiona el autor de Tango satánico cuando, en su discurso, repasa la historia humana con algo de admiración y también de espanto. Nos recuerda, con asombro, que fuimos capaces de inventar el fuego, el lenguaje y la escritura, los barcos y también de caminar por la luna y construir grandes bibliotecas. Sin embargo, nos dice: “Descubriste el amor, inventaste los sentimientos… pero al final comenzaste a no creer ya en nada”. También fuimos capaces de inventar los abismos y descubrir múltiples formas de aniquilar la vida. Entonces, tal vez el drama de nuestro tiempo no sea la falta de esperanza sino la pérdida de lo humano, de la delicadeza y empatía y nuestra capacidad de mirar con asombro y maravilla no solo al mundo sino al otro.

Fiel a su estilo narrativo de monólogo circular, el discurso transita entre tres grandes asuntos: Ángeles, Dignidad y Rebelión, donde el autor camina, se distrae, regresa, se corrige, cambia de tema y lo retoma como una forma de mostrarnos su desorientación en el mundo moderno y en los días que corren. De ahí que también se detenga en que cada conquista que debería apuntar al progreso termine por conducirnos al mismo lugar donde también perdemos todo. 

Menciona una aterradora escena en el metro de Berlín. Los diez metros entre el mendigo y el policía simbolizan la imposibilidad de que el Bien alcance al Mal. La ley corre, el infractor tiembla y el tiempo se suspende. El horror no está en la escena, sino en la constatación de que no hay encuentro posible. Sin encuentro, no hay redención: “Entre el Bien y el Mal no hay esperanza, ninguna en absoluto”.

Krasznaharkoi mira de frente nuestra crueldad y nos expone un mundo donde los ángeles ya no traen mensajes y el progreso ya no es una promesa y por lo tanto la necesidad de una rebelión ética se hace necesaria contra la indiferencia, la superficialidad y el desencanto para imaginar la posibilidad de un nuevo comienzo. Sin embargo, hay un gesto secreto: seguir hablando. Nombrar ángeles, dignidad y rebelión constituye una forma de resistir en esta época. Quizá los ángeles del siglo XXI mudos, confundidos o heridos que deambulan como nómadas en las grandes ciudades entre el bullicio y las luces de neón no vienen a salvarnos, sino a recordarnos que volvamos a ser dignos unos de otros.

Al terminar de leer el discurso, uno comprende que este no es solo un discurso de agradecimiento sino un manifiesto vibrante de nuestro tiempo y un testamento escrito en el borde del primer cuarto del siglo XXI. Krasznahorkai nos deja frente a un espejo incómodo y nos muestra el reflejo de que somos los ángeles heridos de este siglo que va andando con rapidez expuestos a la intemperie de nuestras propias palabras y temores, conservando ese gesto antiguo de cuidarnos los unos a los otros como si el mundo dependiera de eso y de nuestra empatía y compasión.

Finalización del artículo